Un grupo de ciudadanos apoyan a la Guardia Civil en Barcelona ante el acoso delos independentistas.
Un grupo de ciudadanos apoyan a la Guardia Civil en Barcelona ante el acoso delos independentistas.

¿Por qué sólo unos salen a la calle? ¿Por qué en las diadas salen cientos de miles de catalanes partidarios de la secesión? ¿Por qué se suman otros que no la quieren, si se ha convertido en un acto de propaganda antiespañola?

¿Por qué no llenan plazas y calles los que ven el atropello diario de sus derechos en Cataluña, los que se sienten manipulados por los medios de comunicación?

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Sabemos, por las anónimas respuestas a las encuestas, por el reparto del voto en las elecciones locales, regionales y nacionales, que están ahí. Sabemos que media Cataluña, que antes fue abrumadoramente mayoritaria, no desea la secesión.

Sabemos que una parte importante ni siquiera entiende el mundo según el relato canónico, provinciano, del nacionalismo catalán. Si son cuatro gatos, los nacionalistas son tres. Pero no se muestran. ¿Por qué?

En Cataluña el Estado central ha ido desapareciendo y el poder autonómico ha puesto los poderes que el Estado les ha cedido al servicio de la infección nacionalista

Una explicación es el tradicional heroísmo del pueblo catalán ante el poder, y que viene reflejado exacta y minuciosamente por el diario La Vanguardia; un periódico que ha pasado por la Restauración, la Dictadura de Primo de Rivera, la II República, el franquismo y la II Restauración, y ha logrado estar siempre del lado del poder.

La resistencia en aquélla región a las tropas nacionales fue perfectamente descriptible. Con todo, el borreguismo es también muy español y aún se puede decir que el hombre actual. Desde que le han convencido de que es él quien decide el destino de su comunidad política, se encuentra moralmente inerme ante los abusos del poder.

Otra explicación es la naturaleza brutal, pero sibilina, de ese poder. El abate Sieyès observó, en su seminal ensayo sobre el tercer Estado, que si bien la nación (en el sentido que él le daba a esa expresión) constituía al Estado, el Estado a su vez también creaba la nación. La recrea, claro está, de acuerdo con sus intereses, o los intereses de quienes ocupan su gobierno.

En Cataluña el Estado central ha ido desapareciendo y el poder autonómico ha puesto los poderes que el Estado les ha cedido al servicio de la infección nacionalista.

El nivel medio de inteligencia cae asintóticamente con el número de personas que participan en un discurso. La gran contribución del siglo XX es la estolidez como condición sine qua non del éxito político.

El discurso se ha rebajado hasta los intestinos, donde yacen feroces el socialismo y el nacionalismo, que son el instinto disfrazado de razón.

Nosotros contra ellos. Nos odian, nos desprecian, pero les venceremos en una lucha secular porque está escrito en el destino que habremos de vencer. Y comenzaremos por quitarnos de en medio, sin contemplaciones, a quien se nos ponga por delante. La historia del siglo XX.

El nacionalismo, como el socialismo, va contra la lógica y contra la segunda ley de la termodinámica: es una máquina de movimiento perpetuo, que devuelve multiplicado su propio combustible; el odio.

Bien inoculado en los púberes catalanes durante una generación y media, remachado a diario por los medios oficiales y subvencionados, el odio nacionalista ha convertido a los catalanes en un grupo humano aherrojado, cabreado, airado, cuando habla de política. En el punto perfecto de cocción nacionalista.

¿Quién querría salir a la calle a manifestar que él es un paria?

Hay espíritus refractarios al adocrinamiento público, benditos sean ellos. Pero a nadie le gusta sentir el rechazo del resto de ciudadanos, de sus vecinos, de sus amigos, de sus familiares, de las personas que más estiman.

Si la falible naturaleza humana, refractaria a las generalizaciones, sucumbe obediente a una ley universal, es a la que dice que deseamos que nos quieran.

Y no queremos ni el rechazo ni la vergüenza de ser de los otros. ¿Quién querría salir a la calle a manifestar que él es un paria?

El círculo del odio es cada vez mayor y más intenso. Y cada vez hace más frío fuera de él.

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José Carlos Rodríguez es periodista. Forma parte del equipo de ProducciONE, pero en otra vida ha sido redactor jefe de Internacional de La Gaceta, y ha trabajado en la prensa digital en medios como Factual.es, elimparcial.es y libertaddigital.com. También ha colaborado con el semanario Alba, Expresión Económica, La Ilustración Liberal, La Gaceta de los Negocios o la agencia APIE, entre otros.