Arturo Pérez Reverte
Arturo Pérez Reverte / EFE

Hay dos grandes motivos por los que Arturo Pérez Reverte es uno de los escritores más famosos de España de esta época. En primer lugar por su  prosa, sus novelas, sus personajes y sus historias que cautivan a miles de lectores de todo el mundo. Y en segundo lugar por su lengua, tan afilada como la espada de Alatriste y tan honesta que su lista de enemigos es casi tan larga como la de amigos.

Por ello no hay entrevista que conceda que no cause cierto revuelo, en especial en Twitter, uno de sus canales de comunicación favoritos. Esta vez ha sido en El Mundo donde ha dejado su sello, con titulares sobre el feminismo, el terrorismo islámico o la Europa actual.

Un buen motivo por el que estar enganchado a una pantalla durante unos minutos, sin duda, por ello, por su interés, se la reproducimos a continuación:

Dos colores, el blanco y el rojo, asedian al visitante al cruzar la puerta de entrada y subir por las escaleras que conducen al hall. Sobre este espacio circular, la sublime cúpula modernista de 1929 habla de la solera del edificio, redecorado en esta década hacia una modernidad algo chillona. “Una horterada, vamos”, concluye Arturo Pérez Reverte cuando baja de su habitación, los ojos encendidos, agilizando trámites para el día de aúpa que le aguarda, como siempre sucede en las promociones del Mick Jagger de nuestra literatura.

Algo tiene de campaña política este frenesí promocional suyo. Estará con PAPEL unas horas, acudirá entre medias al estudio de su amigo Carlos Herrera para otra entrevista, charlará luego con la prensa local, tratará de almorzar -si le dejan- con los compadres de YouTube, los creadores de El mundo es nuestro, que también son amigos suyos, como lo es Edu Galán (sí, el tipo de la revista satírica Mongolia) y mucha otra gente inesperada. A última hora de la tarde, presentará su nueva novela en uno de los principales teatros de la ciudad. 600 espectadores.

Qué quiere que le diga, he tenido suerte. Soy un escritor feliz.

Reverte conoce el hotel desde hace tres décadas y añora el sabor clásico que se perdió con la reforma. A los mozos les llama por su nombre y ellos a él don Arturo. Les ha visto entrar, salir, casarse, jubilarse: «Estamos en mi barrio, esta es mi residencia en Sevilla». Bajo ese mismo techo se hospedaron Ava Gardner y Ernest Hemingway.

Y una tiene la sospecha de que, en una entrevista futura a un narrador aún no nacido, alguien reseñará que el Colón era el alojamiento predilecto de Pérez Reverte en sus visitas a la capital andaluza. Hasta la guerra se le conoció como el Majestic, el primero en Andalucía con cuartos de baño en cada habitación, calefacción y ascensor.

En aquel tiempo tembloroso, pero de reductos para un glamour de época, tanto en Sevilla como en otros muchos escenarios, transcurre Falcó, la última novela del escritor. La trama gira alrededor de un elegante caradura al que le gusta matar y le gustan las mujeres. Las guapas en concreto. Falcó es un detective que cumple canónicamente, como un bendito, con todos los códigos del género pero que no deja de ser completamente español. Lo presentó ya cubierto con un manto de serie, como si estuviera llamado a ser el sustituto de Alatriste.

Reverte confiaría su hija al capitán pero se iría de farra con su nueva criatura literaria

Pero mientras aquel tenía ciertos códigos morales, el nuevo le ha salido rufián. Se mueve con la misma soltura por los ambientes más sórdidos y por los más elegantes. Para dejarlo claro, Reverte confiaría su hija al capitán pero se iría de farra con su nueva criatura literaria, con el que lo ha pasado estupendamente en la primera entrega y sigue disfrutando en la segunda, que ya prepara.

La cuestión es que durante años el escritor ha condenado el uso que la ficción ha venido haciendo de la guerra. Y en sus entrevistas, en sus artículos, la memoria histórica quedaba ridiculizada por la estulticia de «los catetos con coche oficial». ¿Por qué escribir ahora una novela ambientada en el periodo? Arturo mira de frente, los pies bien plantados en el suelo. Me coge del brazo si tiene que enfatizar y, en el tema español, vaya si enfatiza:

«No fue algo deliberado. Aquí hay muy pocas novelas de espionaje y yo quería contar la historia de un espía de los años 30, un personaje que tenía que moverse en Europa y, en ese contexto, lo más interesante era la Guerra Civil Española. Llegué como consecuencia, no como objetivo».

La guerra es casi un subgénero. ¿Quería desmarcarse de lo que se ha escrito y rodado estos últimos años?

No, porque yo ya estoy desmarcado. Quería decir que mi actitud respecto a la guerra es la que tengo ante todos los conflictos armados. Lo de los buenos y malos no me lo creo porque yo he hecho como 20 guerras como reportero y lo he visto. Desde lejos está claro que dices que los malos son los franquistas, los estalininstas, Hitler… Pero de cerca, cuando estás con la gente, la cosa no es tan simple. Una guerra no es una elección ideológica, es una tragedia. Al final siempre hay un chaval de 18 años que está ahí y al que le da igual la bandera. ¿Es más idealista un falangista de 18 años o un comunista de 18 años?

Lo que describe se ha venido traduciendo como equidistancia. ¿Ha menguado el uso de esta palabra como insulto?

Es que no es la adecuada. Uno puede estar cerca de un bando o de otro, sin duda, lo que no implica que no pueda tener las luces suficientes para ver que los seres humanos son los mismos en todas partes y que en todas hay héroes, verdugos, canallas, oportunistas, sinvergüenzas, criminales… El problema es que en España nunca reconocemos en el adversario ninguna virtud, todo son defectos. Es decir, el enemigo nunca puede ser valiente, honrado o digno, siempre ha de ser cobarde, despreciable y vil. Yo no soy equidistante, trato de ser ecuánime. Mi actitud no es la misma ante el bando fascista que ante el republicano, del que me siento más cerca, pero los veo con ecuanimidad.

Repito entonces la pregunta. Si el adjetivo es ecuánime, como acaba de puntualizar, ¿ha avanzado España en ecuanimidad?

No. Se está peor que antes, porque los testigos se están muriendo. Hay unas generaciones nuevas que no tienen fuentes directas y que se están guiando por cuatro tuits. La visión es paradójicamente más parcial y maniquea que hace 30 o 40 años, cuando los testigos aún estaban vivos. Aún quedan, pero ya no se les escucha. He visto a niñatos de 20 años dando lecciones de historia en Twitter a gente que hizo la guerra o a sus hijos. Vivimos en un mundo de etiquetas fáciles donde 140 caracteres son más importantes que un libro, donde no se habla de un argumento sino de lo que un tuit dice sobre ese argumento. Si yo escribo sobre la guerra, la mayoría no hablará de mi libro sino de lo que dicen otros sobre mi libro.

El crítico Alberto Olmos apuntaba que, en ‘Soldados de Salamina’, Cercas se empeñó en encontrar buenos y malos en ambos bandos, mientras que a usted le ha salido una obra con empate a hijos de puta.

No le quito valor al libro de Cercas, a quien respeto y aprecio. Pero yo he estado allí, para mí la gente de la guerra tiene nombres y apellidos. La nuestra me la contaron quienes la habían vivido. No necesito acudir a los libros y a las películas, tengo mi propio criterio y sé que junto a idealistas y gente noble y digna había muchísimo sinvergüenza. Hubo 200.000 muertos en el frente, pero hubo 200.000 en la retaguardia. Fusilados, torturados, violados, asesinados, robados, sañados, expoliados y encarcelados. Alguien tuvo que matarlos, en los dos bandos. ¿Es que todos nuestros abuelos fueron héroes que defendieron la República o a Cristo Rey en el frente? No, alguno fue un hijo de puta con camisa azul o con mono de miliciano que estuvo sacando a la gente de la casa para darle un tiro en la cuneta. Porque hubo cunetas en los dos bandos. Recalca esto: cuidado con los abuelos, porque muchos estuvieron matando gente, porque no todos fueron héroes.

Tengo delante a un señor que va camino de los dos millones de seguidores en Twitter. Él sigue a menos de 900 personas en esta red. Últimamente, a una cuenta titulada Reverte Enfurecido (@revertefurioso), donde hacen parodia con sus niveles de hombría. Le superan otros tuitstars nacionales, sólo que él habla de libros. Y de animales. También se apunta a polémicas, como la que ha mantenido con el también académico Francisco Rico o la que tuvo con el diputado de ERC Gabriel Rufián, que le llamó «cuñado». «No me acuerdo de nada, lo que tengo que decir sobre estas cosas, lo he dicho», replica.

Es cierto lo que apuntaba sobre las etiquetas fáciles y un mundo que se interpreta a golpe de tuit. A él no dejan de treparle los voceros, gente que deforma sus intervenciones y adultera sus pasajes. En la red le surgen textos apócrifos, a los que resta importancia: «Eso es folclore», pronuncia antes de pedir una aspirina con medio vaso de agua: «Sólo medio». No se asoma demasiado a los incendios digitales aunque sea un tuitero aplicado: «Son importantes las redes pero no filtran. Tanta importancia tiene lo que diga un historiador serio que un niñato sin conocimiento. Si el receptor no está educado y no tiene criterio para discernir qué es importante, se pierde en esa maraña. Ese es el peligro, no permiten distinguir el oro de la basura. Y mucha gente en internet se guía no por la fuente sólida sino el tuit efectista o el titular facilón. Es gravísimo».

¿Cómo lleva trabajar durante dos años en un libro y que pueda ser interpretado desde la superficialidad?

No me puedo quejar, mis lectores me tratan bien. La novela se empezó a leer nada más salir. Tengo la suerte de que antes de que empiece el ruido ya la ha leído mucha gente. La versión de Falcó ha sido realista. Mis lectores no leen la novela por la portada o por el título sino porque es mi siguiente novela. La mía, la de Javier Marías, la de Gómez Jurado o la de Dolores Redondo. Si no te equivocas mucho, te leen. Eso te garantiza un público de amigos a los que puede gustarle más esta o la anterior, pero son tus lectores. Luego hay novelas más abiertas que otras. El pintor de batallas era muy hermética. Hombres buenos hablaba de eruditos del siglo XVIII, pero Falcó es canónica. Tiene acción, aventura, un personaje interesante… Y mis lectores son transversales. A mí no me leen ni las mujeres, ni los jóvenes… tengo un público de todos los segmentos.

Le suena el móvil, un aparato pequeño que es sólo phone, sin el smart. Llama un tal Pepe. «Diré que te reserven sitio esta noche». Resuelve rápido y vuelve al tema: que ha disfrutado con este libro, que hay novelas más desagradables en cuanto a técnica pero que Falcó ha sido un gozo continuo. Mientras lo preparaba, acudía a revistas de la época, veía películas, viajaba. Un año de dicha que hizo que decidiera continuarla. «Era un mundo de fascismos, comunismos y un montón de ismos desagradables. De hambre, miseria, violencia… pero también de glamour. Tenemos la creencia de que en España todo ha sido siempre cutre, garbancero y casposo y no es verdad. Ha habido gente interesante, elegante, que ha viajado y que hablaba idiomas. Quería un personaje muy español pero al mismo tiempo cosmopolita. Falcó ha estado en Los Balcanes, Estados Unidos… se viste con sastres ingleses. Me lo he pasado muy bien con él conociendo tíos peligrosos y chicas guapas».

Hemos pinchado en hueso. Ha salido el tema de la mujer. Mientras se escribía esta entrevista, un grupo de feministas recogía firmas para que Reverte no visitara el Centro Niemeyer de Avilés (Asturias). Y todavía estaba candente un polémico artículo en el que un lector se refería a él y a otros columnistas como cipotudos por su prosa subida de testosterona. De antemano, sepa la policía del feminismo que acudí sin temor alguno a que mi integridad como mujer quedase herida esa mañana. «Eres insaciable», me dijo en un momento dado a modo de broma, ante otras personas. Me pareció bien.

Ahora que dice lo de mujeriego… No hay una sola mención femenina en la novela que no venga acompañada de una descripción física. ¿Le han reñido ya?

Una periodista me dijo que Falcó era un machista. Hombre, ¿en los años 30? ¿Un tipo que tortura y que mata? ¿Ese tipo luego respeta a una mujer? Le gustan las mujeres guapas, es un rasgo suyo. Como también es violento, cruel, sin escrúpulos… él lo es, no yo. La gente anda queriendo buscar en el autor esos rasgos pero no. No he querido provocar, la época era así.

Es que pareciera que en nombre de la corrección política ya no se puede decir que una mujer es guapa. Lo menciono por una riña reciente, quizás menor pero significativa, en la que a un periodista de la competencia se le acribilló por haberse referido al aspecto físico de una escritora en una entrevista.

El periodista del que hablas, Jacinto Antón, es como mi hermano. Conozco el debate y yo pienso seguir diciendo que una mujer es guapa. O un hombre. Luego es que la novela transcurre en los 30. Es muy peligroso y hasta estúpido querer ver cosas del pasado con ojos del presente. No puedes juzgar a Hernán Cortés con criterios de ONG del siglo XXI, son mundos distintos. No he querido llevar la mirada actual a los 30 sino que el lector de este tiempo vea el mundo de Falcó como lo veía él. Sería tan anacrónico como poner a una feminista en las cruzadas. Es ridículo.

Arturo Pérez Reverte no es un hombre que vaya a pasar a la historia por su belleza, aunque la edad ha sido amable con su rostro ciertamente ordenado. No hace mucho, quizás antes de venir a Sevilla, se ha rapado el pelo. Tiene 65 años, su cara es afilada, sus dientes están bien alineados y sus orejas muy pegadas a la cabeza. Viste sobrio, tiene un bonito reloj. Cuando posa, se tira de los puños de la camisa y entorna un poco los ojos. A cierto sector del feminismo, le cae muy mal.

Es recurrente que le tilden de machista. ¿Cómo lo lleva?

Sucede porque cuando me burlo de algo es fácil decir: «Mira Reverte, qué machista». Leed mis textos, idiotas. ¿Me he burlado alguna vez de forma cruel? Sí, cierto. ¿Y qué? Reivindico la libertad de expresarme como me dé la gana porque sé muy bien en qué posición estoy respecto a este tema.

¿Y cuál es?

Tengo una hija, Carlota, que tiene 32 años. El primero que quiere que viva en un mundo en el que se reconozcan sus derechos y sus deberes y que esté en un plano de igualdad con los hombres o, si es inteligente, por encima de los hombres que no lo son, soy yo.

Por eso sé que el feminismo es necesario y deseo que las injusticias que llevan muchos siglos perpetrándose desaparezcan. Eso hasta ahí. Luego en mis novelas lo he demostrado docenas de veces con mis personajes femeninos, que con frecuencia son duros, potentes… y cuando son malas, son mucho más peligrosas que los hombres.

A mí no tiene que darme nadie lecciones de cómo tratar a los hombres y a las mujeres. No acepto el folclorismo estúpido, ultrarradical, fanático y analfabeto de algunos sectores que se dicen feministas y que lo que hacen es empañar el verdadero feminismo. Ese, el intelectualmente respetable, cuenta con mi respeto, porque me interesa que mi hija se beneficie de él. Pero del feminismo de la estupidez, el que perjudica no sólo a mi hija sino a todas las mujeres, de ese ‘estoy contra’ me burlo. Esa es la cuestión.

Le han llamado ‘cipotudo’ recientemente…

No he seguido mucho esta historia. Me han dicho que encabezo una lista en la que también están los columnistas Manuel Jabois y Antonio Lucas. Pues son muy amigos míos y estoy muy orgulloso de estar con ellos. Me da igual, yo estoy muy bien donde estoy. Jabois, Lucas, están muy por encima de esa definición, son dos de los periodistas más brillantes del país, sobrepasan cualquier encasillamiento.

¿La corrección política es un invento de los movimientos de izquierda?

El problema de los políticamente correcto nace de la estupidez y de la ignorancia

Hay gente que se ve obligada a ser correcta por su trabajo o su posición. Yo no tengo esas limitaciones, no he de plegarme, mi libertad me la dan mis lectores. Pero no creo que sea justo colocar este problema en la izquierda, la derecha también se aprovecha. Simplemente, nace de la estupidez y de la ignorancia. Todos somos cómplices, con nuestra falta de lucidez crítica, de que los golfos se aprovechen.

Hora de acudir al estudio de Carlos Herrera. Iremos caminando, queda cerca. «¿Te importa que te coja del brazo?». He entrevistado a decenas de escritores. En una ocasión caminé junto a Umbral por la calle Preciados. Pero pasear con Reverte es como ir del brazo de una estrella de cine. Le saludan los taxistas, los vendedores de castañas, los quiosqueros, las señoras, los jóvenes. Todo el mundo se gira mientras él sigue hablando de feminismos, tan tranquilo. «No sé quién dijo el otro día la palabra nenaza y, hala, ¡machista! Nadie se atreve a decir nada. En fin, cuidado con cómo lo pones, que luego llegan los tuits».

Herrera sale a recibirle a la antesala de la emisora. Se abrazan con palmadas en la espalda, cipotudamente, se diría. Los presentes toman fotos, le piden que les dediquen ejemplares. La entrevista transcurre fluida, en confianza. «¿Te ha gustado cómo ha quedado?», pregunta al salir.

Sí. Hace mucho que nos conocemos Carlos y yo.

Se nota. Quería, Arturo, retomar el tema de los buenos y los malos. ¿Qué me dice de Donald Trump?

¿Estás grabando? Te cojo del brazo otra vez. A ver, hay una conclusión a la que he llegado y es que los pueblos tienen lo que se merecen. Los americanos tienen a Trump porque quieren tenerlo, igual que nuestra clase política es el resultado de nosotros mismos. No han venido unos marcianos en un platillo para adueñarse del poder. Han salido de nuestras casas, de nuestros dormitorios. Somos tan culpables de lo que hace un político español como el propio político. ¿No nos representan? ¡Pues claro que nos representan! Igual a ti no pero sí al sentir general, a la mediocre catadura moral que a veces los españoles tenemos frente a los grandes desafíos. Ese oportunismo, esa vileza de los políticos es nuestra también.

¿Le ve apaño?

No tiene todo solución en la vida. Que uno detecte el problema no significa que sepa cómo solucionarlo. No soy médico pero hablo de dolores, lo más que hago es tomar aspirinas. Los libros y la inteligencia nos ayudan a soportar el mal. Por eso es tan importante la cultura, porque te da espíritu crítico y al menos te ayuda a comprender las causas y el foco del problema. Por eso me desconsuela lo que ha hecho el PP con ella. Es infame. Me preocupa que estén dejando a los jóvenes sin mecanismos de solución, sin analgésicos, sin análisis crítico.

¿Qué opina de la gestión cultural de las últimas legislaturas?

Pues pienso que el PP no es que haya despreciado la cultura, es que la ha agredido directamente y con mala intención durante ocho años. Estamos pagando ese precio y lo vamos a pagar mucho más. Es una agresión que no tiene precedentes. He visto ocho años ya. Supongo que nos queda más de lo mismo.

¿Es un pesimista?

Lo soy. Las ideas que la Revolución Francesa y la Ilustración trajeron a Europa la hubieran mejorado y probablemente también al mundo. Pero la condición humana se metió en ellas y las estropeó. La Ilustración quedó en muy poco, se perdió.

¿En qué lugares cabe tener una actitud optimista?

En los maestros. El lugar donde se ha refugiado la esperanza es en los niños, por eso un maestro es tan importante. Deberían ser seleccionados con un rigor extremo y, una vez pasaran las oposiciones, tendría que ser un cuerpo privilegiado, mimado por la sociedad, pagado de maravilla. Los padres ya no educan en casa, salvo excepciones. Y el colegio, que era el último reducto, está en manos de los demagogos, de los psicopedagogos y de los irresponsables. La enseñanza está hecha para machacar a un niño, para que no brille, porque si lo hace es que está dejando atrás a los mediocres. Nos estamos cargando las élites del futuro, estamos impidiendo que los realmente buenos prosperen, con lo cual nos condenamos a la mediocridad. Tenemos que tener las mismas oportunidades, por supuesto, pero una vez dentro de la institución, el brillante tiene derecho a ser respaldado. Ese será el político, el cineasta, el escritor, la gente que tire de la sociedad. Pero que suceda esto es imposible.

Por sus artículos, lo que ve más negro es la amenaza del terrorismo islámico.

“Cuando hay lobos y hay ovejas no hay duda de quién va a ganar. Estamos teniendo el resultado de nuestra pasividad, de nuestro confort”

Es que van a ganar. Los derrotarán en Irak o en Siria pero van a triunfar, porque son jóvenes, tienen hambre, un rencor histórico acumulado y absolutamente comprensible, cuentas que ajustar, desesperación, cojones, fuerza demográfica… Occidente y Europa en cambio son viejos, cobardes, caducos y no se atreven a defenderse. Cuando hay lobos y hay ovejas no hay duda de quién va a ganar. Estamos teniendo el resultado de nuestra pasividad, de nuestro confort, de nuestra demagogia. Ellos no tienen esos obstáculos. Como dijo uno de los imanes, «usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia». Está perfectamente definido. Europa es vieja e indefensa.

Entramos en un bar para charlar un rato más. Pide una manzanilla. No la infusión, por supuesto. Nos sentamos en una mesa bajo un cartel de Bogart. Regreso al libro. Su Falcó tiene la mitad de años que los que él ahora («no lo había pensado») y lleva una vida a su manera igual de intensa que la que él llevó en la treintena.

¿Tiene nostalgia de aquel tiempo trepidante?

No, yo fui un reportero muy feliz y soy un novelista muy feliz. Soy dueño de mi vida, tengo mi velero y navego. Mi vida ha sido feliz pero ha tenido momentos muy duros. Con 65 años no apetece pasar por las cosas que pasaste con 30, no sobreviviría y eso ya basta para eliminar la nostalgia.

¿Y qué sí le apetece?

Sobre todo, navegar, leer y escribir. Envejezco con serenidad razonable, tengo lectores, tengo mi biblioteca para refugiarme cuando quiera. Leo historia, clásicos, muy poca novela moderna, salvo a mis amigos y alguna cosa especial de vez en cuando. A esta edad apetecen más las explicaciones que la imaginación, para eso tengo ya la mía. Pero los clásicos, la historia, todo eso es tranquilizante, es una terapia intelectual. Y yo no escribo para vivir, mi vida está resuelta. Lo hago porque me gusta y para lectores de 40 países, eso me permite ser más independiente. Soy un tipo afortunado, nadie me ha regalado nada, sí, pero agradezco las cosas: tengo una deuda con la suerte y lo reconozco cada vez que puedo. Hay gente más brillante que no logró que sus libros se vendieran y gente más valiente a la que mataron en Afganistán.

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