Así se escribe la historia: un recuerdo y un apunte

    Enterrado en vida en el Gulag, testimonió el infierno concentracionario soviético, poblado por millones de inocentes obligados a firmar las más grotescas confesiones de culpabilidad.

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    Alexander Solzhenitsin / Wikipedia

    Alexander Solzhenitsin es, sin duda, una de las grandes referencias morales de nuestro tiempo. Detenido siendo oficial del Ejército Rojo por incluir “expresiones antisoviéticas” –esa fue la acusación- en una carta dirigida a un amigo durante la IIGM, escribió una serie de obras de denuncia del paraíso soviético que le valdrían un Nobel y una larga de serie de previsibles desencuentros con las autoridades soviéticas, culminadas con su expulsión del edén.

    Enterrado en vida en el Gulag, testimonió el infierno concentracionario soviético, poblado por millones de inocentes obligados a firmar las más grotescas confesiones de culpabilidad. Siete décadas de crimen y burocracia en las que se trató de aniquilar al ser humano asaltando su conciencia, promoviendo la delación entre hermanos, entre padres e hijos, entre maridos y mujeres.

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    Aunque esa versión descarnada del materialismo progresista que es el comunismo ha sido aherrojada de la Historia, aún perviven algunos viejos dinosaurios, como Castro y Kim-Jong–Un, que sobreviven en una marea de represión sin cuento; sólo en China, con quien un hipócrita occidente mantiene inmejorables relaciones –aunque subsiste un terror comunista que ha alcanzado las más delirantes cotas-, el número de muertos se acerca los cincuenta millones. 50 millones, sí.

    Una interminable lista de ‘intelectuales’ apuntaló al régimen 

    Algunos pretendieron no haber sabido, fingiendo ignorar lo que escondía el telón de acero. Mentira. Todos ellos lo sabían, pero odiaban más aquello que la bestia roja destruía de lo que amaban la verdad. Mientras decenas de millones de seres humanos eran arrojados en adoración al progreso en la pira del delirio marxista, una interminable lista de ‘intelectuales’ europeos y norteamericanos apuntalaba el régimen caníbal.

    Los Aragon, los Camus, los Sartre, los Marcuse, los Webb, los Reich, los Brecht, los Alberti, los Gramsci, los Beauvoir, los Shaw, los Gorki, los Neruda, los Fassbinder, los Wells, los Russell, los Munzenberg…¡Y claro que lo sabían! Camus rompió su amistad con Sartre a cuenta de la catástrofe genocida en la URSS, ante la que Sartre prefirió el silencio ¿Y no fue Brecht, acaso –tan celebrado por la progresía indecente- quien escribió aquello de que “cuanto más inocentes son más merecen morir”? Que no sabían, dicen. Y un cuerno.

    Solzhenitsin combatió el comunismo, pero denunció el consumismo con igual ardor, como la vía narcótica de inmersión en el más soez de los materialismos.

    Solzhenitsin se alzó frente al Moloch soviético sin sombra de esperanza terrena, cuando el paraíso terrorista del marxismo prometía eternizarse. Afortunadamente vivió lo suficiente como para mirar a la cara a sus carceleros por las calles de Rusia; afortunadamente alcanzó a ver la luz de la victoria, la Luz del Cristo que encontró en el Gulag y en las iglesias de la santa Rusia; afortunadamente pudo regocijarse no con “las libertades” de esta democracia fenicia, sino con la Libertad mayúscula nacida de la disolución de la URSS en la Navidad de 1991, que finiquitaba oficialmente aquella monstruosa máquina de picar carne humana.

    Combatió el comunismo, pero denunció el consumismo con igual ardor, como la vía narcótica de inmersión en el más soez de los materialismos. Y, al contrario que un Mandela, pongamos por caso, no mostró complacencia alguna con el poder mundial, ni compartió los presupuestos del extravío posmodernista y todos sus funestos y, a menudo, mortíferos derivados. Solzhenitsin consideró que tanto el capitalismo como el comunismo son manifestaciones sólo aparentemente dispares de idéntico desvarío. Quizá por eso su enorme talla moral se ha difuminado entre la bruma de los medios progresistas occidentales.

    En abril de 1976, el entonces aún reciente Premio Nobel de Literatura Alexander Solzhenitsin visitó España. Concedió varias entrevistas, una de las cuales a TVE. José María Iñigo fue su interlocutor. El escritor ruso habló largo y tendido de la libertad de que gozábamos en España.

    Aquí –aseguró- se podía viajar a donde uno quisiese; aquí podías hacer fotocopias sin pedir permiso a la policía; aquí podías comprar periódicos de cualquier parte del mundo y llegar a tu casa a la hora a la que quisieses sin dar más razón que a tu familia. Y también podías salir del país cuando te diese la gana. Y comprar lo que quisieses. Y la correspondencia era privada. Y los jueces se atenían a unas leyes civilizadas, codificadas y previsibles. Y podías creer en Dios o dejar de hacerlo y, en todo caso, sin tener que dar cuenta a nadie.

    Estábamos entonces aún en el franquismo, aunque su titular ya no vivía. La reacción de la progresía imperante –sí, ya por entonces- fue furibunda. Entre los insultos que le fueron dedicados por decir la verdad, destacó la singular canallada pronunciada por Juan Benet: “Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexander Solzhenitsin, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como Alexander Solzhenitsin no puedan salir de ellos.”

    Pero no termina ahí la cosa. Con motivo de la muerte de Solzhenitsin, hace ahora siete años, reapareció en los medios el entrevistador de 1976, el llamado Iñigo. En la vorágine de mentiras históricas que nos anega dicho periodista ha querido contribuir con su granito de arena, asegurando que “el programa llenó de alegría a los más conservadores, hasta el punto de que hubo que repetirlo para que Franco, que se lo había perdido, pudiera verlo”. Naturalmente que Franco se lo había perdido. Como que llevaba muerto cinco meses.

    Y así se escribe la Historia ¿Quién respondió a la mentira? ¿Quién puso al falsario en su sitio? ¿Cómo, cuando los fariseos ocupan los sillones de la academia, de la universidad, de los medios, de la Moncloa y, por si acaso, de la oposición? Pues que así se escribe la Historia.

     

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    Historiador, profesor y escritor. Ha publicado tres libros de su mano y colaborado en otros dos. Está pronto a publicar un cuarto y ya prepara el quinto. Desconfía de las multitudes y de las mayorías, y está convencido de que a cada época la salva un pequeño puñado de hombres que tienen el valor de ser inactuales.