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Álex Navajas

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Álex Navajas es periodista. Contertulio habitual de El Gato al Agua, de Intereconomía TV, ha trabajado once años en La Razón y dirige su propio Gabinete de Comunicación. Imparte también cursos y seminarios de formación.

Lamento ver a muchos jovenes heredar los odios y los rencores de sus padres, haciéndolos suyos sin pasarlos por el filtro de la razón y el bálsamo del paso del tiempo que cicatriza las heridas. Lamento ver cómo esas cicatrices se mantienen e incluso aumentan por la incapacidad de perdonar y de pasar página.

Aunque muchos en nuestra sociedad (tal vez, la mayoría) creen que la Iglesia está de retirada y que a los curas les quedan dos telediarios (lo que tarden en morirse las cuatro beatas que, consideran, siguen yendo a misa), el Espíritu sigue trabajando en su Iglesia. Es más: nunca ha dejado de hacerlo.

Los terroristas de la ETA se han quitado la capucha y se han puesto corbata. Eso del pasamontañas ya no se lleva; asusta al personal y te da aspecto de matón que, a la postre, es lo que eres.

Parecería que Gabriel Rufián y Valle de los Caídos no pudieran ir juntos en la misma frase. ¿Qué podría hacer un dirigente republicano, separatista, radical de izquierdas, en el lugar que, recientemente, dijo que habría que demoler?

Algunas ideologías políticas son lo más parecido a una religión que hay. El nacionalismo separatista, por ejemplo, que predica su propia Tierra Prometida, con sus popes y sumos sacerdotes y sus propios mitos y leyendas heroicas y sagradas.

Los que en la tierna infancia jugamos a los médicos lo hicimos llevados por esa curiosidad desbordante del nino que quiere saber “qué tiene ahí la niña”. Y la niña aprovechaba la ocasión para descubrir el secreto mejor guardado del nino.

Franco ha vuelto a la actualidad política porque el PSOE acaba de pedir nuevamente que se exhumen sus restos del Valle de los Caídos y se lleven a otro lugar. Que el Caudillo continúe reposando en la conocida basílica subterránea que él mismo mandó construir no es un dogma de fe.

Pero que muy pesada. Porque eso de buscar estar siempre en el candelero, día sí y día también, sea para hablar tanto de los refugiados y de los ninos pobres como de fútbol o de recetas de cocina, que de todo habla (salvo de Dios, que suele estar bastante ausente en sus arengas), acaba con el aguante de cualquiera.

Con los ninos y el botellón ocurre lo mismo que con el pirómano: le hemos dado un bidón de combustible y ahora nos lamentamos de que haya incendiado el monte