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Álex Navajas

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Álex Navajas es periodista. Contertulio habitual de El Gato al Agua, de Intereconomía TV, ha trabajado once años en La Razón y dirige su propio Gabinete de Comunicación. Imparte también cursos y seminarios de formación.

El creyente termina votando al PP por miedo o por rutina, lo que es abiertamente incompatible con la vivencia del Evangelio.

Una de las acusaciones que más frecuentemente lanzaban los fariseos a Jesús es la de que era “amigo de publicanos y pecadores” (Mt. 11, 19). A mí, personalmente, me parece que es de las mejores cosas que podían decir de Él.

El ahora es lo que cuenta. Mañana, ya veremos. Se rehúye del porvenir y de la trascendencia; de todo aquello que obligue a pensar y a elaborar un mínimo plan de futuro.

Ha sido una semana intensa de visitas al Valle de los Caídos. Políticos socialistas y comunistas se han paseado por el grandioso monumento edificado en memoria de los caídos de ambos bandos durante la Guerra Civil española, se han hecho fotos para la Prensa y han pronunciado unos discursitos almibarados y fraternales.

Desde siempre se nos ha repetido como un mantra que vivimos en la mejor de las sociedades posibles, que somos una democracia consolidada y que nuestro país nunca conoció mayores cotas de libertad, progreso y bienestar.

En el primer tercio del siglo XX, la Serpiente puso dos hediondos huevos. De ellos nacieron sendos repugnantes monstruos que provocaron caos, miseria, mentira, esclavitud, odio como nunca antes se había presenciado y millones de muertos: el nazismo y el comunismo.

Hace unos días, el periodista Alberto Asensi daba en el clavo con una de sus reflexiones sobre el aborto: “Imagina cómo sería España si entre nosotros hubiera dos millones más de habitantes, todos entre 0 y 30 años de edad. ¡Dos millones de niños y jóvenes! Savia nueva en un país envejecido… Pero no están, a esos dos millones nos los hemos cargado, de forma legal, antes de que nacieran”.

El riesgo es acabar obteniendo adultos modernos, actuales, tecnológicamente muy competentes pero absolutamente mutilados en su capacidad de amar. Y, con eso, el fracaso como persona está más que asegurado.

Fue una de las cosas que más me llamaron la atención cuando visité Brasil, hace alrededor de 15 años: había niños por todas partes. Ya fuera en las grandes ciudades o en los pueblos más pequeños, y también en las bulliciosas y anárquicas favelas, te cruzabas con decenas de niños y adolescentes por dondequiera que pasearas.