Padre Víctor Salomón (Petare, Caracas) Venezuela.
Padre Víctor Salomón (Petare, Caracas) Venezuela.

“Nuestro pueblo sufre. Se identifica con Jesús no sólo acompañándole en su camino al Calvario, sino uniéndose a su dolor, de una forma que hace mucho no veíamos, no es difícil imaginar por qué. Están sin pan en la mesa y flagelados por quien debería de protegerlos”.

Estas son las palabras de un venezolano: el padre Víctor Salomón, que ejerce su ministerio en la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, (Petare, región de la zona metropolitana de Caracas), donde se encuentra la mayor favela del Continente con medio millón de habitantes.

En diálogo con Actuall explica que entre sus fieles hay chavistas, opositores al Gobierno y aquellos que no desean involucrarse en política. Todos mordidos por la miseria y la violencia. Me dice que la Iglesia no coloca unos contra otros. Los abraza a todos pero también denuncia la injusticia y las manos manchadas de sangre.

Esta Semana Santa ha sido diferente. El pueblo ha salido de sus casas para rezar pero también para protestar. Ha llenado las celebraciones religiosas y también los actos de resistencia en las calles.

Porque el país no sólo padece hambre y carestía sino que vive un clima de guerra civil. El padre Víctor me lo confirma: “Mira, desde ya hace mucho tiempo que tenemos un clima de guerra, lo único que falta son bombas cayendo y el ruido de la metralla”.

Y esa es una razón más para rezar. “Viven con mucha intensidad esos días, lo he visto aquí en nuestra parroquia”. En el resto del país no es diferente. Breves testimonios de presbíteros en Maracaibo, Valencia y Barquisimeto, los tres mayores conglomerados urbanos del país, después de Caracas, van en el mismo sentido.

Un grupo de personas participan en la representación del viacrucis el 14 de abril de 2017, por las calles del barrio Petare en Caracas (Venezuela) / EFE-Miguel Gutiérrez
Un grupo de personas participan en la representación del viacrucis el 14 de abril de 2017, por las calles del barrio Petare en Caracas (Venezuela) / EFE-Miguel Gutiérrez

El padre Salomón me describe una de las celebraciones más queridas de su pueblo: la procesión a Jesús Nazareno que carga con la Cruz. Llena de fieles.

“A pesar de ser muy concurrida, este año hubo muchísima más personas, pienso que tiene que ver justamente en el hecho de que Jesús carga con la Cruz, sufre, y este pueblo esta sufriendo intensamente, se identifica con Él, se une a Él”.

“Nuestro pueblo está con hambre“, me dice. No se trata de la constatación obvia de un sacerdote que vive inmerso en barrio pobre al servicio a sus hermanos “favelados”. No, no es sólo Petare, es Venezuela toda que tiene hambre.

La mitad de las familias vive en la miseria y ocho de cada diez hogares lidia todos los días con la pobreza

La mitad de las familias venezolanas vive en la miseria y ocho de cada diez hogares lidia todos los días con la pobreza. Sin comida ni medicamentos. Son datos consolidados. No ficción. Están en la más reciente Encuesta Nacional de Condiciones de Vida de las tres más prestigiadas universidades de Venezuela.

La falta de pan es el “pan de cada día” debido a que no hay suministro de harina. Y en éste punto la ceguera de Nicolás Maduro llega ser patológica. Recientemente obligó a las panaderías a producir aunque no tuvieran materia prima, bajo la amenaza de ocupar los establecimientos que no obedecieran.

Y el desempleo es creciente. De acuerdo con el Fondo Monetario Internacional la tasa de 2016 fue de 18 por ciento y llegará a 21 por ciento éste año.

Los jóvenes lo saben. “Se dan cuenta que aunque estudien y se gradúen con mérito en la universidad en las actuales condiciones no le será posible encontrar empleo o levantar una empresa para sostener una familia”, subraya el presbítero.

Salomón, que también se formó en Sociología en 1992, explica que el cuadro se agrava cuando, de forma descarada y delante la mirada atónita del pueblo, el Estado de derecho esta siendo desmantelado y las libertades y garantías fundamentales cercenadas.

“Hay mucha frustración acumulada y crece dia con dia porque el Gobierno no muestra ninguna disponibilidad para respetar la voluntad popular, por eso las calles también están llenas con quien protesta”, apunta.

Nicolás Maduro, presidente de Venezuela.
Nicolás Maduro, presidente de Venezuela.

Desde que Maduro, a través del Supremo Tribunal de Justicia, intentó asumir los poderes de la Asamblea Nacional, única instancia de poder que seguía siendo independiente, las manifestaciones de calle no han cesado.

En 2015 los venezolanos eligieron un Legislativo con una amplia mayoría opositora, 112 de los 167 diputados. Desde entonces Maduro ha empleado al Tribunal como instrumento para anular prácticamente todas las leyes que suponían una amenaza a sus intereses y desde el inicio de 2016 declaró que la Asamblea se encontraba en “desacato”.

Dos fallos de la Corte, las sentencias 155 y 156 otorgaron facultades especiales al presidente, despojaron de inmunidad parlamentaria a los diputados, declararon nulos los actos del Legislativo y transfirieron sus funciones al propio Tribunal.

Este hecho marcó una ruptura definitiva y clarísima del Estado de derecho, ya de por sí fragilizado.

El diputado Julio Borges, presidente de la Asamblea Nacional, escoltado por la mayor parte de los parlamentarios, denunció que el régimen chavista había dado un golpe de Estado, informó que no reconocerían la determinación, rasgó el fallo y convocó a una manifestación para el sábado 1 de abril.

Millares salieron a las calles en todo el país. Ese mismo día Maduro dio marcha atrás haciendo que la Corte restituyera las competencias del Legislativo y la inmunidad a los diputados.

Sin embargo, desde el día primero las manifestaciones contra el gobierno no han parado y se intensificaron sorpresivamente durante la Semana Santa ante el silencio cómplice de buena parte de la prensa local e internacional.

En la opinión del padre Víctor los manifestantes no piden nada ilegítimo: “Por el contrario, todo lo que exigen atiende a derechos garantizados por nuestra Constitución, como la realización de las elecciones generales, la entrada de medicamentos y alimentos al país, la liberación de los presos políticos y el fin de la violenta represión”.

“Viene una injusticia tras de otra y realmente vivimos en un régimen donde no hay división de poderes ni mecanismos para que la voluntad popular se exprese, éstos son elemento básico de cualquier democracia, sin ellos no existe”.

“El comandante Chávez decía que la voz del pueblo es la voz de Dios, entonces que le acaten. Hemos llegado a un punto en el que la gente esta ya cansada”, apunta.

“Esta Semana Santa, los venezolanos han salido a rezar pero también a protestar, ya sin miedo”

“¿Y usted percibe algo diferente en estas manifestaciones de esta Semana Santa en relación a las del año pasado?”, le pregunto.

“Si, en esta ocasión los venezolanos están saliendo a protestar ya sin miedo”, me responde.

Es la misma percepción que una militante provida venezolana me pasa a través de un mensaje de texto el Jueves Santo. Vive en Carora, al noroeste del país. Millares de jóvenes protestan en las calles pacíficamente. Desde la ventana de su casa ve a un grupo que forma con sus cuerpos en el piso la frase “Fuera Maduro”. Acto seguido, son reprimidos con violencia.

“Ya la manifestación no está frente a mi casa pero sigue… La guardia [bolivariana] lanzó bombas lacrimógenas y perdigones para dispersarlos. … Se siguen oyendo detonaciones. Estoy sorprendida: los jóvenes no tienen miedo”, escribe.

Ese Jueves Santo casi todas las ciudades registraron actos de protesta. A diferencia de las manifestaciones que vienen aconteciendo desde el día 1 de abril en las principales capitales, el pasado jueves 13 hubo movilizaciones en por lo menos 300 de los 335 municipios del territorio nacional. Todo el país esta en efervescencia.

El presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Julio Borges (3-i), participa en una manifestación contra el gobierno de Nicolás Maduro el jueves 13 de abril de 2017 en Caracas /EFE - Miguel Gutiérrez
El presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Julio Borges (3-i), participa en una manifestación contra el gobierno de Nicolás Maduro el jueves 13 de abril de 2017 en Caracas /EFE – Miguel Gutiérrez

Piden que “se restablezca el orden constitucional”. Centenas de políticos y líderes sociales se han sumado a las protestas y el gobierno respondió.

Maduro declaró feriado nacional para los servidores públicos con el fin de contrarestar las marchas a las que acusa de “querer dar golpe de estado, y cual anticristo, destruir la paz”.

No se quedó sólo en las palabras. Pasó a los hechos. Reprimió los actos: hasta ahora hay siete muertos, más de cuatro centenas de presos y el rastro patético de los saqueos organizados por chavistas a innumerables comercios del país.

Indago al padre Víctor sobre qué falta para que estalle una guerra civil en el país. “Mira, desde ya hace mucho tiempo que tenemos un clima de guerra, lo único que falta son bombas cayendo y el ruido de la metralla”, me responde.

La Conferencia Episcopal de Venezuela ya lo había advertido en una declaración de su portavoz, el padre Pedro Pablo Aguilar, en noviembre del año pasado: “estamos a un paso de un conflicto interno tipo guerra civil, […] han sido casi 18 años sembrando un lenguaje de odio”.

Y para no dejar duda aclara: “Sobre todo de parte de los seguidores del gobierno […] no quiero decir que entre los actores políticos de la oposición no existan violentos, pero está comprobado que de parte del gobierno existen milicias, grupos armados”.

Obispos de Venezuela denuncian la situación de precariedad social y democrática del país el pasado 13 de enero de 2017 /Twitter
Obispos de Venezuela denuncian la situación de precariedad social y democrática del país el pasado 13 de enero de 2017 /Twitter

Estos grupos armados, de civiles financiados por el chavismo, son los llamados “colectivos bolivarianos”. Han sido señalados por el International Crisis Group y por Human Rights Watch como una de las principales fuentes de violencia contra quien disiente del régimen.

Actúan de forma sistemática con total impunidad. A lo largo de más de una década han conseguido polarizar a los venezolanos en facciones antagónicas permanentemente enfrentadas. Los grandes centros urbanos viven, gracias a ellos, un clima constante de “campo de batalla”. Son un verdadero cáncer social.

“Ciertamente estamos en medio de una lógica de guerra que ha degradado al país a un punto al que nunca habíamos llegado en nuestra historia. Hay carestía, desabastecimiento, destrucción de la infraestructura productiva, fuga de cerebros, represión, una violencia intensa, sangre en las manos. Es una situación muy dolorosa”, lamenta el padre Víctor.

Los obispos han apuntado en más de una ocasión el deterioro moral generado por los que han decidido mancharse las manos de sangre.

Le ha costado la persecución. La Iglesia ha sido señalada como enemiga del régimen. Algunos de sus sacerdotes han sido amenazados de muerte y el cardenal Jorge Urosa fue agredido por una “turba chavista” dentro de la Basílica de Santa Teresa en plena Semana Santa.

“En general, la Iglesia ha vivido la represión del gobierno con dolor. Dolor por los que la padecen y dolor por los que la ejercen cerrando todas las puertas al diálogo”, confiesa el padre Salomón que sabe bien como funciona una democracia.

Vivió algunos años incardinado en la Archidiócesis de Washington donde fue director internacional del apostolado hispano de Sacerdotes por la Vida.

“Algunos de mis hermanos sacerdotes fueron amenazados de muerte y nuestros pastores los han amparado y confirmado”

Me dice, orgulloso, que ha visto a sus obispos plantar la cara con valentía: “Han denunciado y han sido agredidos. Algunos de mis hermanos sacerdotes fueron amenazados de muerte y nuestros pastores los han amparado y confirmado inmediatamente respondiendo con mucha firmeza y serenidad”.

Y añade: “Ojalá que aquellos que ejercen la represión entiendan que también la denuncia profética es un acto de amor a ellos y es por su bien. Rezamos para que a través de la participación ciudadana y el respeto al voto haya un cambio en el país para el bien de todos”, me explica.

En la noche del viernes 31 de marzo la Conferencia Episcopal publicó un comunicado en el que hacía un llamado a la desobediencia civil y a la resistencia pacífica y activa luego del “autogolpe” de Estado.

“Estamos muy cerca de la Semana Santa. Para los católicos la conmemoración de los atropellos contra nuestro Señor es un urgente llamado a tomar conciencia y a actuar de manera pacífica pero contundente ante la arremetida del poder, pues en él existe una distorsión […] no se puede permanecer pasivos, acobardados ni desesperanzados”, se lee en el texto.

Quizá fueron estas contundentes palabras, además del sufrimiento lacerante de todo un pueblo, las que posibilitaron que los venezolanos, cristianos en su mayoría, tomaran las calles de 300 de los 335 municipios del país, a pesar de la lluvia y de la represión, para decir “basta”.

Para nosotros la Semana Santa acabó. Para los venezolanos no.

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Es periodista y corresponsal de Actuall. Formado en ciencias de la comunicación. Actualmente reside en Brasil con su esposa e hijos.