Refugiados en Hungría
Cientos de refugiados musulmanes de paso en Hungría camino al norte de Europa.

Fernando Sánchez Drago, en un artículo titulado “La reacción”, expone su interpretación del Brexit y la victoria electoral de Trump como una reacción pendular. Frente a la globalización, la inmigración y el multiculturalismo, habría llegado el momento de la soberanía, la identidad y la tradición.

Más allá de si el pronóstico de Sánchez Drago es acertado o no, la cuestión relevante es saber contra qué deberíamos reaccionar exactamente. Porque aunque en cierto sentido para algunos de nosotros resulta muy claro (en cuatro palabras: contra el progresismo mundialista), si no comprendemos bien aquello a lo que nos enfrentamos, la repetición de graves errores y el fracaso están asegurados.

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En mi artículo anterior (disculpen la autocita) había expuesto la tesis del progresismo como la nueva religión que desplazó socialmente al cristianismo en las dos primeras décadas del siglo XX. Por supuesto, esto no ocurrió de manera inopinada: la conversión de las masas al progresismo estuvo precedida (como siempre en la historia) por la conversión de las minorías intelectuales, fenómeno que se inició con la Ilustración, siglo y medio antes.

Los dogmas, sean ciertos o falsos, no son necesariamente irracionales, mientras no se oculten y no choquen contra la pura evidencia

Kant adjudicó a ese movimiento cultural su lema más célebre: Sapere aude, ‘atrévete a saber’. No dejaba de resultar algo presuntuoso el eslogan, como si hasta el siglo XVIII la humanidad no hubiera hecho otra cosa que revolcarse en la ignorancia y la oscuridad. Sí, se supone que los ilustrados eran los defensores de la razón contra el dogmatismo y la superstición, pero ya esta afirmación empieza por juntar dos cosas no ya distintas sino antitéticas.

La definición más profunda que se ha dado de la superstición se debe a Wittgenstein: “La creencia en el nexo causal”. Es decir, creer que porque algo ha ocurrido (se nos cruza un gato negro) debe ocurrir otra cosa sin conexión lógica (una desgracia).

Pues bien, la superstición es algo muy distinto del dogmatismo, por no decir exactamente opuesto en ocasiones. Los dogmas, sean ciertos o falsos, no son necesariamente irracionales, mientras no se oculten y no choquen contra la pura evidencia, pues no hay razonamiento alguno que no se deduzca de alguna premisa indemostrable.

He aquí el error fundacional, la tara original de la Ilustración: establecer una antítesis rotundamente falsa entre cristianismo y racionalidad

Aunque no todos los ilustrados, ni mucho menos, eran antirreligiosos (no lo era Kant en absoluto, sin ir más lejos), la idea básica que terminó prevaleciendo es que la religión debía ceder el paso a la razón. Y he aquí el error fundacional, la tara original de la Ilustración: establecer una antítesis rotundamente falsa entre cristianismo y racionalidad.

Como observó Chesterton, ”en cuanto desaparece la religión, desaparece también la razón. Pues ambas cosas son métodos de demostración que no pueden demostrarse.” Sin el Dios cristiano, sin la Inteligencia primordial que garantiza la inteligibilidad de lo real, el racionalismo se convierte en una mera pretensión carente de justificación alguna. ¿Por qué el mundo debería ser racional y por qué debería ser comprensible para la mente humana? ¿Simplemente porque sí?

Los ilustrados más lúcidos se percataron de la dificultad bien pronto. David Hume descubrió que prescindiendo de todo dogma metafísico no podemos afirmar siquiera que el sol saldrá mañana, ni que el mundo entero tiene más valor que mi dedo meñique; lo cual no le disuadió de condenar metafóricamente al fuego todos los libros de metafísica. Otros vendrían después que de la metáfora pasarían a la literalidad, y de los libros a las personas.

Si descartamos a Dios, sólo nos quedan dos vías: o negar histéricamente las diferencias empíricas, o negar la igualdad inalienable de todas las personas

Lo demás fue una inevitable cadena de errores. Los ilustrados defendían la libertad, la igualdad y la fraternidad, sin admitir que ignorando al libérrimo Creador, que nos ha creado a su imagen y que ama a todos los hombres, esos conceptos no pasan de retórica. De hecho, la experiencia nos muestra mucho más las diferencias de todo tipo entre los seres humanos que no su igualdad espiritual.

Si descartamos a Dios, sólo nos quedan dos vías: o negar histéricamente las diferencias empíricas, como hace la ideología de género, o negar la igualdad inalienable de todas las personas, como hicieron los nazis. La primera vía sólo prospera, por cierto, agitando permanentemente el fantasma de la segunda, a fin de justificar sus ataques cada vez más osados a la libertad de pensamiento.

Lo que sucedió es que la lógica progresista de sustituir a Dios por la “razón” tendió a depurarse de sus propias incongruencias en los dos siglos siguientes. Si Hume era un liberal pese a su negación metafísica de la libertad humana, Marx fue mucho más consecuente al proclamar la inevitabilidad de la dictadura del proletariado, una vez se afirma que la conciencia está determinada por las condiciones materiales.

Y la infernal pendiente por la que se desliza esa razón sin Dios no terminó ahí. Más consecuentes todavía, pensadores como Nietzsche y la tropa de sus epígonos se desprendieron de los últimos melindres de cristianismo: negaron la libertad, la igualdad y el universalismo. Hitler fue en cierto sentido más radicalmente progresista que Lenin.

La verdadera reacción contra el progresismo no consistirá en echar definitivamente por la borda la razón, sino por el contrario volver a su genuina fuente judeocristiana

Frente a la incongruencia del comunismo, que asesinó y oprimió a millones en nombre de la emancipación del hombre, el nacionalsocialismo fue tan impecablemente lógico, dadas determinadas premisas biologicistas, como criminal.

Se repite con frecuencia más que anecdótica el caso del progresista que se cae del caballo y, a diferencia de San Pablo, se convierte al fascismo… o al islam, que según Oriana Fallaci es el verdadero fascismo de nuestro tiempo. Lo que sea con tal de no reconsiderar el humanismo cristiano, de no admitir ni por un minuto la posibilidad de que tal vez la Iglesia fuera depositaria de la verdad, después de todo.

Ahora podemos responder a la pregunta que formulábamos al principio. La verdadera reacción contra el progresismo no consistirá en echar definitivamente por la borda la razón, la libertad ni la igualdad, como hicieron los comunistas sin reconocerlo y los fascistas con mucha más franqueza, sino por el contrario volver a su genuina fuente judeocristiana.

El único antielitismo eficaz será siempre aquel que proteja a las clases medias y favorezca la movilidad social de quienes están por debajo

Para que se nos entienda perfectamente, estamos hablando de la defensa radical de la dignidad de la criatura humana desde la concepción, así como de la reivindicación de la familia “tradicional”, formada por el matrimonio entre hombre y mujer con vocación procreadora. Causas que han sido traicionadas abyectamente por la derecha establecida en casi todo el mundo, pero que siguen siendo sostenidas por admirables movimientos de la sociedad civil, como La Manif Pour Tous en Francia.

También hablamos de un verdadero programa antielitista, que sería exactamente la antítesis de lo pregonado por los intelectuales comunistoides. Nada es más antielitista que el cristianismo, enfrentado desde siempre a la arrogancia de los sofistas mundanos.

El único antielitismo eficaz será siempre aquel que proteja a las clases medias y favorezca la movilidad social de quienes están por debajo. Para ello se requieren impuestos bajos, energía barata, libertad educativa y (también) frenar la inmigración culturalmente inasimilable, como aconsejan las propias Escrituras: “No introduzcas a cualquiera en tu casa…” (Proverbios, 11, 31-36.) En resumen, lo que los medios del establishment, que son casi todos, incluyen rutinariamente en la manoseada carpeta del populismo o del ultraderechismo, sin mayores sutilezas.

No habría que dejarse intimidar por ello. La ultraderecha con “denominación de origen” se identifica fácilmente porque tiende a ser neopagana, cuando no más consecuentemente atea que los propios progresistas, como hemos visto. Los reaccionarios –por adoptar el provocativo título de Sánchez Drago, aunque no tengo muy claro si coincidimos en el sentido preciso– no debemos permitir que nos confundan con aquella; no por el qué dirán, sino por no confundirnos nosotros mismos.

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Barcelona, 1967. Escritor vocacional y agente comercial de profesión. Autor de Contra la izquierda (Unión Editorial, 2012) y de numerosos artículos en medios digitales. Participó durante varios años en las tertulias políticas de las tardes de COPE Tarragona. Es creador de los blogs Archipiélago Duda y Cero en progresismo, ambos agregados a Red Liberal.