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Candela Sande

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.

Larry Flynt, que para mí será siempre un repugnante pornógrafo, ha contratado un anuncio a una página completa en el Washington Post en el que ofrece 10 millones de dólares a cualquier que tenga información comprometida contra Donald Trump.

Harvey Weinstein, cofundador de Miramax, ha sido acusado por un grupo de actrices de primer nivel de acoso sexual y violación y se ha desatado la tragicomedia más tristemente divertida -o cómicamente patética, como prefieran- que haya estrenado Hollywood en décadas.

Es el definitivo triunfo de lo que puede ser sobre lo que es, la atracción del lienzo en blanco, de la cuartilla inmaculada.

Siempre me ha fascinado la magia, el ilusionismo. Quizá sea porque conservo, a pesar de mis años, alma de niña; quizá, simplemente, porque soy facilona para la ilusión óptica, vulnerable al engaño de los sentidos.

Acabe como acabe la crisis catalana, ya hay una víctima: el Estado de derecho. Porque los golpistas han infringido la ley y, sin embargo, no han sido detenidos o cesados de su cargo. ¿No habíamos quedado que la ley era igual para todos?

'Reclutar' a Dios para causas que, por nobles  que sean, son siempre polvo y ceniza comparadas con lo que es el centro de la Iglesia -Cristo- es peor que blasfemia; es idolatría. Máxime cuando el Vaticano ya se ha posicionado contra el derecho de autodeterminación de Cataluña.

Algo se rompió el domingo o, quizá, alguien apareció roto, irremediablemente roto, en ese día triunfal para el secesionismo en el que nuestro gobierno de los Hermanos Marx le entregó en bandeja a Puigdemont y sus cuates todo lo que podían haber escrito en su carta a los Reyes Magos.

Debo confesarles una cosa, abrirles mi corazón aunque eso suponga perder a todos mis lectores, que ustedes no se merecen que les mienta: soy independentista. Sí, y nacionalista incluso. No se asusten... ahora se lo explico.

El matrimonio -musitaba ella mientras terminaba de bajar las maletas del trastero- llevaba ya roto muchos años, quizá décadas. Era una farsa, la situación se hacía insoportable y estaba decidida a dar, por fin, el paso definitivo.