Christine Granville
Christine Granville

 Bette Davis solía decir: “volvamos a esos días felices en los que había héroes”. Tenía razón. Por lo general, las hazañas de personas extraordinarias a las que no conocemos nos hacen sonreír y sentirlas hasta algo propias. Es el caso de Christine Granville, nom de guerre de Maria Krystyna Janina Skarbek y una de las mujeres más notables de todo el siglo XX. De hecho, hay quien la sitúa como en origen de las chicas Bond. No en vano, fue considerada como la mejor espía de la historia.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Grecia fue invadida tanto por los alemanes como por una cohorte de arqueólogos e historiadores de Oxford y Cambridge con rango militar. Uno de ellos, Peter Fleming, se hizo acompañar de una tonelada de libros como equipaje personal. Cuando las cosas se pusieron feas, tuvo que ser evacuado en una arriesgada operación de rescate comandada por un agente llamado Bond. Años después el hermano de Peter, Ian Fleming, se haría famoso con las historias sobre el agente secreto más famoso del mundo del celuloide: Bond, James Bond. Así pues, tan real fue el origen de 007 como el de la primera chica Bond.

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Christine Granville se ganó su reputación a conciencia. Su padre fue el conde Jerzy Skarbek, aristócrata polaco criador de caballos; su abuelo era el padrino de Chopin. Con semejantes orígenes familiares, es de suponer que Christine recibiría una esmerada educación: idiomas, equitación, esgrima y una vasta cultura. Pero cuando su padre se arruinó, tuvo que buscarse la vida. Y lo hizo muy a su manera: entrando a formar parte del célebre SOE, el grupo de élite del espionaje británico. Saltó en paracaídas en múltiples ocasiones, atravesó los montes Tatras esquiando para unirse a la resistencia y participó en varias misiones junto a ellos, destacando especialmente en la liberación de tres importantes prisioneros capturados por los alemanes, en 1944. Ya había logrado escapar un par de años atrás de la Gestapo, aunque esta vez su hazaña fue aún mayor.

Pocas horas antes de que los tres hombres fueran pasados por las armas, se presentó ante el comandante alemán. Haciendo gala de una temeridad fuera de lo común, le hizo ver la necesidad de liberarlos, ya que los alemanes estaban perdiendo la guerra, y más pronto que tarde los aliados aparecerían por allí. Estupefacto, el comandante alemán le preguntó que quién demonios era ella para hablar así. Su respuesta fue de lo más natural: “Soy una espía británica, y además sobrina del general Montgomery“. Y resultó. Los prisioneros no sólo fueron liberados, sino que el comandante alemán, de nombre Fritz Harlan, aportó a los aliados una serie de datos del máximo interés.

Pero al acabar la guerra, Reino Unido fue tremendamente injusto con ella. Licenciada con honores y sin pensión alguna -Francia, en cambio, la condecoró con la Croix de Guerre-, se vio obligada a trabajar de camarera para subsistir. Y una noche de verano, en 1950, fue asesinada por un marinero borracho que pretendía de ella algo más que una taza de te. Triste final para alguien tan excepcional. Lo dijo Scott Fitzgerald: “Enseñadme un héroe y os escribiré una tragedia”. Y Christine Granville fue una heroína. La mujer más valiente de Polonia y, posiblemente, la mejor espía que ha habido.

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