Los diputados de Podemos pusieron en escena hace unos días la humanización del Parlamento. El mensaje que debía trascender de mil maneras era: “la gente ha llegado por fin al poder”. Power to the people! Los adustos frisos neoclásicos asistieron atónitos a un inédito despliegue de humanidad: lagrimeos, achuchones, bicicletas, indumentaria estudiadamente decontractée… Hasta humanísimos efluvios, según aseguraron testigos. Culminando con la presentación en el templo legislativo del bebé de Carolina Bescansa: ¡Qué bello homenaje a la maternidad, a la reproducción, a la naturaleza humana! ¡Estos sí que tienen sentimientos, estos sí que son como nosotros!

La parte implícita del mensaje resulta un poco más inquietante. Si ellos son la humanidad, si ellos son la gente… los demás no lo somos. Los otros son “la casta”, los opresores de la gente. Los podemólogos más avezados no han llegado aún a conclusiones claras sobre la composición exacta de “la casta”. Incluye, sin duda, a la derecha española; pero también, según ciertos indicios, a Angela Merkel, a “la troika”, a los banqueros, a la plutocracia transnacional… Y a los opinadores que criticamos a Podemos.

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Como recordaba hace unos días David Gistau, tanto la pornografía emocional –todo ese exhibicionismo de lloriqueos y abrazos- como la “deshumanización” del enemigo ideológico fueron rasgos característicos de los totalitarismos nazi y comunista. Mucho ojo con quien se arroga la identificación exclusiva con “la gente”. Por definición, todos los demás pasan a ser enemigos del pueblo. L’ami du peuple se llamaba el periódico desde el que Marat señalaba con el dedo a los traidores a la Revolución, inmediatos aspirantes a la guillotina. Ya Rousseau había teorizado la irresistibilidad de la “voluntad general”, encarnación del interés colectivo, y que no coincide con la “voluntad de todos”. Hitler y Stalin trazaron perímetros de la comunidad moral que dejaban fuera, respectivamente, a enemigos raciales (los judíos) y/o enemigos de clase (la burguesía, los kulaki, los “desviacionistas”…). Ellos llevaron hasta sus últimas consecuencias la victoria del pueblo sobre los parásitos, explotadores y reaccionarios.

Los 69 diputados de Podemos tienen entre todos 16 hijos: 0.23 per cápita

Pero merece una atención especial la reivindicación podemita de la maternidad. No es sólo que Podemos sea entusiásticamente abortista (lo cierto es que ya lo son todos los partidos con representación parlamentaria): el tierno Diego habría podido ser eliminado hace sólo unos meses con total impunidad y con el aplauso de la entrañable bancada que ahora lo acuna, si tal hubiera sido la soberana voluntad de su mamá. Ocurre, también, que los 69 diputados de Podemos tienen entre todos 16 hijos: 0.23 per cápita. Como su promedio de edad es de 41 años, asumamos generosamente que algunos de ellos todavía tendrán hijos en el futuro: doblemos hipotéticamente su índice de fertilidad (0.46). Incluso así, la tasa natalicia podemita estaría todavía casi tres veces por debajo de la de los diputados del PP (1.24), la casta inhumana, que viene a coincidir con la media nacional. Y cinco veces por debajo del índice de reemplazo generacional (el número de hijos que sería necesario tener para mantener estable la poblacion). Dicho de otra forma: si “la gente” –de la que se dicen representantes únicos- imitase las pautas reproductivas de Podemos, España se extinguiría en unas décadas.

Está demostrado estadísticamente que las parejas casadas son más prolíficas que las que cohabitan

En realidad, Podemos comparte la desconfianza clásica de la izquierda hacia la cuestión demográfica y las políticas natalistas. De un lado, las asocia con el franquismo. De otro, intuye (acertadamente) que hay un vínculo entre natalidad y “familia tradicional”. La humanidad –esa humanidad de la que ellos tienen el monopolio- había encontrado desde hace milenios una fórmula de probada eficacia para la reproducción de la especie: un hombre y una mujer se comprometían públicamente para toda la vida, constituyendo un hogar que iban llenando de hijos. Esta receta, como se sabe, es insoportablemente reaccionaria: ha sido erosionada legalmente (mediante la trivialización del divorcio, la concesión de efectos jurídicos a la mera cohabitación, la redefinición del matrimonio como mera “comunidad de afecto”, haciendo abstracción de su dimensión generativa, etc.) y está siendo abandonada de hecho por la sociedad: cada vez se casa menos gente; y, entre los que se casan, cada vez se producen más divorcios. No puede sorprender que caiga la natalidad: es más fácil adoptar la decisión de tener hijos con una pareja definitiva que con una provisional; es demostrable estadísticamente que las parejas casadas son más prolíficas que las que cohabitan.

Podemos recela de la “familia tradicional” y defiende a ultranza los “nuevos modelos de familia”

Podemos recela de la “familia tradicional” y defiende a ultranza los “nuevos modelos de familia”. En un revelador debate televisivo con Alejandro Macarrón –incansable divulgador del desastre demográfico español- Tania Sánchez apoyaba la reivindicación de infertilidad de Espido Freire (minuto 18.20): “En esta mesa estamos dos chicas: las dos somos nulíparas. ¿No se os ha ocurrido pensar que simplemente no nos interesa tener ninos? Nos importa un pepino que suba la natalidad o no, que haya pensiones o no. […] ¿Por qué tengo que ser responsable de que la sociedad prospere a mi costa, por ser mujer?”.

Ese es el espíritu. Cada uno hace con su vida privada lo que quiere: todas las opciones amoroso-familiares, incluyan o no la reproducción, son igualmente respetables. El Estado no tiene por qué promocionar unas con preferencia a otras; especialmente, si se trata de la crianza de ninos, esa vieja esclavitud de la mujer, felizmente superada. No tenemos derecho a decirle a nadie cómo debe vivir. Si el país se hunde dentro de veinte años por inversión de la pirámide demográfica… ¡qué le vamos a hacer! La culpa será de la troika y de la casta.

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Francisco J. Contreras Peláez (Sevilla, 1964) es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Autor de los libros: Derechos sociales: teoría e ideología (1994), Defensa del Estado social (1996), La filosofía de la historia de Johann G. Herder (2004), Savigny y el historicismo jurídico (2004), Tribunal de la razón: El pensamiento jurídico de Kant (2004), Kant y la guerra (2007), Nueva izquierda y cristianismo (2011, con Diego Poole), Liberalismo, catolicismo y ley natural (2013) y La filosofía del Derecho en la historia (2014). Editor de siete libros colectivos; entre ellos, The Threads of Natural Law (2013), Debate sobre el concepto de familia (2013) y ¿Democracia sin religión? (2014, con Martin Kugler). Ha recibido los premios Legaz Lacambra (1999), Diego de Covarrubias (2013) y Hazte Oír (2014).