Ilustración Pablo Casado/ Actuall-AMB
Ilustración Pablo Casado/ Actuall-AMB

Falta poco más de una semana para que el Partido Popular se encuentre consigo mismo, y los interrogantes parecen ser aún mayores que antes de las primarias, donde Soraya Sáenz de Santa María y Pablo Casado quedaron a dos puntos de diferencia y entraron en la batalla definitiva por la presidencia del partido de los próximos 20 y 21 de julio.

A nadie se le escapa que el PP, al más puro estilo marianil (no obstante, ha sido el que se ha impuesto a fuego en la última década), no quería líos.

Actuall depende del apoyo de lectores como tú para seguir defendiendo la cultura de la vida, la familia y las libertades.

Haz un donativo ahora

Se inventaron un sistema de doble votación. En las primeras, serían los afiliados en su conjunto quienes votasen, por aquello de salvar la imagen de democracia plena; en las segundas, los compromisarios, mucho más afines al aparato, se encargarían de enmendar –o no- el resultado que arrojasen los díscolos afiliados.

Las primeras trabas vinieron con los censos. Los más de ochocientos mil afiliados de los que presumían, resultaron ser una cifra sospechosa que, a día de hoy, nadie ha sabido cuantificar con exactitud. En cualquier caso, y para evitar que se escuchase el clamor de una militancia bastante cansada de traiciones a sus principios elementales y de frases vacías, acortaron todo lo posible el tiempo de inscripción, para ver si así iban domando un caballo que jamás habían montado antes.

No votaron todos los que eran, ni eran todos los que votaron, pero el resultado no parecía cómodo para el Partido. Los elegidos, lejos de ser dos balsas de aceite, apuntaban a lo que ni en sus peores presagios podían suponer: antes o después, iba a hablarse de ideas. Tiembla la tierra sembrada por Rajoy.

El sorayismo tiende la mano a Casado para estructurar una candidatura única donde ella siga con mando en plaza, y continúe el reinado del silencio

Por una parte, Soraya, la todopoderosa vicepresidente de los dos últimos gobiernos, que ha manejado con mano de hierro el PP, a la sombra de su silente líder. La que ha sido presidente en funciones de la Cataluña del 155, donde TV3 ha seguido proclamando el odio entre los catalanes y entre los sectores independentistas y el resto de España; la que ha dejado la educación catalana tal como estaba antes de pasar por allí; la amiga de la Sexta, donde jamás ha recibido los insultos y las persecuciones del resto de miembros del Gobierno de Rajoy y de otros cargos notables de su partido; la que rescató al grupo PRISA –y con él, al diario El País- de la quiebra; la que ha estado de cañas con el empresario de la comunicación e independentista, Jaume Roures; la que siempre presumió, hasta hace un mes, que ella no era del todo del PP.

Por otra parte, Pablo Casado, el que ha sido hasta ahora vicesecretario general de comunicación del Partido Popular y que, con cierta sorpresa, se postuló para ocupar el cargo por el que está luchando a cara de perro contra Soraya, esto es, contra toda una estructura orgánica podrida y anquilosada.

Casado ha salido, como él mismo dice, “a ganar”, y eso inquieta –y mucho- a ciertos poderes fácticos del establishment popular. Ahora, que ven que tiene muchas posibilidades de alzarse con la victoria, el sorayismo le tiende la mano para estructurar una candidatura única donde ella siga con mando en plaza, y continúe el reinado del silencio.

El problema es que el joven palentino y diputado por Ávila ha salido locuaz, y parece ser que a él, esto de callar frente a los rivales, no le acaba de convencer.

Frente a la pobre argumentación de Sáenz de Santamaría de “seré yo la que gane a Sánchez” –como si el PP no le hubiese ganado ya antes, o si fuese presidente por méritos propios y no por deméritos ajenos-  o el “España se merece una mujer presidenta del Gobierno” que espetó el pasado martes en los micrófonos de la COPE –como si ser mujer fuese garantía natural de éxito-, Casado ha optado por cohesionar un discurso moderadamente coherente.

No un discurso de renovación o de continuidad; no un discurso bronco o un discurso suave. Simple y llanamente, un discurso. Lo que el Partido Popular hace muchos años que dejó de tener.  

Un discurso que, además, va acompañando con hechos.

Su campaña está siendo valiente, y lejos de rehuir la confrontación, la busca. No como técnica fácil de provocación, sino por hacer lo que muchos afiliados, votantes y exvotantes del PP, echaban en falta: lucir con orgullo unas ideas que ciertos sectores llevan décadas intentado condenar al ostracismo.

“Quizás lo mejor de Casado es que ha optado por tener un discurso con aires de permanencia: el de la libertad de los españoles en todas sus regiones”

Pablo Casado se ha desplazado a Alsasua, donde los herederos de la ETA propinaron una brutal paliza a dos Guardias Civiles y a sus parejas, reconociendo la labor de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, y dándoles el sitio que independentistas y podemitas han pretendido arrebatarles; ha viajado a Pamplona, en Sanfermines, sabiendo que podía ser un territorio hostil. Y no se equivocaba. El día del chupinazo, un organizado grupo de filoetarras desplegó una enorme bandera vasca y pedía a voz en grito el acercamiento de presos etarras a las cárceles vascongadas. Pero ese día, al contrario de lo que suele suceder, la plaza del Ayuntamiento se alzó con el canto, hoy libertador, del ‘Que viva España’, de Manolo Escobar. Por supuesto que los borrokas se retorcieron, y propinaron golpes a diestro y siniestro. Pero no pudieron callar la voz de una Nación que está pidiendo referentes para volver a quererse.

Casado ha hecho la autocrítica que muchos esperaban en el PP respecto de la gestión del 155 en Cataluña. Esa región donde los independentista que, si con Rajoy y Soraya como presidente en funciones han tenido nulo o escaso freno, y mucha operación diálogo, con Sánchez han encontrado una alfombra roja hasta Moncloa, con vino, halagos, y un amable paseo por los jardines.

Como he apuntado, quizás lo mejor de Casado es que ha optado por tener un discurso con aires de permanencia: el de la libertad de los españoles en todas sus regiones; el de la igualdad de los ciudadanos ante la ley; el de la cohesión territorial de la Nación más antigua de Europa. Algo que no es ni nuevo ni viejo. Simplemente, algo que es fundamental.

El centro y la derecha españoles necesitan una voz. Es cierto que, durante este tiempo, ha habido valientes que no se han rendido, y han sostenido como titanes las esperanzas de muchos. Pero quizás no ha sido suficiente. Son millones de españoles los que esperan, desde ese flanco, un balón de oxígeno.

En poco más de una semana, el Partido Popular decidirá su propio destino, al que, indefectiblemente, va unido el de España. De los compromisarios depende que el partido sea presidido por aquella que con tanta docilidad se ha vendido a los medios de comunicación que odian a su base electoral, o aquel que está dispuesto a plantarles cara; por aquella que prefiere la paz silente del cobarde, o la voz joven que ha decidido no resignarse. Yo lo tendría claro. Y creo que los votantes, en su día, también lo tendrán.

Comentarios

Comentarios

Compartir
"Cordobés afincado en Sevilla. Licenciado en Bellas Artes y Derecho; Máster en Periodismo y Educación. Abogado de profesión, pintor por afición, comunicador por devoción. Siente España con acento del sur. Cautivado por el Bien, buscador de la Verdad, apasionado por la Belleza. Caminando."