Alfredo Landa interpretó al cateto más universal de nuestra filmografía

Una de las claves de la victoria de Donald Trump es el hartazgo ante la corrección política. Aunque la mayor parte de la prensa internacional pretenda hacernos creer que se trata de una rebelión antielitista de trabajadores blancos catetos, golpeados por la crisis, cuesta creer que más de sesenta millones de ciudadanos de los Estados Unidos encajen en esta caricatura sociológica.

Las élites surgen por definición de la clase instruida, pero esto no significa que dicha clase sea un bloque unánime ni que los estudios formales deban confundirse con la posesión de la sabiduría. Un indicador de que la autoridad moral de las élites hace aguas se halla en un fenómeno muy distinto –de hecho opuesto– a la rebelión mesocrática, como es el atrevimiento, quizás nunca visto antes, con que se manifiestan los locos y los idiotas, pese a su carácter minoritario.

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Son ciertamente la punta de lanza del progresismo; personajes, a menudo refugiados en el anonimato, que aprovechan las redes sociales para verter su odio, sus recelos paranoicos y sus necedades. Desde los animalistas que desean la muerte de un nino enfermo por el hecho de ser aficionado a la tauromaquia, hasta las ultrafeministas que proponen adornar el árbol navideño con reproducciones de vaginas, como alternativa a las tradicionales bolas, que consideran machistas… No hay día en que algún imbécil no consiga llamar la atención.

A veces es difícil distinguir las parodias (denominadas fakes en el argot cibernáutico) de la realidad, pero ello mismo es sintomático de hasta dónde hemos llegado.

Modelos de adornos vaginales propugnados por el feminismo contra las "machistas" bolas de Navidad
Modelos de adornos vaginales propugnados por el feminismo contra las “machistas” bolas de Navidad

No hay duda de que las nuevas tecnologías han facilitado la difusión no sólo del conocimiento, sino de la estupidez. También es cierto que los lunáticos tienden a destacar naturalmente, en contraste con el relativo silencio de la gran mayoría cuerda. Y no podemos dejar de ver la responsabilidad de nuestro periodismo, siempre dispuesto a jalear lo anormal para alimentar polémicas sensacionales, que tienden a desplazar al verdadero debate de ideas, mucho más exigente.

Esta crisis de las élites, uno de cuyos efectos es la rebelión de los locos, puede explicar en gran parte, mejor que el rutinario economicismo, la otra rebelión que acaso ejemplifican los resultados electorales de Estados Unidos: la de las personas normales, que no se expresan en politiqués y están ya bastante saturadas del bombardeo mediático progresista.

El recorrido que tenga la rebelión de los normales nos lo dirá el tiempo. Puede que Trump sea sólo un oportunista que ha sabido captar las inquietudes ambientales; veremos si estará a la altura de las expectativas. En todo caso, la causa más profunda de este movimiento social incipiente se halla en lo que podríamos llamar el olvido del canon cultural por parte de las personas supuestamente cultas.

En lugar de tratar de definir en términos abstractos lo que entiendo por olvido del canon, permítanme que les ponga un ejemplo basado en unos recuerdos personales.

Cuando quien escribe estudiaba el bachillerato (hace más de treinta años), tuvo un profesor de Filosofía que estaba escribiendo su tesis sobre Eurípides. Un día, otra profesora sacó a relucir indiscretamente ante los alumnos una conversación en la cual el primero le había confesado que no conocía al dúo Simon & Garfunkel. La profesora vino a decir que, por mucho que supiera de Eurípides, una persona que ignoraba quiénes eran Simon & Garfunkel no podía considerarse culta.

Los cantantes Simon y Garfunkel junto a un busto del filósofo Eurípides
Los cantantes Simon y Garfunkel junto a un busto del dramaturgo Eurípides

En otra ocasión, el nivel de despiste del profesor sobre cultura popular moderna quedó en evidencia cuando un compañero mío le propuso debatir en clase sobre la película “2001: una odisea espacial”. Viendo que el interpelado no daba muestras de saber de qué le estaban hablando, el alumno procedió a resumirle la película con abundante gesticulación. Fue digna de ver la cara del docente cuando el joven procedía a representar la célebre escena del homínido arrojando un hueso que se convierte en una nave espacial…

A diferencia de mi antiguo profesor, lo que hoy suele entenderse por persona culta tendrá conocimientos más o menos detallados, por ejemplo, sobre la filmografía de Kubrick, pero en cambio no es nada seguro que esté familiarizada con –pongamos también por caso– el Kempis.

Algunos pensarán que la obra de un místico del siglo XV carece de interés hoy, pero esto no será más que una confirmación de lo que trato de expresar, porque resulta que la Imitación de Cristo ha sido durante casi cinco siglos un libro que toda persona medianamente culta conocía perfectamente. Y no sólo ahora no es así, sino que algunas sentencias de Tomás de Kempis probablemente resultan incomprensibles al común de las personas formalmente instruidas; no digamos ya al resto.

Que luego nadie se extrañe de que a esta élite no se le pueda tener gran respeto y muchos reaccionemos con un irreductible escepticismo de catetos

Consideren sólo por un instante lo que se dice en el libro I, capítulo VII, de la Imitación: “No confíes en ti mismo, sino pon tu esperanza en Dios”. ¡Exactamente lo contrario de toda la cháchara subjetivista sobre la “autoestima”, que llena estanterías enteras de la sección de “Autoayuda” de nuestras librerías!

Quien dice el Kempis dice las mismas Sagradas Escrituras y la gran literatura desde Homero a Thomas Mann. O la música clásica de los siglos XVIII y XIX. Cuando se pone esta última al mismo nivel del pop y el rock (por apreciables obras que contengan estos géneros) no sólo se ha olvidado el canon, sino que se ha perdido completamente la noción de su significado, disuelta en un banal relativismo.

No faltan los enterados que sostienen que no es incompatible una cosa con la otra, valorar la Pasión según San Mateo y Stairway to Heaven. Pero el mero hecho de comparar estas obras, de omitir cualquier jerarquía (englobándolas en una abusiva acepción convencional de la palabra “cultura”) ya es la negación de cualquier canon. Y de ahí a que buena parte de la élite supuestamente educada haya recibido más influencia de los Simpsons que de Shakespeare sólo hay un paso perfectamente predecible.

Que luego nadie se extrañe de que a esta élite no se le pueda tener gran respeto y que cuando nos dice que Trump es el diablo, que el cambio climático está siendo causado por el hombre, o que el único problema de la transexualidad procede de la incomprensión social, muchos reaccionemos con un irreductible escepticismo de catetos.

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Barcelona, 1967. Escritor vocacional y agente comercial de profesión. Autor de Contra la izquierda (Unión Editorial, 2012) y de numerosos artículos en medios digitales. Participó durante varios años en las tertulias políticas de las tardes de COPE Tarragona. Es creador de los blogs Archipiélago Duda y Cero en progresismo, ambos agregados a Red Liberal.