Arriola en su ladrillo

    La cuestión es que en el ladrillo prevalecen las posiciones sociales radicales que están en la base de la destrucción del orden social de nuestra civilización.

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    Pedro Arriola / EFE
    Pedro Arriola / EFE

    Como en el chotis la política contemporánea se baila en un ladrillo, un lugar muy concreto donde se concentra, más que el voto, el conjunto de las propuestas que cuentan, es decir, las que pueden realizarse de forma efectiva. En este sentido la creencia supersticiosa por  la que lo que uno vota tiene una influencia decisiva en lo que acontece, es muy similar a la menos obvia por la que son los gritos ante el televisor los que tienen consecuencias sobre los partidos de la Selección y no las decisiones tomadas hace dos años por el villarato, por poner un ejemplo especialmente doloroso.

    La cuestión es que en el ladrillo prevalecen las posiciones sociales radicales que están en la base de la destrucción del orden social de nuestra civilización. La denominada democratización que se extiende desde la enseñanza, a las artes o a los valores es imparable en esa área y no hay fuerza política que no llame al ejercicio de todo el poder estatal o supranacional para lograr la ansiada profundización.

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    Es irónico que lo valioso del sistema representativo contemporáneo y de la limitación jurídica del poder, lo que en última instancia mantiene las siempre amenazadas libertades, esté en permanente riesgo por esa “profundización” democrática. La libertad de expresión, la libertad de enseñanza, que apuntalan la libertad de pensamiento se ven cercenadas por una administración burocrática, una tecnocracia aplastante, que lo mismo administra los hijos de las familias pobres, o cristianas como en Noruega, que aplica un derecho de una supuesta minoría para aplastar al uno sólo.

    Cuando uno oye a los podemitas diseñar su paraíso ideológico, con prensa aún más dirigida y censura aún más explícita, le pueden dar ganas de salir corriendo a votar en sentido contrario

    Por supuesto en estas cosas hay grados, y cuando uno oye a los podemitas diseñar su paraíso ideológico, con prensa aún más dirigida y censura aún más explícita, le pueden dar ganas de salir corriendo a votar en sentido contrario, que es lo que probablemente ha pasado estos días. Como dijo Karl Kraus cuando le echaron en cara su voto a Dolfus para parar a los nazis en la Austria de los treinta, la convicción democrática no tiene por qué llevar aparejado el suicidio.

    Es lo que tienen los radicales que siempre logran otro radical que presente su posición como centrista. No sé mucho de política y por ello no me atrevo a opinar si en el denominado centro cabe un alfiler más o de ahí no se van a sacar los 39 diputados que siguen haciendo falta.

    Si el voto se vuelve tan irrelevante quizás tan sólo nos queda la expresión. Como dijo Nicolás Gómez que, pese a todo, votaba de vez en cuando: “Los que denuncian la esterilidad del reaccionario, olvidan la noble función que ejerce la clara proclamación de nuestro asco”.

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