Austria, la UE, y la lucha por crear un ciudadano europeo

    La UE es una asociación de Estados, convertida en un club de Estados, convertida en un Estado de Estados con una fórmula federal, y con el anhelo de llegar a ser un Estado paneuropeo con autonomías.

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    Un grupo de musulmanes acude al rezo en una mezquita de Viena / Youtube
    Un grupo de musulmanes acude al rezo en una mezquita de Viena / Youtube

    Austria está en ciernes de asumir la presidencia de la Unión Europea. Este es un club de gobiernos, y es lógico que se pasen el testigo unos a otros, y que confíen en que serán los propios gobiernos quienes den un impulso a la agenda europea. Todo en el bien entendido de que los miembros están en lo mismo, en la llamada “construcción del proyecto europeo”, y en la asunción de sus “valores”.

    Estas mezquitas, además de predicar el odio hasta sus últimas consecuencias hacia la sociedad que les rodea, llamaban a la asunción de la Sharía como única fuente de ley. Kurz ha dicho, al anunciar estas medidas, que “las sociedades paralelas, el Islam político y la radicalización no tienen lugar en nuestro país”.

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    Es decir, que sin la necesidad de que la cerrazón de ciertas mentes tenga su exacta representación en las barreras a la inmigración, Kurz está señalando el camino, que no es ni el rebote de la población que llega ni la expulsión de la que ya está en suelo patrio, más que de los elementos que trabajan con denuedo para romper la propia sociedad y a sueldo de una potencia extranjera. Una Turquía que, además, tiene un pasado de enfrentamientos bélicos precisamente con Austria.

    ¿Es Kurz europeísta? Jean-Claude Juncker ha saltado a decir que sí. Pero en cierto sentido, Kurz supone un peligro para esa concepción ideológica de lo que quiere ser la Unión Europea. Una concepción que pasa por disolver las comunidades nacionales en un cazo de inmigración, para que el desconcierto de haber perdido nuestra identidad nos conduzca, como corderitos, a abrazar una nacionalidad plenamente europea.

    Sebastian Kurz, primer ministro de Austria / EFE
    Sebastian Kurz, primer ministro de Austria / EFE

    Por eso puede parecer chocante que el bombero Jean-Claude Juncker se vea en la necesidad de cubrir con una manta de agua sobre el rastro dejado por Sebastian Kurz, primer ministro de Austria. Aunque tardó en sumarse a la Unión Europea, es uno de los países centrales de Europa. Su gobierno está aupado al poder por una sólida mayoría parlamentaria. Si algo caracteriza a la Unión Europea es su defensa de la democracia. ¿Por qué esas prevenciones de Juncker? ¿Por qué necesita decir que la presidencia de la UE de Kurz “será europeísta”?

    Quizás sea porque esa aparente contradicción es la que tiene la propia Unión Europea. La UE es una asociación de Estados, convertida en un club de Estados, convertida en un Estado de Estados con una fórmula federal, y con el anhelo de llegar a ser un Estado paneuropeo con autonomías, o delegaciones en los distintos países. Los países, (esto es, las comunidades políticas previas), son los que sostienen al Estado como símbolo y expresión del poder de los mismos. En el caso de la UE, pese a sus ímprobos esfuerzos, no hay una verdadera ciudadanía europea. De modo que busca una legitimidad en otro lugar. Y lo ha encontrado en la asunción de unos “valores europeos. Éstos no dicen mucho, pero su interpretación sí. Acerquémonos un poco.

    «Lo peor es cuando son las instituciones las que se retiran de esas comunidades y la Policía se convierte en una especie de Ejército invasor»

    Uno de esos valores es el respeto a las minorías. Este es un principio liberal cuando pasa por el respeto a la igualdad de todos ante la ley, pero en Europa la interpretación ha sido distinta: la facultad de los que tienen una cultura distinta a la nuestra a recrear, en nuestro suelo, la organización social de origen. Esto ya genera problemas porque las diferencias culturales se aprecian con fruición en la pantalla de televisión, pero en una vecindad segregada la alegría de los cánticos y bailes y el lustre de sus mercados dan paso a una realidad cotidiana y abigarrada, y a la inquietante sensación de ser extraño en tu propia tierra. Por otro lado, hay algo de insolencia en el rechazo del que llega a formar parte de la sociedad de acogida. Pero lo peor es cuando son las instituciones las que se retiran de esas comunidades y la Policía se convierte en una especie de Ejército invasor. Entonces, las bases de la convivencia sólo están en los discursos de los políticos, mientras que los ciudadanos observan atónitos esta realidad. Así, el principio liberal del respeto a las minorías se da la vuelta y se convierte en una política de segregación que crea tensiones y disuelve las referencias de la comunidad política.

    Una parte de la sociedad europea, que se duele con esa pérdida, que ve cómo parte de lo que ellos son como ciudadanos, uno de los atributos que les define (el ser francés, alemán, húngaro, austríaco…) se está perdiendo. Y se vale por el concepto izquierdista (y, por tanto, ampliamente asumido) de la identidad para encauzar un concepto contradictorio, como es la derecha identitaria. Es una nueva derecha tan vieja como cualquier otra, y con propuestas más viejas aún, y cuya única novedad es que no son ampliamente asumidas por la sociedad. Como puede ser ejercer una política cultural basada en la afirmación de lo propio, una política migratoria basada en la xenofobia, y una política social basada en el Estado de Bienestar reservado el derecho de admisión.

    «Estas mezquitas, además de predicar el odio hasta sus últimas consecuencias hacia la sociedad que les rodea, llamaban a la asunción de la Sharía como única fuente de ley»

    Con distintos grados en uno u otro aspecto, estas nuevas derechas han crecido en los europa con desigual éxito. En el caso de Austria, Kurz tiene un lenguaje menos xenófobo que otras. Y no ha caído en el error de apostar por cerrar las fronteras. Pero sí ha hecho algo mucho más racional. Su gobierno ha anunciado la expulsión de 50 imanes y el cierre de 7 mezquitas en las que se predicaba el Islam bien entendido, el que llama a la sumisión de los infieles a su concepción totalizadora y cerrada de la sociedad. Una intolerancia respaldada nada menos que por Alá. Y cuyo mensaje, si ello no fuera suficiente, está sufragado generosamente por el gobierno turco.

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    José Carlos Rodríguez es periodista. Forma parte del equipo de ProducciONE, pero en otra vida ha sido redactor jefe de Internacional de La Gaceta, y ha trabajado en la prensa digital en medios como Factual.es, elimparcial.es y libertaddigital.com. También ha colaborado con el semanario Alba, Expresión Económica, La Ilustración Liberal, La Gaceta de los Negocios o la agencia APIE, entre otros.