Asaltos: Todos miraron a otro lado

    Los asaltos de noche vieja no ocurrieron sólo en Colonia, Hamburgo, Bielefeld, Frankfurt, Stuttgart también los sufrieron, y eso en Alemania, porque en Helsinki también se produjeron los mismos hechos.

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    Una multitud en los alrededores de la catedral y la estación de tren de Colonia durante fin de año / EFE

    La noche vieja, una horda de un millar de jovenes inmigrantes recorrieron las calles de Colonia, Alemania, asaltaron sexualmente a las alemanas que tuvieron la mala suerte de toparse por su camino. Michelle relata a la BBC que se vio rodeada por dos o tres decenas de hombres: “me agarraron por los brazos, me quitaron la ropa e intentaron entrar entre mis piernas o no sé dónde”.

    Otra mujer tenía la sensación de que a ella y a sus compañeras las podrían robar o violar, y “nadie se habría dado cuenta”. Relata cómo le agarraron por las piernas, en una ocasión. “Temí que no abandonaría aquél tumulto viva”. Muriel cuenta la misma experiencia, y ofrece su rubia melena al fotógrafo. Evelyn describe así la sensación de desamparo: “Había tanta gente que ya no tenía el control sobre dónde ir o cómo defenderme”. Les robanan los móviles, algunos de los cuales han podido ser recuperados en los centros de inmigrantes. El jefe de la Policía de Colonia, Wolfgang Albers, reconoció encontrarse ante “actos criminales de una nueva dimensión. No hemos conocido este tipo de violencia anteriormente”.

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    «No hemos conocido este tipo de violencia anteriormente”

    Los últimos informes policiales recogen 516 denuncias de actos criminales, de los cuales el 40 por ciento son de carácter sexual. Colonia es sólo una de las ciudades alemanas en las que los inmigrantes se han despedido de 2015 ejerciendo una violencia gratuita, intencionada. Hamburgo, Bielefeld, Frankfurt, Stuttgart… Y eso en Alemania, porque en Helsinki también se produjeron los mismos hechos. El mismo comportamiento, la misma noche, todo por parte de inmigrantes procedentes en su gran mayoría del norte de África.

    El ministro de Justicia de Alemania, Heiko Maas, ha declarado: “Cuando una horda como esta se reúne para violar la ley, parece que todo estuvo de un modo u otro planificado. Nadie me hará creer que esto no estuvo coordinado y preparado”. La Policía de Helsinki ha informado de que recibió de antemano el aviso de que los actos violentos se iban a producir.

    Maas ha declarado: “Necesitamos aclarar urgentemente cómo ha sido posible que se produzcan este tipo de actos”. Una pista es que no tienen precedente. Otra es que Alemania ha recibido en 2015 1,1 millones de refugiados de guerra que, a diferencia de los habituales, no se trataba en su inmensa mayoría de mujeres, ninos y ancianos, sino a hombres jovenes, los protagonistas habituales de los campos de batalla.

    Los medios de comunicación tardaron cuatro días en informar de los ataques

    Alemania, y con ella toda Europa, está entre escandalizada y avergonzada por estos ataques premeditados. Nos encontramos con algunos problemas que vienen de fuera y otros, más graves, que son propios. Uno de ellos es el empeño, sólo a veces exitoso, por no ver la realidad. Los medios de comunicación tardaron cuatro días en informar de los ataques.

    El motivo era claro: hacerlo supondría señalar a una parte de los inmigrantes del norte de África, y la mera posibilidad de hacerlo, aunque fuese respetando estrictamente la verdad y sin hacer extrapolaciones de ningún tipo, suponía cometer uno de los grandes crímenes descritos por el nuevo código deontológico de la prensa occidental: referirse a los comportamientos criminales de las minorías. Cuando retirar la mirada de la realidad es parte de la labor, minuciosa y concienzuda, de un medio de comunicación, es que algo falla.

    Reker señaló que era conveniente que alguien cambiase su comportamiento: las víctimas

    Pero no son los únicos. La alcaldesa de Colonia, Henriette Reker, rechazó los primeros informes de la Policía, que señalaban a algunos inmigrantes norteafricanos como culpables de los ataques. No se sabe en realidad quiénes son, dijo antes de que se volviese a confirmar el origen de los asaltantes. En cualquier caso, Reker señaló que era conveniente que alguien cambiase su comportamiento: las víctimas.

    Así, señaló que podían “mantener cierta distancia”, de al menos un brazo de holgura, con otras personas, quizá de otra cultura, y con las que no tuviesen una relación estrecha. O también pueden ir en grupo, y no solas, por la calle. El ministro de Justicia, Heiko Maas, se vio obligado a responder a las palabras de la alcaldesa diciendo en la red social Twitter que “no son las mujeres las responsables de los actos, sino los perpetradores”.

    En Alemania, al menos que se sepa, la Policía no ha ocultado lo ocurrido. Pero muy recientemente se ha sabido que en Suecia sí han recurrido al silencio de los hechos, en circunstancias hasta cierto punto parecidas. En este caso se trata de un grupo de medio centenar de afganos en un festival musical, en 2014.

    En el caso de Alemania, los medios de comunicación han mirado a otro lado hasta que la gravedad y la fuerza de los hechos se ha abierto paso, sin su ayuda. Parte de la clase política cubre con un manto impermeable a las acusaciones a los culpables de los actos violentos. Pero parte de la sociedad ha salido a la calle, otra vez, para protestar ante los mismos. Lo han hecho los grupos más cercanos a la ultraderecha, en nombre de la cultura propia y contra la islamización de Europa. Y lo han hecho también cientos de mujeres.

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    José Carlos Rodríguez es periodista. Forma parte del equipo de ProducciONE, pero en otra vida ha sido redactor jefe de Internacional de La Gaceta, y ha trabajado en la prensa digital en medios como Factual.es, elimparcial.es y libertaddigital.com. También ha colaborado con el semanario Alba, Expresión Económica, La Ilustración Liberal, La Gaceta de los Negocios o la agencia APIE, entre otros.