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Candela Sande

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.

Cualquiera puede sentirse ofendido por cualquier opinión que no coincida con la suya o, simplemente, con la constatación con un hecho comprobable que les deprima. No sé, cualquier día les ofende el Teorema de Pitágoras, no lo descarten.

Si fascista es algo que es el PP y Ciudadanos, achacarle el término a Vox suena blando y, como problema añadido, no hay ninguno más ofensivo en política. Están todos usados. ¿Nazi? Hecho. ¿Ultraderecha? Me abuuuuurro. ¿Extrema derecha? Igual.

Dado que en el lenguaje común de los medios y las denuncias públicas se considera 'homofobia' toda opinión contraria a la práctica homosexualidad o incluso a su hegemonía cultural y política, tenemos ya la tríada: una opinión que es una enfermedad mental y un delito.

Los medios, los que han caído en la trampa de hablar de ellos, han dedicado, están dedicando y van a dedicar resmas interminables de artículos de opinión preguntándose por el porqué de Vistalegre. No, no soy adivina: es que esto ya ha sucedido antes.

Hay algo profundamente absurdo en un señor presidente, con esa cara de burgués pancista y acomodado que Dios ha dado al señor Torra, azuzando a las masas como un tribuno de la pleble contra las mismas instituciones que él representa

El aborto es el sacramento mayor de la cultura de la muerte, la colina en la que están dispuestos a luchar hasta el fin sus adeptos. Si cae el aborto, muchas otras piezas del dominó progre pueden caer detrás. Y eso no lo van a consentir mientras puedan.

Da un poco igual si se va o se queda mientras siga este disparatado presidente del gobierno que salta de ocurrencia disparatada en idea de bombero para disimular su falta de escaños y lo vendido que está a los enemigos de España.

Ese empieza a ser el sentimiento: que quien no comparte al milímetro la vulgata progresista no está meramente equivocado, sino que está mal de la cabeza. Lo suyo no es una opinión errónea que deba combatirse en un debate libre y abierto, sino un virus que hay que atajar sin contemplaciones.

Sostener algo que contradiga la vulgata progre no es ser meramente un disidente, sino un orate. No es cosa nueva, que lo mismo sucedía a menudo con los disidentes en la Unión Soviética.