Amigo, aprenda que el voto tiene consecuencias

    Los españoles dicen que abren los brazos a los refugiados y los inmigrantes (no, los turistas no, que son capitalistas y consumen los recursos naturales), pero luego no los quieren ni en su ciudad ni en su calle. Semejante incoherencia ¿es simple irresponsabilidad o rendición ante la dictadura de la corrección política?

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    Portada del Diario de León del 18 de septiembre
    Portada del Diario de León del 18 de septiembre

    Antes la supresión del Senado, del Tribunal Constitucional y de los Mozos de Escuadra, para mí la primera reforma política de importancia que hay que hacer en España es convencer a los ciudadanos de que el voto y la opinión tienen consecuencias en su vida diaria.

    Cuando el Estado controla la mitad de la riqueza que se produce, nos obliga a trabajar seis meses al año para pagar los impuestos, nos convierte en sospechosos que tenemos que demostrar nuestra inocencia (ante Hacienda o ante los ‘lobbies’ feminista y LGBT), quien vota sin preocuparse de, al menos, consultar los programas o se queda en casa es, para mí, un inconsciente.

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    Lo mismo ocurre con las opiniones y las ideas que se aceptan, o se dicen aceptar, por miedo al qué dirán, por complejo, por quedar bien, por el socorrido y tradicional “yo no quiero líos”.

    Once de cada diez…

    Si usted pregunta en la calle, en el bar, en la oficina, en la cola de la pescadería sobre qué hacer con los refugiados sirios, nueve de cada diez (a veces pienso que once de cada diez) le contestarán que vengan todos, que hay que ayudarles, que los españoles también emigramos, que qué antipáticos son los europeos, que aquí no hay racismo.

    Nuestros compatriotas proclaman su bondad y su solidaridad en pancartas colgadas en los Ayuntamientos y en las encuestas.

    En una de ellas, hecha en octubre de 2015, cuando las avalanchas de sirios (y de pakistaníes, afganos, bengalíes, eritreos…) atravesaban Turquía y los Balcanes para llegar a Alemania, los españoles aparecían como los nacionales de siete países europeos más dispuestos a abrir las fronteras. ¡En otra, hecha en la primavera de 2016, el 97% de los españoles dijo estar dispuesto a aceptarlos en España y el 18% a meterlos en su propia casa!

    No hay obstáculos que su tolerancia no remueva: los cuatro millones de parados, los recortes contra los que clamó ayer…

    ¿A que se hincha de satisfacción al ver lo bondadoso que es usted? No hay obstáculos que su tolerancia no remueva: los cuatro millones de parados, los recortes contra los que clamó ayer, la falta de vivienda, el empobrecimiento de la clase media, los impuestos, la ruptura de las leyes internacionales…

    Pero luego la realidad se impone con la fuerza de la gravedad cuando uno se cae de una escalera.

    Se le trae para despedirle

    El refugiado sirio Osama Abdul, que conmovió al mundo entero porque una periodista húngara le zancadilleó y que vino a España en septiembre de 2015, ha sido despedido de su empleo, en el Centro Nacional de Formación de Entrenadores de Fútbol de Getafe. Fue uno de los pocos trabajadores de más de 50 años que en España volvió al mercado laboral.

    Nos acabamos de enterar de que no se le renueva su contrato de un año. Esto me recuerda la película ‘Plácido’, en la que García Berlanga se burlaba de la caridad de las marquesonas. Se le trae, se sale en la televisión, se reciben felicitaciones por su generosidad y luego se le manda a la puñetera calle. ¡Y no pasa nada! Nadie es responsable.

    Como a millones de españoles, que son becarios, aprendices y auxiliares hasta los 40 años, pero que llevarían a un refugiado a su casa

    El engañado Osama Abdul estaba casi integrado en la sociedad española: se le contrata con un contrato temporal y, sin darle explicaciones, no se le renueva cuando vence. Como a millones de españoles, que son becarios, aprendices y auxiliares hasta los 40 años, pero que llevarían a un refugiado a su casa… o eso aseguran a los encuestadores, como si fueran Ana Pastor tratando de desconcertar a Marine Le Pen.

    El 18 de septiembre de 2015, cuando los gemidos por la suerte de los refugiados/inmigrantes tronaban en las tertulias, el Diario de León publicó una portada en la que en una columna aparecía el siguiente titular: “El 25% de las familias de León viven amenazadas por la pobreza”. Justo debajo otro titular: “La Diputación busca empleo en empresas de León a los refugiados”. ¿Qué tienen que hacer los leoneses nativos para convertir a la Diputación en su agente de colocación?, ¿venir en patera?, ¿dar pena?, ¿hablar en árabe?

    Libérese del Imperio Progre

    ¿No es una irresponsabilidad por parte de los políticos españoles comprometerse a dar empleo a unos extranjeros cuando hay cientos de miles de españoles que tienen que emigrar para buscarlo?

    ¿No es absurdo que la gente de la calle, la que no tiene que preocuparse de las encuestas, se olvide de su sentido común y de sus quejas por el bajo sueldo, por el desempleo de los hijos, por las colas en el centro de salud, y aplauda lo que los curas y las monjas del Imperio Progre le dicen que es bueno?

    Pero el drama de la educación política de los españoles es que, desde hace treintaitantos años, a quien expone las consecuencias de los actos y los deseos de la Patrulla del Bien se le llama facha, desalmado, racista, mal cristiano, xenófobo, machista y –novedad- islamófobo. Una vez que se le ha pegado una etiqueta al disidente, ya no hay debate. Y suerte tiene éste de que no se le azote en la plaza pública o se le saque en la televisión.

    Miren, no sean hipócritas, porque, aparte de que es muy feo, acabarán viviendo como dicen que ya viven. Ni tienen a un progre vigilando lo que dicen. Créanme. Son (todavía) libres.

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    Cuando me digo por las mañanas que el periodismo es lo más importante, me entra la risa. Trato de tomarme la vida con buen humor y con ironía, porque tengo motivos para estar muy agradecido. Por eso he escrito un par de libros con mucha guasa: Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos, que provocó una interpelación en el Congreso por parte del PNV, y Diccionario para entender a Rodríguez el Progre. Mi último libro es 'Eternamente Franco' (Homo Legens).