Los Últimos de Filipinas
Los oficiales y soldados que defendieron Baler y se convirtieron en "Los Últimos de Filipinas"

No es verdad que los barcos españoles en la guerra hispano-yanqui de 1898 tuvieran cascos de madera. Aunque se trata de una figura literaria, su objetivo, el de ahondar en la incompetencia del Estado español, es acertado.

España se enfrentó a la guerra que liquidó los restos del imperio en casi completa improvisación. La Restauración, instaurada por Antonio Cánovas en 1874, había dispuesto de más de veinte años para preparar a España para un conflicto que se acercaba a medida que pasaban los años, y los había desaprovechado.

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Hasta el jefe de la flota enviada a Cuba, el almirante Cervera, dedicaba más tiempo a quejarse de las órdenes que recibía y a criticar a sus superiores que a solucionar las deficiencias.

A mediados de los años 90, estallaron sendas rebeliones en Cuba y la lejana Filipinas (más de 12.000 kilómetros de distancia): el Grito de Baire (1895) y el Grito de Balintawak (1896).

El Gobierno, animado por las alharacas de la prensa, el respaldo del Congreso y las exigencias de los españoles establecidos en los dos territorios, respondió con el envío de tropas.

El hundimiento del Maine

En la guerra de los Diez Años (1868-1898), las bajas españolas rondaron los 100.000, pero sólo un 10% lo fue en combate; el resto, por enfermedad.

Estados Unidos, que llevaba todo el siglo XIX  expandiéndose hacia el oeste y el sur (en el mismo 1898 se anexionó Hawai), quería hacerse con Cuba, y había habido planes para comprarla a España o invadirla desde mediados de la centuria. Las relaciones económicas de la isla eran más intensas con EEUU que con España.

En abril de 1898, EEUU declaró la guerra a España, lo que se esperaba desde la explosión interna que hundió el acorazado ‘Maine’ en el puerto de La Habana, y en diciembre se firmó la paz.

El Gobierno británico se oponía a que Estados Unidos atacase Canarias o Baleares

Los britanicos preferían que Filipinas cayese en poder de EEUU, en vez de Alemania o Francia. Por el mismo motivo, el del equilibrio internacional, Londres se opuso a que EEUU atacase Canarias o Baleares.

Otro factor es que la guerra había trastornado el tráfico comercial en el Atlántico, hasta el punto de que se había encarecido el pan en gran parte de Europa.

Si la lucha contra los rebeldes filipinos era difícil pero posible, la defensa del archipiélago frente al ataque de una potencia industrial era casi imposible, tanto más cuanto el mayor imperio de la época colaboró con EEUU.

Las enfermedades, el peor enemigo

Londres permitió que la flota del almirante George Dewey se aprovisionase en Hong-Kong, comprase barcos y hasta reclutase personal para las tripulaciones; también impidió que una flota española, la Escuadra de Reserva, acudiese al Pacífico al prohibir su paso por el canal de Suez.

En el pequeño pueblo de Baler, en la isla de Luzón, había una guarnición de 50 militares, que apenas tuvo problemas hasta que en mayo Dewey hundió la flota española en Cavite y Manila, la capital, quedó sitiada. El último correo que recibió la guarnición daba cuenta del desastre naval.

El 27 de junio, el pueblo apareció desierto y los españoles se refugiaron en el único edificio de piedra: la iglesia parroquial, dedicada a San Luis de Tolosa. Tres días más tarde comenzaron los tiroteos.

luis tosar y saturnino martin cerezo
El actor Luis Tosar interpreta al héroe de Baler, el teniente Saturnino Martín Cerezo / Actuall

La guarnición la formaban el capitán De las Morenas (Eduard Fernández en la película 1898: Los últimos de Filipinas), los tenientes Juan Alonso Zayas y Saturnino Martín Cerezo, el oficial médico Rogelio Vigil de Quiñones (que encarna el actor Carlos Hipólito) y 46 soldados. En el sitio se les unió el párroco.

La mayor parte de la mortandad la causaron las enfermedades, debidas al clima y la mala alimentación: el beriberi y la disentería. También hubo dos fusilados: eran desertores que no habían podido escapar.

De beriberi murieron el párroco y también en octubre el teniente Alonso Zayas y en noviembre el capitán De las Moreras.

Toma el mando el teniente Martín Cerezo, que hacía solo unos meses había perdido a su esposa al dar a luz y al hijo neonato

El teniente Martín Cerezo (que la película que se acaba de estrenar encarna Luis Tosar) tomó el mando y lo desempeñó durante más tiempo. Éste, de familia pobre, había llegado a Filipinas el año anterior, con un drama detrás: en mayo habían muerto su esposa al dar a luz y el hijo neonato.

Durante el sitio, los españoles fueron capaces de dar golpes de mano al enemigo, de cavar un pozo, de enterrar a sus muertos, de confeccionar calzado, de alimentarse…

El Imparcial
Portada del diario “El Imparcial” en la que Martín Cerezo se convenció de que la rendición española era cierta

Unas semanas después de la muerte del capitán, mataron y se comieron su perrita. En sus recuerdos, Martín Cerezo dijo orgulloso que ni un día dejó de ondear la bandera nacional en la iglesia.

En diciembre, el cabo Jesús Olivares Conejero (de Caudete) dirigió una columna de 14 soldados que tomó una huerta cercana, con calabaceras y naranjos. Los españoles se comieron hasta las hojas verdes de las calabazas, lo que salvó a varios de ellos del beriberi, como Vigil de Quiñonero, entonces muy enfermo.

Los héroes de Baler se enteraron por la prensa de que la guerra había terminado

Las autoridades españolas estaban al tanto de lo que ocurría en Baler y en 1899, azuzadas por la prensa, se tomaron la molestia de enviar a dos oficiales, uno en febrero (vestido de civil) y otro en mayo, para explicar a Martín Cerezo que la guerra había concluido.

El último visitante, el teniente coronel Aguilar, dejó un fajo de ejemplares del periódico madrileño El Imparcial.

El caso de Vigil de Quiñones

En uno de ellos, Martín Cerezo halló una noticia sobre un compañero suyo que se había trasladado a Málaga, como le dijo que haría, que no podía ser falsa.

Entonces, se pactó la rendición con los filipinos y el 2 de junio de 1899 la guarnición abandonó la iglesia. Después de unos días de marcha, en que tuvieron en riesgo sus vidas, los 33 militares supervivientes llegaron a Manila. Las bajas causadas al enemigo se calcularon en unos 700 hombres.

Todo lo que recibieron los héroes… diez años después, dos pesetas diarias

En 1901 se concedió a Martín Cerezo la Laureada dotada con 1.000 pesetas anuales. Aunque alcanzó el generalato, sus ascensos los tuvo que pelear mediante recursos, porque para muchos oficiales y políticos era un personaje incómodo. No volvió a mandar tropa.

Los demás tuvieron que esperar hasta 1908 para que el Congreso les concediese una pensión: 60 pesetas mensuales, que también cobraron los parientes de los fallecidos.

La película de 1945

Vigil de Quiñones se retiró en 1923 como comandante médico a los 61 años de edad. Pasó estrecheces y como sus medallas no estaban pensionadas solicitó al Ayuntamiento de Marbella, donde nació, una ayuda económica que se le negó. Murió en 1934.

Marcelo Adrián, uno de los mejores tiradores, solicitó un empleo en el Palacio Real, y estaba junto a los reyes cuando se proclamó la II República.

Los milicianos asesinaron al hijo de Martín Cerezo, en Paracuellos

En la guerra civil, los héroes de Baler sufrieron como los demás españoles: perdieron hijos en ambos bandos

Martín Cerezo recibió en su casa la visita de unos milicianos a los que espetó que si querían matarle lo hicieran en la cama donde yacía enfermo. Los asesinos se conformaron con llevarse a su único hijo varón, de 18 años, y le mataron en Paracuellos.

En el prólogo a las Memorias de Martín Cerezo, Azorín escribió: “¿Qué nación en Europa puede mostrar ejemplo de tal heroísmo?”

En 1936, un sargento de la Guardia Civil mató a Santos González Roncal en Mallén (Zaragoza) por envidias. En 1945, cuando se estrenó la primera película sobre su gesta, quedaban vivos ocho de ellos y se les ascendió a tenientes honorarios. El más longevo, Felipe Castillo, natural de Martos (Jaén), falleció en 1964 a los 86 años.

En su prólogo a las memorias de Martín Cerezo, redactado en 1935, Azorín escribió: “¿Qué nación en Europa puede mostrar ejemplo de tal heroísmo?”. Heroísmo, sí, pero sin consecuencias prácticas. Desde la resistencia popular a los invasores franceses en 1808 hasta nuestros días, los españoles, han demostrado estar muy por encima de su Estado.

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Cuando me digo por las mañanas que el periodismo es lo más importante, me entra la risa. Trato de tomarme la vida con buen humor y con ironía, porque tengo motivos para estar muy agradecido. Por eso he escrito un par de libros con mucha guasa: Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos, que provocó una interpelación en el Congreso por parte del PNV, y Diccionario para entender a Rodríguez el Progre. Mi último libro es Lecciones de España, en versión digital: http://www.editorialmanuscritos.com/Lecciones-de-Espana.