América: E pluribus unum, por Alberto Vidal

    La solución pasa por que las diferentes naciones de Centro y Sudamérica olviden lo poco que los divide y comiencen a desenterrar lo mucho que los une. Este deseo de unidad, de pertenencia a algo más grande, permanece en el inconsciente de los habitantes de las jóvenes repúblicas.

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    Mapa de América por Jacob van Meurs (s. XVII).
    Mapa de América por Jacob van Meurs (s. XVII).

    «Venezuela es un desastre y hay que limpiarlo y hay que preocuparse de lo que le pasa a la gente”, declaró Trump el pasado miércoles momentos antes de recibir a su homologo chileno. De todos es bien sabido las intervenciones de EEUU en los países de Sudamérica a lo largo de su corta historia como potencia hegemónica.

    Desde que el presidente James Monroe proclamara aquel conocido eslogan de “América para los americanos”, con el pretexto de expulsar a las potencias europeas del continente, las principales empresas norteamericanas, en ocasiones con un claro apoyo gubernamental, han buscado y sustraído grandes beneficios materiales y humanos del sur.

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    Cuando los conquistadores y exploradores españoles se establecieron en el continente americano, el norte era considerado un territorio de poco valor comparado con el sur. A pesar de que la costa oeste de los actuales EEUU y la Luisiana fueron provincias del Imperio, no se acercaron mínimamente al asentamiento que hubo en el sur. De esto eran muy conscientes las trece colonias del norte cuando comenzaron su andadura independiente. No quepa duda al lector que aquella doctrina promulgada por Monroe no significaba otra cosa que “América para los norteamericanos”. Y es que no deja de sorprender que las potencias de Sudamérica, a pesar de las riquezas humana, cultural y material que poseen, se encuentren entre las zonas más pobres del mundo.

    Trump habla de “limpiar Venezuela”, pero la intervención norteamericana es poco probable, puesto que no se arriesgará a entrar en un conflicto internacional con Rusia o China

    Lo que hace más poderoso al norte que al sur es un único término, “unidos”. Cuando las regiones de Sudamérica eran parte del Imperio español, ninguna potencia fue capaz de hacer frente a tamaño coloso, pese que Inglaterra y Francia entre otras potencias lo intentaron una y otra vez. La única forma de destruirlo fue desde dentro con el viejo refrán de “divide y vencerás”, y así divididas siguen las diferentes regiones del antiguo Imperio, ignorándose unas a otras y dejándose expoliar por la poderosa águila calva del sello de los EEUU, que en su pico sustenta el lema e pluribus unum (de muchos, uno) en clara referencia a la poderosa unidad.

    En Venezuela existe un problema grave, muy grave, que está llevando a la destrucción a todo un pueblo. Rusia, China y EEUU tienen grandes intereses económicos sobre una de las principales naciones de producción de petróleo a nivel mundial. Esta situación hace imposible una intervención de cualquier potencia extranjera en el país. Trump habla de “limpiar Venezuela”, pero la intervención norteamericana es poco probable, puesto que no se arriesgará a entrar en un conflicto internacional con Rusia o China.

    Si América es para los americanos, entonces la solución está en los propios americanos, no la tiene Rusia, ni China y, a pesar de estar en el mismo continente, tampoco EEUU. La solución pasa por que las diferentes naciones de Centro y Sudamérica olviden lo poco que los divide y comiencen a desenterrar lo mucho que los une, desechando los rencores, miedos, vergüenzas, prejuicios y mentiras de aquel viejo Imperio que les mantenía unidas. Este deseo de unidad, de pertenencia a algo más grande, permanece en el inconsciente de los habitantes de las jóvenes repúblicas.

    En su visita a la Casa Blanca, el presidente de Chile, Sebastian Piñera, le mostró a Trump una foto de la bandera de EEUU, en el centro de la cual, estaba recuadrada la bandera chilena. “Chile en el corazón de Estados Unidos” declaró el presidente, lo que demuestra que permanece ese deseo, pero, lamentablemente, rendido a una potencia que no pretende la integración entre iguales, sino la sumisión de los pueblos que considera inferiores.

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