La pasada Nochevieja, en la histórica ciudad de Colonia, se produjo un terrible episodio que bien puede ser considerado como el síntoma de lo que está sucediendo en Europa: unos mil árabes y magrebíes, obviamente coordinados, asaltaron a centenares de mujeres a las que sometieron a todo tipo de vejaciones, les robaron e incluso violaron.

Durante las largas horas de oscuridad gozaron de una impunidad absoluta, por cuanto la policía reconoce que ignoraba lo que estaba sucediendo.

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Lo acaecido es, en verdad, estremecedor, pero lo peor vino después. A las pocas horas, la alcaldesa de la ciudad, Henriette Reker, solicitó en los medios que las jovenes vigilen su manera de vestir para no provocar a los refugiados. Por supuesto, la señora regidora no ha explicitado que se trate de refugiados; ni el ministerio de Interior alemán tampoco.

Este último, ha llegado a pedir que no aludamos a la condición de asilados ni al origen étnico de los asaltantes (incluso ha exigido -en un rasgo de humor grotesco teniendo en cuenta que hablamos de mil personas- no caer en generalizaciones).

A las autoridades alemanas y europeas hace tiempo que la situación se les ha escapado de las manos

Pero si los hechos no se pueden atribuir a personas de origen magrebí o árabe, ¿por qué la alcaldesa de Colonia pide ese recato en el vestir? ¿Por qué el ministro de Interior del land ha asegurado que los culpables serán expulsados del país?

Lo cierto es que a las autoridades alemanas y europeas hace tiempo que la situación se les ha escapado de las manos. Se han comportado como una irresponsabilidad absoluta, promoviendo una emigración masiva y desordenada. ¿Alguien cree que de un modo casual?

Por supuesto que esa promoción de la emigración no es casual. Como ha indicado el presidente húngaro Víktor Orban, obedece a un propósito determinado. Y ha señalado, con  nombres y apellidos: el multimillonario George Soros –ha asegurado Orban- está detrás de la migración masiva de refugiados, que persigue debilitar a los estados nación y el estilo de vida europeo.

El multimillonario húngaro, George Soros /Niccolò Caranti
El multimillonario húngaro, George Soros /Niccolò Caranti

Lo más significativo, con todo, no es la acusación, sino que el propio Soros ha admitido que, en efecto, ese es su objetivo. Soros financia los movimientos antiglobalización de extrema izquierda, las candidaturas demócratas de Obama y Hillary Clinton y ha sido relacionado con las revueltas antirrusas de Ucrania.

La acusación de Orban a George Soros es, en realidad, una acusación al conjunto de la UE en la medida en que esta desarrolla las políticas que Soros preconiza; evidentemente, la UE no puede ignorar los efectos de las medidas que ella misma está adoptando en materia de emigración, a saber, tal y como Soros admite: debilitar a los estados-nación y destruir la tradición europea para, desde este modo, borrar su identidad.

Pero si la soberanía les ha sido arrebatada a los estados-nación en Europa, las autoridades comunitarias no son, tampoco, enteramente dueñas de sus decisiones. Lo ha dicho públicamente Javier Solana: “Europa es el laboratorio de lo que pudiera ser un Sistema de Gobierno Mundial”. Porque Europa ha cedido su protagonismo a otras regiones del mundo: “Se da un fenómeno, no sé cómo llamarle, pero me van a permitir que lo llame “desoccidentalización”. Y Europa ya no decide sobre sus propios asuntos sino en función de intereses “más globales”.

El ex-secretario general de la OTAN se ha mostrado sorprendido de la facilidad con la que los pueblos europeos han cedido su soberanía, sin apenas oposición. “En Europa los países han hecho transferencias de soberanía voluntarias, ¡voluntarias! Nadie los ha forzado, es la primera vez en la historia que se hacen transferencias de soberanía voluntarias. Hasta el nivel de transferir la moneda, ¡libremente!”

Lo ha dicho públicamente Javier Solana: “Europa es el laboratorio de lo que pudiera ser un Sistema de Gobierno Mundial”.

Esa destrucción de la identidad europea no sería posible si a los europeos no se les hubiera arrancado sus tradiciones, si no se hubiese extirpado una larga y fecunda cultura milenaria basada en la certeza de ser depositarios de la Verdad.

Ahí se hizo posible la imposición del relativismo, que afirma el igual valor de todas las culturas, y del que nació la lógica del multiculturalismo, que es la legitimación de la existencia de una sociedad con valores distintos, y hasta opuestos, en paralelo a la occidental y dentro de nuestras fronteras.

Pero el que la casta política europea –alemana o eurócrata- niegue la evidencia del origen de los mil asaltantes de Colonia no es baladí. Quienes elaboran los mandamientos intangibles de la corrección política saben dónde atacar. Han pretendido racista y fascista decir la verdad.

Por eso en toda Europa, pero sobre todo en España, la prensa progresista ha alcanzado la cima del delirio al silenciar ostensiblemente el origen étnico de los asaltantes. A esa misma prensa que se sobrecogía con la célebre sentencia de la minifalda y que nos ha tenido un cuarto de siglo (la cosa es de 1989) meneando el asunto como epítome de la infamia; a esa misma prensa que entró en bucle con la zancadilla a un refugiado –ahí sí explicitaron el origen étnico y hasta identificaron al sujeto de la misma-, no le ha merecido un mal titular el asalto de un millar de árabes y magrebíes a centenares de mujeres. Son así.

De acuerdo al relato de la policía alemana, no es sólo ese millar de árabes y magrebíes el que se sabe impune. Desde hace semanas, es frecuente que muchos refugiados se burlen abiertamente de la policía alemana: “Soy sirio. Me tenéis que tratar bien. La señora Merkel me ha invitado…”

Si el mal no carcomiese el cuerpo de Europa desde hace mucho tiempo, es posible que estos episodios no pasasen a su historia más que en forma de anécdota. Pero, dada la gravedad de la situación, es obligado decir que Europa está en la encrucijada de elegir entre vivir y suicidarse.

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Historiador, profesor y escritor. Ha publicado tres libros de su mano y colaborado en otros dos. Está pronto a publicar un cuarto y ya prepara el quinto. Desconfía de las multitudes y de las mayorías, y está convencido de que a cada época la salva un pequeño puñado de hombres que tienen el valor de ser inactuales.