5 minutos de español, 30 mil euros

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    El ministro de Cultura entrega el Premio Nacional de Cinematografía 2015 a Fernando Trueba. (Foto: Javier Etxezarreta / Efe)

    Hay que reconocer que Fernando Trueba admite haberse sentido español. Menos de cinco minutos, es cierto. Pero algo es algo, perteneciendo como pertenece a una casta especialmente refractaria a hacer ojitos a la patria. Otros ni eso.

    Andan muchos vociferando en las redes sociales contra Fernando Trueba, con las carótidas hinchadas como pífanos, por sus manifestaciones al recoger el Premio Nacional de Cinematografía en presencia del ministro Iñigo Méndez.

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    Fernando está en su derecho de no sentirse español, y de tener la malísima educación que ha demostrado tener. Ambas cosas son marca del gremio, tan previsibles que cuesta entender tanta inocencia indignada en 140 caracteres.

    Aceptemos de una vez que la gente del cine español es de aquella zeja irredenta cuya quimera es volver al 36 en un DeLorean, echar cicuta en el café de Franco y regresar a la arcadia feliz de un futuro republicano, a ser posible sin derecha.

    Este guión imposible es el que querrían protagonizar los próceres del celuloide hispano. Pero no pueden, por la terquedad de las leyes del espacio y del tiempo. Y se ofuscan. Y buscan redimirse con gestos infantiles que su soberbia encumbra a actos de heroísmo, como renegar de la patria, flirtear con los independentistas y ser los más maleducados de la clase con los representantes o los símbolos de la nación.

    No es culpa de ellos, desde luego. Solo Fernando Trueba ha recibido del Estado (español) más de 4 millones de euros para sus películas. Lo que significa que los españoles, del primero al último, le hemos regalado diez céntimos de nuestro bolsillo para que se realice como profesional y persona, se prodigue por alfombras rojas de medio mundo y viva de manera razonablemente desahogada. Ya les gustaría a los dentistas que el Estado les pagara el mobiliario de la clínica, o a los taxistas cada nuevo taxi, o a los camareros cada mesa del bar. Por poner ejemplos.

    El pecado es de quien les permite vivir como privilegiados. Unos comprándolos como palmeros en los mítines, porque son de la misma cuerda ideológica. Pero hay otros, más culpables si cabe.

    Son los que les untan a cambio de un triste indulto en la gala de los Goya. Los que, por carecer de valentía para defender sus principios liberales, pagan con dinero ajeno la bula de los comediantes. Ellos son los culpables de este cine tan ensoberbecido y ramplón. Políticos tan mediocres que se han convencido de que hay un intelectual detrás de cada claqueta y tiemblan ante el juicio de la farándula.

    No, no son intelectuales. Son gente del cine. Profesionales si se quiere. Truebas, Almodóvares, Sacristanes y Bardemes hacen películas. Punto. La opinión de éstos sobre la Historia, la Filosofía, el sistema de gobierno de la nación o los presupuestos generales del Estado no debería importarnos más que la de cualquier otro ciudadano informado. Menos aún si se sienten hotentotes o bosquimanos antes que españoles.

    Pero los políticos de uno y otro signo les han hecho ricos, consentidos, intelectuales y depositarios de una singularísima ética que combina, como cosa natural, trincar el cheque con el corte de mangas.

    Es lo que ha hecho Fernando Trueba. 30 mil euros del ala y zasca en la cara del ministro. Que es la cara de todos los españoles.

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