Fotomontaje de san Agustín de Hipona en la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados /AMB-Actuall
Fotomontaje de san Agustín de Hipona en la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados /AMB-Actuall

Recuerdo con nostalgia los reportajes de “ficción realista” que se publicaban en Chesterton, una revista tristemente extinguida que dirigió con esa mezcla de maestría y mala leche que gasta mi siempre admirado José Antonio Fúster.

Aquella locura de libertad en los años de plomo del zapaterismo apenas tuvo un año de vida, pero cada número era un tributo al sentido común del que era –y es aún hoy- apóstol Gilberth Keith Chesterton.

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Mis pasiones lectoras me han llevado en los últimos tiempos precisamente de Chesterton a Agustín de Hipona, en cuya obra magna ‘La Ciudad de Dios’ trato de navegar en breves singladuras subterráneas mientras viajo en el Metro de Madrid.

Y al llegar al capítulo XX del segundo de sus libros, me he topado con un retrato de la decadencia del imperio romano y de la sociedad de su tiempo que bien podría ser proclamado hoy desde la tribuna de oradores del hemiciclo del Congreso de los Diputados.

Entre los populares, no menos de una treintena tratando de disimular cualquier expresión de simpatía hacia el santo, no vaya a ser que sean objeto de la próxima purga rajoyista

Imagino a Agustín, con su sencillez y su sabiduría, pero con su verbo afilado, subir a ese ambón sin papeles y lleno de convicciones y argumentos para intentar abrir la sesera de sus señorías al retrato de nuestra sociedad, que en muchos aspectos no difiere tanto de la Roma decadente.

Denunciaría, 16 siglos después, que haya quien sólo esté centrado, en especial en la clase política, en “que todos aumenten sus riquezas y se dé abasto a los diarios despilfarros, con los que el más poderoso pueda tener sujeto al más débil”.

Asimismo, el santo africano señalaría para rubor de los presentes el hecho de que “los ricos abusen de los pobres, engrosando con ello sus clientelas al servicio de su propio fasto” y para rubor de los ausentes del pleno “que los pueblos prodiguen sus aplausos no a los defensores de sus intereses, sino a los que generosamente dan pábulo a sus vicios”.

A estas alturas del discurso, imagino a Ana Pastor tratando de domar a todas las rehalas políticas del graderío, a cada cual más aulladora y vociferante. Sin duda, varios diputados podemitas ataviados con camisetas patrocinadas por la Asociación de Ateos y Librepensadores ejecutarían su bochornoso y habitual espectáculo comandados por su señoría anarko-agraria, Diego Cañamero.

En la bancada del PSOE, gritos al cielo reclamando el fin de los acuerdos con la Santa Sede, los mismos que no eliminaron cuando estuvieron durante años en el poder.

Los de Ciudadanos estarían decidiendo qué hacer para explicar si son más socialistas o liberales en su turno de réplica. Aunque Girauta sea de los pocos de su grupo que sería capaz de afrontar con ciertas garantías un debate con el de Hipona.

Entre los populares, no menos de una treintena tratando de disimular cualquier expresión de simpatía hacia el santo, no vaya a ser que sean objeto de la próxima purga rajoyista, que el líder no está para filosofías, sino para la gestión económica… de su partido, cada vez más cuestionada.  

Una sociedad arruinada por ser un ámbito “donde a uno le dé la gana, pueda de día y de noches jugar, beber, vomitar, dar rienda suelta a sus vicios”

Una vez domeñada la cabaña política, Pastor volvería a dar la palabra al hijo de santa Mónica, para que continuara con la descripción casi galdosiniana, por realista, de la decrepitud de la sociedad de la que forman parte y a la que representan los diputados.

Aquella en la que “los honores no sean sinceros, sino llenos de miedo entre doblez y servilismo” o en la que “haya prostitutas públicas en abundancia, bien sea para todos los que deseen disfrutarlas o, sobre todo, para aquellos que no pueden mantener una privada”.

Una sociedad arruinada por ser un ámbito “donde a uno le dé la gana, pueda de día y de noches jugar, beber, vomitar, dar rienda suelta a sus vicios”, en la que “haya estrépito de bailes por doquier” y en la que “los teatros estallen de griteríos y carcajadas deshonestas, y con todo género de crueldades y de pasiones impuras”.

Agustín podría, desde la tribuna de oradores, denunciar como se acorrala al disidente del pensamiento único que da por buenas todas estas calamidades, de tal forma que “sea tenido como enemigo público las personas que sienta disgusto ante tal ‘felicidad’”.

Y si alguno tuviera la ocurrencia de perseverar en la resistencia frente a la dictadura de lo políticamente correcto, “lo encierren donde no se le pueda oír”.

Que la hipotética presencia de Agustín de Hipona en el Congreso de los Diputados es imposible, obvio. Pero no tanto por la imposibilidad física, sino por el sectarismo reinante en nuestra sociedad.

Menos mal que, para quien quiera, su palabra sigue viva en los libros.

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Nicolás de Cárdenas fue inoculado por el virus del periodismo de día, en el colegio, donde cada mañana leía en su puerta que “la verdad os hará libres”. Y de noche, devorando los tebeos de Tintín. Ha arribado en su periplo profesional a puertos periodísticos de papel, internet, televisión así como a asociaciones cívicas. Aspira a morir diciendo: "He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe".