El burkini del lago Ness

    El burkini no es sólo moda, es elemento de un paquete completo cultural, que incluye cosas como la poligamia, la lapidación de adúlteras y el yihadismo.

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    Mujer con burkini en las playas de Francia.
    Mujer con burkini en las playas de Francia.

    Probablemente este verano del 2016 será recordado, entre otras cosas, como el verano del burkini. Las imágenes de unos policías locales obligando a una mujer musulmana a quitarse esa prenda de baño que cubre completamente el cuerpo, salvo el rostro, y la polémica subsiguiente, tocan sin duda algo muy profundo de la manera de ser occidental, con sus miserias y sus noblezas.

    La sociedad demoliberal se erige sobre conceptos como el de universalidad, es decir, en la idea de que las normas justas no pueden ser ad hoc, sino lo más generales posibles para que se hallen libres de prejuicios particularistas del legislador.

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    Quizás fue Kant quien mejor expresó este principio (otra cosa es que lograra fundamentarlo en “la razón pura práctica”, como pretendía) con su célebre imperativo categórico: “Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre, al mismo tiempo, como principio de una legislación universal.”

    La prohibición del burkini desde luego casa mal con el imperativo categórico. ¿Qué razones generales pueden esgrimirse para impedir que cada cual se bañe en el mar como quiera, respetando unas mínimas normas de pudor e higiene? Sin embargo, al plantear la cuestión en términos puramente abstractos, el verdadero problema se nos escapa. Porque es evidente que aquí no se está debatiendo un mero asunto de indumentaria. El burkini no es sólo moda, es elemento de un paquete completo cultural, que incluye cosas como la poligamia, la lapidación de adúlteras y el yihadismo.

    De entrada, el burkini va de ocupación simbólica del espacio público. Dos o tres mujeres forradas de pies a cabeza en la playa no deberían inquietarnos, pero ¿y cuando en alguna de nuestras calas más turísticas sean mayoría? ¿No acabarán siendo expulsadas (o se autoexpulsarán) las señoras que quieran lucir bikini o incluso el bañador de una pieza? Hermann Tertsch ha dado en el clavo cuando se ha preguntado cáusticamente, en su cuenta de Twitter, si el Consejo de Estado francés, que ha permitido el burkini, será tan valiente dentro de veinte años para permitir ir sin él.

    Tiene gracia que algunos que pretenden erradicar los cuartos de aseos separados por sexos, por aquello de no “oprimir” a los transexuales, pongan graves reparos éticos a la prohibición del burka

    Quienes llegan a hablar de la libertad de la mujer para vestir el burkini o el burka son caso aparte. Tiene gracia que algunos que pretenden erradicar los cuartos de aseos separados por sexos, por aquello de no “oprimir” a los transexuales, pongan graves reparos éticos a la prohibición del burka. ¿Obligarán también a los musulmanes a utilizar aseos conjuntos? En todo caso, aunque las mujeres musulmanas fueran libres de llevar determinadas prendas, lo que importa es si son libres de dejar de llevarlas, como sí lo es cualquier monja de clausura que desee abandonar los hábitos, y baste esto para atajar algunas comparaciones estúpidas que tenemos que escuchar.

    Pasará el verano y se hablará de cosas más importantes, pero el asunto de fondo, que es la metabolización imposible del islamismo por las sociedades abiertas, persistirá. Una vieja tradición periodística, ante la escasez veraniega de noticias, consistía en recurrir al monstruo del lago Ness. El burkini es ahora un serio candidato a sustituir al simpático saurio (o lo que sea) en próximas ediciones estivales, pero el resto del año nos tocará irremediablemente hablar de lo que viene tras él, de naturaleza mucho más trascendente.

    Porque en algún momento deberemos decir que hasta aquí hemos llegado. Pasito a pasito, nos van situando ante el hecho consumado de la invasión de una cultura que choca con nuestros valores más elementales. Las causas profundas de ello se encuentran en que nosotros mismos hemos dejado de defender consistentemente dichos valores, más allá de actitudes superficiales y equívocas, por culpa de la obsesión progresista por desconectarlos de sus raíces cristianas, haciendo tabla rasa de toda tradición. Pero por lo pronto debemos aplicar medidas defensivas contundentes, y debemos hacerlo sin más demora.

    Esto abre un debate mucho más concreto, pero no menos difícil. El político neerlandés Geert Wilders ha llegado a proponer la prohibición del Corán, al que compara con el Mein Kampf, lo que no es óbice para que la prensa del pensamiento único lo adjetive rutinariamente como ultraderechista. Se me ocurren varias razones que desaconsejan medida tan drástica, siendo sólo una de ellas que si sentamos tal precedente, el pacifismo LGTB animalistafláutico, aduciendo los cargos más peregrinos, pretenderá prohibir cuatro quintas partes de la literatura universal, incluyendo naturalmente la Biblia.

    El islamismo, como antes hicieran el comunismo y el nazismo, se aprovecha troyanamente de las facilidades de la democracia y el Estado de derecho para alcanzar el poder

    El islamismo, como antes hicieran el comunismo y el nazismo, se aprovecha troyanamente de las facilidades (las “contradicciones”, como decían los marxistas) de la democracia y el Estado de derecho para alcanzar el poder. A fin de combatir esta amenaza necesitamos medidas de excepción que no destruyan las libertades fundamentales, pero que impidan convertirlas en puerta de entrada para aquellos que acabarían por destruirlas.

    Es necesario empezar, desde luego, por prohibir el velo que cubre el rostro, no por razones laicistas (que acaban atacando al cristianismo con más eficacia que al islam), sino de seguridad. En el caso del burkini, podemos esgrimir otro tipo de razones, por ejemplo de índole estética y turística, perfectamente válidas en espacios restringidos, aunque sean públicos.

    Ha llegado la hora de la creatividad legislativa. Atatürk, el fundador de la Turquía moderna que Erdogan está desmontando, acabó con el burka decretando su obligatoriedad… para las prostitutas. Quizás deberíamos inspirarnos en aquella medida, retorcida si se quiere, pero efectiva. Sugiero un cartel, en lenguas europeas y en árabe, con una leyenda tal como: “Toda persona con enfermedades de transmisión sexual está obligada en esta playa a vestir bañador integral”. Apuesto a que semejante norma no requeriría ningún tipo de control para obtener su inconfesado objetivo, al igual que las mujeres turcas, en tiempos de Ataturk, dejaron de vestir el burka sin que nadie se lo prohibiera.

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    Barcelona, 1967. Escritor vocacional y agente comercial de profesión. Autor de Contra la izquierda (Unión Editorial, 2012) y de numerosos artículos en medios digitales. Participó durante varios años en las tertulias políticas de las tardes de COPE Tarragona. Es creador de los blogs Archipiélago Duda y Cero en progresismo, ambos agregados a Red Liberal.