El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump /Efe
El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump /Efe

Por su interés reproducimos este artículo de José Javier Esparza en La Gaceta:

Los Estados Unidos –que no Trump: este sólo es el presidente- han bombardeado Siria. Noticia tremenda. Pero noticia que pierde algo de su densidad cuando reparamos en que ha sido un bombardeo a distancia con unos pocos cohetes lejos de su máxima capacidad ofensiva y dirigidos contra objetivos muy concretos, de valor táctico limitado y relevancia mucho más política que propiamente militar.

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Los Estados Unidos tienen potencia (e información) de sobra para aniquilar un complejo militar sirio mucho más importante en pocas horas. No han querido hacerlo. Es decir que lo que los Estados Unidos han hecho aquí, ahora, es simplemente marcar territorio enviando un mensaje de contenido esencialmente político a muchos agentes a la vez.

El mensaje de Trump ha sido “estamos aquí, seguimos siendo los mismos, no se va a mover nada sin que lo sepamos, aquí pasará lo que nosotros dejemos que pase”

¿Qué mensaje ha mandado Trump? Algo así como “estamos aquí, seguimos siendo los mismos, no se va a mover nada sin que lo sepamos, Al-Asad sigue pendiente de un hilo, aquí pasará lo que nosotros dejemos que pase”. Eso es lo fundamental y sus destinatarios principales son Al-Asad y Putin. Añádanse otros mensajes implícitos para públicos distintos. Al establishment de Washington, tan hostil hacia él, Trump le dice que nada fundamental va a cambiar.

A la prensa dominante, igualmente hostil, le hace ver que el nuevo inquilino de la Casa Blanca es sensible a los ataques con armas químicas. A los chinos –ese mismo día Trump recibía a Xi Jin Ping- les dice que el amo del corral sigue en forma; cosa no menor en el contexto de la crisis del Mar de China meridional, que sigue caliente. A Putin, que más le vale seguir siendo amigo, porque resulta que en la base bombardeada había aparatos rusos hasta pocas horas antes del ataque –por cierto que, también ese mismo día, la OTAN desembarcaba cientos de blindados britanicos en Estonia.

A Israel, Trump le confirma que puede estar tranquilo, que él no es Obama y nadie le va quitar un metro de territorio. Etcétera, etcétera. Y todo es, con unos pocos cohetes. La guerra es siempre la prolongación de la política por otros medios. Conviene tener esto en cuenta por encima del ruido mediático, las prédicas moralizantes y los debates de salón doméstico.

A propósito del ataque del pasado viernes, muchos analistas han subrayado que la acción supone un giro de Trump, pues éste había dicho en su día que, para él, la salida del poder de Al-Asad no era una prioridad norteamericana, y que el verdadero objetivo tenía que ser acabar con el Estado Islámico. Y bien, sí, Trump dijo eso, pero ¿en qué medida estamos realmente ante un “giro”? Y por otro lado, ¿acaso Obama habría actuado de un modo distinto? Esta es la pregunta realmente interesante.

La política exterior de Estados Unidos

Veamos. La proyección exterior de las naciones grandes e importantes no depende nunca de la voluntad de un solo hombre. Siempre viene determinada por factores objetivos de tipo geográfico, político, económico, militar, también social. Los Estados Unidos son la indiscutible potencia hegemónica desde 1989. El primer PIB nominal del globo y a gran distancia del segundo, la mayor potencia militar con un presupuesto que es casi la mitad del gasto mundial en defensa, presencia política y comercial en todo el mundo y vara alta sobre todas las rutas comerciales.

En esas condiciones, su política exterior sólo puede consistir en mantener la hegemonía atando corto a los aliados y doblegando a los rivales, sacando el máximo provecho de su posición de privilegio y aumentando en lo posible el propio poder.

Lo que un hombre o un partido pueden cambiar es, sí, la metodología de esa política y también sus instrumentos. Por ejemplo, los sucesivos gobiernos norteamericanos desde el primer Bush han apostado con toda claridad por plasmar la hegemonía norteamericana en la construcción de un mundo global, literalmente transnacional o post nacional, que es lo que se llama “nuevo orden del mundo” y que se parece mucho a lo que Kant soñó como “Estado Mundial”, al “new world order” de Wilson y al “one world” de Roosevelt.

El presidente de los Estados Unidos, Barack Obama (d), conversa con el primer ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdogan. EFE/Archivo.
El presidente de los Estados Unidos, Barack Obama (d), conversa con el primer ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdogan. EFE/Archivo.

La llegada de Trump al poder, por el contrario, ha supuesto la irrupción de otra corriente que aspira con claridad a dejar en suspenso la construcción del “mundo global” y centrarse en la reconstrucción de la potencia nacional norteamericana. Cambia el marco ideológico y el color político. Por consiguiente, pueden cambiar también las decisiones concretas y los marcos de alianzas. Pero no cambia en absoluto el imperativo esencial de apuntalar la posición hegemónica de los Estados Unidos.

De hecho, el gran debate entre “mundialistas” y “soberanistas” en Norteamérica puede interpretarse como una disputa entre dos vías distintas para conquistar un mismo objetivo de poder. Si de verdad alguien pensaba que Trump iba a apostar por una política de apaciguamiento o de retracción, es que no ha entendido nada de nada. Sencillamente, Trump no puede hacer eso. Nadie puede.

Ni los mundialistas estaban a sueldo de China ni Trump está al servicio de Rusia; simplemente, son dos palancas distintas para llegar al mismo punto

Cambia el marco ideológico, sí, y por tanto pueden cambiar también las decisiones concretas y los marcos de alianzas. Eso es exactamente lo que ha pasado desde que Trump llegó al poder. El “mundo Clinton” –llamémosle así- estaba volcado hacia China, principal socio comercial de Washington (21,8% de las importaciones norteamericanas en 2015) en la construcción de su proyecto global. El “mundo Trump”, al revés, ve a China como a un peligroso competidor –porque Pekín juega con sus propias reglas- y prefiere resolver problemas concertando con Rusia.

Ni los mundialistas estaban a sueldo de China ni Trump está al servicio de Rusia; simplemente, son dos palancas distintas para llegar al mismo punto. Naturalmente, la opción por una o por otra de estas palancas moviliza un cantidad ingente de millones de dólares en compromisos comerciales, militares, financieros, etc., de manera que la guerra política subsiguiente puede llegar a ser tan cruenta como la que se está librando en Washington desde que Trump llegó al poder. Pero esto no afecta al meollo de la cuestión, que es la subordinación de toda política al objetivo mayor de consolidar y eventualmente aumentar la hegemonía mundial norteamericana.

En Oriente Próximo 

En el caso concreto del escenario próximo-oriental, la política norteamericana de los últimos veinte años parece muy claramente encaminada a impedir el surgimiento de cualquier potencia que pueda presentarse como hegemónica en el espacio musulmán de civilización, cualquier poder autóctono con fuerza suficiente para desafiar, siquiera sea a pequeña escala, a la hegemonía norteamericana. Contemplemos el asunto desde el prisma del “choque de civilizaciones” de Huntington, ese enfoque según el cual el orden del mundo viene forzosamente supeditado a la existencia de espacios distintos de civilización.

Lo determinante aquí no es que pueda producirse tal o cual choque –la Historia entera no es otra cosa que una sucesión de choques-, sino que todo espacio de civilización, por definición, puede tender a constituir su correspondiente espacio de poder. Así es también en el caso del islam.

El espacio musulmán de civilización, por su propia base político-religiosa, tiende idealmente a reconstruir la umma, la comunidad musulmana original: todos los mahometanos bajo un mismo techo. Ha ocurrido pocas veces en la Historia, pero sigue actuando como mito movilizador desde el punto de vista ideológico.

Por otra parte, no es un imposible: puede lograrse a través de una sola potencia nacional musulmana que cobre una especial fuerza y arrastre a las demás, o mediante una concertación de varias voluntades. Al fondo permanece el sueño de la reconstrucción del califato, que es, por ejemplo, el horizonte permanente de los Hermanos Musulmanes desde 1929. Es un peligro evidente para cualquier potencia hegemónica, sea del color que fuere. También, por cierto, para Rusia, cuyo espacio limita con el islam al sur y ya ha tenido un sobresalto de este carácter en Chechenia.

Representación de Mahoma / Wikipedia
Representación de Mahoma / Wikipedia

Pero la umma tiene un punto débil –debilísimo- que es su secular tendencia a entrar en querellas internas de tipo nacional, étnico o religioso. Por consiguiente, la forma más práctica de neutralizar cualquier peligro es excitar esas divisiones internas. Eso lo han dicho sin el menor embozo innumerables analistas norteamericanos, y es evidente que, desde su punto de vista, tienen razón. Puede parecer cínico, pero, después de todo, la política internacional nunca ha sido terreno adecuado para el moralismo, por más que con frecuencia se envuelva en esos ropajes para disimular su verdadero olor. ¿Hay que recordar que estamos hablando de un área que concentra más de un tercio de la producción y transporte mundial de hidrocarburos?

Ese interés en fragmentar lo más posible el escenario próximo oriental, acentuando las divisiones internas del mundo musulmán en esa región –y en otras-, ha sido transparente durante las épocas de Clinton, Bush y Obama, lo mismo en Afganistan que en Irak o Libia y, ahora, en Siria, por no hablar de las “primaveras árabes”.

En términos de puro interés político –y desengañémonos: estos son los únicos que cuentan- la división es un instrumento excelente para afianzar la hegemonía norteamericana

Es eso lo que explica también la actitud norteamericana al echar una mano a milicias de todo tipo, yihadistas incluidas, que por otro lado han terminado enfrentándose entre sí en aquella región. ¿Escandaloso? Sí, pero cabe recordar que lo mismo hizo, por ejemplo, la corona de Castilla en el siglo XIII estimulando las querellas entre los meriníes norteafricanos: el “divide y vencerás” es un clásico del manual político.

¿De verdad alguien cree en serio que Trump va a cambiar eso? ¿Por qué habría de hacerlo? Al revés, en términos de puro interés político –y desengañémonos: estos son los únicos que cuentan- la división es un instrumento excelente para afianzar la hegemonía norteamericana. Lo que Trump se propone es hacerlo de otra manera. Obama lo hizo maquinando en Irak y Siria, acentuando el enfrentamiento entre Arabia Saudí e Irán, desprotegiendo a Israel, etc., con resultados objetivos muy criticables, porque Egipto ha estado a punto de convertirse en república islámica, Irán se ha crecido, el yihadismo se ha organizado en un embrión de Estado y Turquía se le ha desmandado, entre otros desastres, además de llevar a un tensión insoportable con Rusia.

Trump, por lo que parece, pretende más bien reducir tensiones con Rusia, encontrar una fórmula más o menos cómoda de reparto de influencia, atar más corto a Irán, fortalecer a Israel –estratégicamente imprescindible para que el islam no esté en condiciones de cerrar el Mediterráneo como en 1453- y aplastar al yihadismo del Estado Islámico porque ha creado una dinámica incontrolable. Todo eso pasará, casi inevitablemente, por una redefinición de las actuales fronteras en oriente próximo.

Que Washington vaya a conseguirlo o no, eso es harina de otro costal. Entre otras cosas, porque los otros agentes sobre el terreno también tienen sus propios intereses. Ninguno quiere quedar al margen del nuevo mapa que empieza ya a dibujarse.

Rusia necesita puntos de apoyo en oriente próximo y medio porque es su garantía de tener acceso fácil a mares cálidos, al canal de Suez y al Golfo Pérsico. En Irán y Siria ha encontrado esos aliados y hará lo posible por mantenerlos. Irán, por su parte, sueña con extender la proyección del universo chií hasta el Mediterráneo, a caballo de un continuum terrestre que atraviese Irak y Siria, más la aportación de Hezbolá en Líbano, y enlace la costa índica con la mediterránea; sería el mayor y más pujante espacio de poder chií desde los tiempos del califato fatimí de Egipto y dotaría al régimen de los ayatolás de una relevancia geopolítica extraordinaria.

Por su parte, los árabes en general, y Arabia Saudí en particular, alimentan el proyecto de mantener su posición privilegiada en el mercado del petróleo, para lo cual necesitan controlar no sólo toda la península arábiga con sus dos rutas marítimas (ahí la guerra del Yemen), sino también los territorios por donde pasan los oleoductos hacia el Mediterráneo. En cuanto a Israel, ante todo persigue sobrevivir e implicar en el empeño a la mayor cantidad posible de países, para lo cual no dudará en consolidar cuanta ganancia territorial esté en su mano (los Altos del Golán, por ejemplo) y atizar las divisiones en el mundo musulmán, que unánimemente ve a Israel como enemigo común.

¿Y Turquía? Turquía, con Erdogan, ha encaminado sus pasos a un especie de reactualización del viejo imperio otomano, no en lo territorial pero sí en cuanto a liderazgo político en la región, y apoya a unos u otros en función de un diseño de Estado que ya ha alejado definitivamente al país de los criterios de la OTAN y de la Unión Europea. Y así sucesivamente.

Estos son, expuestos de manera muy sumaria y, desde luego, no exhaustiva, los intereses estrictamente materiales. A ellos hay que añadir –y no son en modo alguno irrelevantes- los de carácter ideológico, religioso y étnico: la guerra eterna entre suníes y chiíes; el imposible entendimiento entre árabes, persas y turcos; la determinación islámica de que todo territorio que algún día ha sido musulmán vuelva a serlo (preguntad en Israel); el poderoso revival político-religioso del salafismo, alentado tanto desde Ryad como a través de la red de los Hermanos Musulmanes…

Para la política exterior norteamericana, sea quien fuere el inquilino de la Casa Blanca, no puede haber otro objetivo que mantener dividido al vecindario

Todo eso, y otras muchas cosas más que aquí no caben, viene a configurar un escenario extremadamente inestable donde todo es siempre imprevisible. Para la política exterior norteamericana, sea quien fuere el inquilino de la Casa Blanca, no puede haber otro objetivo que mantener dividido al vecindario y, al mismo tiempo, asegurar en la medida de lo posible que el petróleo y el gas sigan fluyendo. Cualquier otra cosa podría en riesgo de colapso al orden mundial.

Sobre el terreno, las circunstancias cambian de un día para otro y las acciones militares de cualquier agente producen una combinación de consecuencias prácticamente incontrolable. Pero, precisamente, como nadie es capaz de prever el futuro inmediato, es imprescindible dibujar una y otra vez el mapa general. Y el mapa es ese: los Estados Unidos son y seguirán siendo la potencia hegemónica, su política en oriente próximo sólo puede ser una y cada actor local tratará de cubrir en el mayor grado posible sus objetivos generales. La única víscera que mueve todo esto es la lucha por el poder. No hay otra y nunca la ha habido. Los argumentos de carácter ideológico, moral o jurídico son ciertamente importantes, porque permiten humanizar los efectos de la lucha por el poder, pero no van a alterar el mapa. Y quienes, cansados o débiles, no quiera entenderlo así, tendrán que resignarse inevitablemente a desaparecer. La actual Europa, dicho sea de paso, está muy cerca de ello.

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