Pancarta en la manifestación convocada por Ciudadanos, Partido Popular y Vox en Madrid para pedir la dimisión de Pedro Sánchez y la convocatoria de elecciones el 10 de febrero de 2019/ EFE
Pancarta en la manifestación convocada por Ciudadanos, Partido Popular y Vox en Madrid para pedir la dimisión de Pedro Sánchez y la convocatoria de elecciones el 10 de febrero de 2019/ EFE

El pasado viernes, apenas cinco días después de la multitudinaria manifestación que colapsó el centro de Madrid en defensa de España y contra los pactos con los golpistas, el inquilino de la Moncloa convocaba elecciones generales para el próximo 28 de abril.

Las maquinarias electorales –que ya estaban engrasadas y a punto- se ponían en marcha, y los distintos partidos han comenzado a jugar sus cartas.

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A Podemos, inmerso en su peor crisis desde su fundación, le ha pillado con el pie cambiado –cosa que Sánchez conocía- y anda de gira por toda España, buscando alguien que siga confiando en las patrañas del marqués de Galapagar; el PSOE sigue dispuesto a encontrar apoyo en los golpistas, sin entender aun el mensaje que los españoles –y no sólo los que acudieron a la cita de Colón- llevan mandándole desde que accedió, a la remanguillé, al Gobierno; el PP vuelve, como siempre, a apelar al voto del miedo y a un supuesto voto útil al que, gracias a que cuatrocientos mil andaluces no sucumbieron, les llevó, sorpresivamente, a colocar a su mediocre candidato en el sevillano Palacio de San Telmo; VOX, libre de ataduras y con un discurso firme, las encara con el empuje que le otorgó, a nivel nacional, irrumpir en el Parlamento andaluz con doce inesperados diputados, que hacen oír la voz de muchos a los que llevan silenciando demasiado tiempo.

Es quizás, Ciudadanos, los que todavía no encuentran su sitio en esta pugna, intentando hacer de la necesidad, virtud, y traducir su inconcreción y su volatilidad en votos robados a izquierda y derecha.

Su empeño en no definirse es inversamente proporcional a sus esfuerzos por distanciarse de quienes sí lo hacen. El lunes decían que no habrá pacto postelectoral ni con Sánchez en particular, ni con el PSOE en general, en una maniobra fallida de convencer a los socialistas indecisos de que se olviden de la posibilidad de que los de la rosa gobiernen con su apoyo, y que si quieren verlos en el poder, deberán optar decididamente por su formación. Parece que desconocen que la izquierda española, ni perdona, ni olvida, ni abandona jamás su espectro político.

Por el contrario, para evitar que los relacionen con la derecha conservadora de VOX, su técnica ha sido quizás más zafia. No sólo por torpe –que lo es-, sino por el momento que eligieron para escenificarla.

Si algo positivo ha traído el golpe de Estado de los secesionistas amigos del PSOE, es que la bandera nacional ha vuelto a ser la de todos

Cuando cientos de miles de españoles, convocados por decenas de partidos, asociaciones y plataformas cívicas, acudían a la Plaza de Colón, pertrechados exclusivamente con la bandera nacional, y con el único y compartido objetivo de expresar su más rotundo rechazo al relator interpuesto por el Gobierno socialista para negociar con el gobierno catalán, y a la asunción por Sánchez de los veintiún puntos exigidos por Torra –para, decía, en el lenguaje propio de los borrokas, «solucionar el conflicto entre España y Cataluña»-, a Ciudadanos, lo mejor que se le ocurrió, fue rodearse de banderas europeas (comprensible sólo a medias) y de los colectivos LGTBI y trans.

Esa es la solución pueril que encuentran los de Albert Rivera para situarse en lo que ellos creen que es el centro político: dar la imagen de que la enseña nacional pertenece a la derecha, mientras sacuden con entusiasmo las de los lobbies totalitarios de la ideología de género.

El error de cálculo es mayúsculo. Si algo positivo ha traído el golpe de Estado de los secesionistas amigos del PSOE, es que la bandera nacional ha vuelto a ser la de todos, más allá de opciones políticas, y la que nos ampara y abriga por igual, votemos a quien votemos. Que ahora, Ciudadanos, deje de enarbolarla, como muestra de que no participa de los postulados de la derecha, vuelve a lanzar el mensaje –ya superado- de que la rojigualda sólo representa a la mitad de los españoles.

Siendo esto gravísimo, no lo es menos que, para pretender ofrecer una imagen centrista, utilicen una manifestación que iba más allá de las convicciones políticas, para desempolvar el estandarte del arcoíris, y lanzar un tweet desde la propia concentración, con los símbolos LGTBI y trans, diciendo que estaban «dando color a la manifestación de Colón por la libertad, la igualdad y la diversidad».

En primer lugar, porque la manifestación no era una fiesta, sino la legítima y contundente protesta del pueblo español ante la conculcación de su soberanía por su propio Gobierno, en connivencia con los enemigos de España; en segundo lugar, porque allí nadie iba a hablar de diversidad ni de nada más allá que la unidad Nacional. Y, probablemente lo más grave, porque no se puede hacer depender el centro político de unos lobbies que, sistemáticamente, atacan la libertad de expresión y hasta de pensamiento de quienes no comparten sus postulados.

Con su gesto, Rivera no sólo derechizó la bandera nacional, sino que colocó ficticia e irregularmente, en el centro político, a los extremistas y exaltados miembros de los inquisidores colectivos rosas.

Que el tiro le salió por la culata quedó patente en las redes sociales. A las pocas horas, cientos de comentarios venidos desde esos colectivos, acusaban al líder de Ciudadanos de instrumentalizar sus símbolos para, decían, «lavar la cara al fascismo».

En ningún momento, Ciudadanos ha intentado proponer un esquema alternativo al que los medios y la izquierda viene imponiendo desde hace demasiado tiempo

Curioso, sin duda, que esos grupúsculos (reducidos, pero con muchísimo poder) lancen una queja por sentirse utilizados, cuando no sólo llevan décadas siéndolo –obviamente, por la izquierda-, sino que, precisamente, viven de eso. Queda en evidencia que lo que les molesta no es que los manejen, sino quiénes y cuándo lo hacen. Revelan que la supuesta causa que abanderan no les importa más allá de la subvención y de su capacidad de influencia para sus propios intereses, ajenos y alejados de aquellos individuos a los que dicen representar y que, sin que sea necesario argumentarlo, ni lo hacen, ni tan siquiera lo pretenden.

Es el problema de haber comprado el programa ideológico de la progresía, sin crítica ni reflexión. En ningún momento, Ciudadanos ha intentado proponer un esquema alternativo al que los medios y la izquierda viene imponiendo desde hace demasiado tiempo, limitándose a situar el centro donde le habían dicho que estaba. Ahora será cuando pague la factura.

Así, la estrategia de Ciudadanos de decir lo que son, mediante la exposición de lo que dicen no ser, no sólo ha llenado de esperanzas al PSOE, sino que ha encolerizado a los lobbies y ha arrinconado de nuevo la enseña nacional.

El centro naranja ya no es rojo y gualda, porque ha dejado que el arcoíris lo devorase. Es la consecuencia lógica de andar en malas compañías. Y ya sabemos, Albert, que basta que nos digas con quién vas, para saber quién eres.

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