75 años del desembarco de Normandía, un día de fe

    Reagan: “Los hombres de Normandía tenían fe en que lo que hacían era correcto, fe en que luchaban por toda la humanidad, fe en que un Dios justo les concedería clemencia". 75 mañanas de 6 de junio después, gracias a aquellos chicos, aún corren tiempos benévolos para ser libre Europa.

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    Imagen de un momento del desembarco de tropas aliadas en Nomandía, durante la II Guerra Mundial.
    Imagen de un momento del desembarco de tropas aliadas en Nomandía, durante la II Guerra Mundial.

    “Nunca tantos debieron tanto a tan pocos”. Así explicó Winston Churchill la Batalla de Inglaterra, en alusión a los pilotos británicos, muchos de ellos voluntarios, civiles inexpertos, de entre los mejores jóvenes del país, que defendieron su nación del ataque alemán. Menos de cuatro años después, la misma frase podría haber vuelto a ser utilizada al otro lado del Canal de la Mancha.

    El Día D fue un enorme acto de entrega, de valentía y, sobre todo, de fe. En pocas ocasiones como aquella mañana de primavera se ha hecho tan real que libertad y fe son dos caras de una misma realidad. Aquel día, a ambos lados del Atlántico miraron al cielo con la esperanza de que el mal tiempo que puso en peligro la operación diese el respiro esperado y, por encima de todo, también de las nubes, para rezar. En las iglesias, en las playas, en los campos y en las calles, en las colinas.

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    La operación fue un éxito militar. Los aliados vencieron al clima y, sobre todo, una batalla que cambió para siempre el curso de la Segunda Guerra Mundial, es decir de la historia

    Los planificadores aliados conocían que la más que previsible inestabilidad del clima para el Día D, que originalmente iba a ser el lunes 5, lo convertía en un factor incontrolable. A última hora de la tarde del 2 de junio de 1944, Eisenhower, sus generales y el primer ministro británico, Winston Churchill, se reunieron para revisar el pronóstico del tiempo. Las noticias estaban lejos de ser positivas: cielos nublados, lluvia y mar gruesa.

    El presidente de los Estados Unidos decidió aguardar un día más con la esperanza de que el pronóstico mejorase. Menos de 24 horas antes de la invasión programada reunió de nuevo a sus asesores. La previsión indicaba que la lluvia se detendría y que las nubes darían una tregua desde la tarde del 5. Así, el Día D sería trasladado definitivamente al martes 6. Un cambio para la historia. Sabían que las mareas no volverían a favorecer una invasión durante casi dos semanas, tiempo suficiente para que los alemanes conociesen el plan de los aliados.

    La operación fue un éxito militar. Los aliados vencieron al clima y, sobre todo, una batalla que cambió para siempre el curso de la Segunda Guerra Mundial, es decir de la historia, y que supuso el inicio del avance definitivo para la liberación de Europa.

    Un acto de fe

    Cuando se conmemoró el 40º aniversario de aquellas horas, el entonces presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, pronunció un emotivo discurso –uno de los mejores de su presidencia–, en Point-du-Hoc, lugar emblemático del día en que los hijos y nietos de quienes salieron décadas antes del Viejo Continente regresaron a la tierra de sus padres para librarla de la tiranía.

    En plena Guerra Fría, Reagan habló del honor, de la lealtad, de la democracia, de la libertad y de todos los ideales por los que tantos hombres, algunos apenas niños, lucharon aquella mañana y durante toda la Segunda Guerra Mundial. También de la paz conseguida décadas atrás y deseada entonces con la Unión Soviética. “Los hombres de Normandía tenían fe en que lo que hacían era correcto, fe en que luchaban por toda la humanidad, fe en que un Dios justo les concedería clemencia en esta cabeza de playa o en la siguiente”.

    Señaló, no sin temor, “el conocimiento –y quiera Dios que no lo hayamos perdido– de que hay una profunda diferencia moral entre el uso de la fuerza para la liberación y el uso de la fuerza para la conquista. Vosotros estabais aquí para liberar, no para conquistar, y así ni vosotros ni esos otros dudasteis de vuestra causa. Y hacíais bien en no dudar.” A ambos lados del océano, en la playa de Omaha y en la ciudad de Omaha, una la causa común. Una misma fe.

    Quizás haya pasado demasiado tiempo o tal vez el tiempo pasado haya sido duro con la memoria. Acaso, nosotros seamos injustos con el recuerdo, con la herencia de quienes dieron todo a seis, siete u ocho mil kilómetros de casa, en un lugar desconocido donde encontraron terror frente a sus creencias, barbarie frente a sus ideas.

    Puede que hoy demos como sociedad la espalda a causas comunes “por las que merece la pena morir”, como exaltó Reagan ante los veteranos que las antepusieron a su propia vida. “El país de uno es una causa por la que morir y la democracia es una causa por la que morir, porque es la forma de gobierno más profundamente honorable que ha creado el hombre. Y todos amabais la libertad. Y todos estabais deseosos de combatir la tiranía, y sabíais que la gente de vuestros países os respaldaba”.

    75 mañanas de 6 de junio después, tal vez no exista una conciencia compartida de defensa de los pilares que nos han traído hasta aquí, aún menos el sentimiento de respaldo en quienes dan la vida por los demás. Sin embargo, gracias a aquellos chicos, aún corren tiempos benévolos para ser libre Europa. Aunque algunos deriven la libertad a cobardía, incluso a admiración hacia tiranías asiáticas y caribeñas, siguen mereciendo la pena los mismos ideales que, en el fondo, aunque los denostemos colectivamente, continúan rigiendo nuestras naciones. Desde aquel día de fe, todos nuestros días son de Acción de Gracias.

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    Español de nacimiento, 'Irish by the Grace of God' y afincado en Estados Unidos por mi trabajo en el Banco Mundial y antes en la Embajada de España en Washington. MBA, Derecho Constitucional, Economía, Periodismo. Cuando la gente está de acuerdo conmigo, siempre siento que debo estar equivocado. Freedom is not Free.