Imagen referencial de la sociedad occidental /EFE
Imagen referencial de la sociedad occidental /EFE

¿Existe una forma católica de pensar acerca de la vida pública? La respuesta de muchos lectores puede ser un rápido «no».

Sin embargo existe una doctrina de la Iglesia católica acerca de la vida social y política, una doctrina que forma parte de la Teología moral, y por tanto parte de lo que un católico consciente debe conocer y vivir.

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La fe no es algo privado que solo afecta a la conciencia personal, sino que ilumina toda la vida de la persona, de toda persona y de toda la persona. Tanto la parte espiritual como la parte material. Tanto las relaciones consigo misma, como con los demás y con la entera creación.

San Juan Pablo II, consciente de la necesidad de difundir esta concepción católica de la vida pública, decidió encargar una sistematización de la doctrina social de la Iglesia. Y no se la encargó a un cualquiera. El responsable de iniciar dicho encargo (no llegó a concluirlo pues el Señor le llamó antes a su presencia) fue el cardenal Van Thuân, un confesor de la fe de nuestra época contemporánea.

Van Thuân había pasado varios años en campos de concentración o recluido por el régimen totalitario comunista de su país, Vietnam. Famosa, y emocionante, es la narración de cómo celebraba la Santa Misa, clandestinamente, utilizando como altar su propia mano y utilizando una gota de vino y un pedacito ínfimo de pan.

Volviendo al objeto de nuestro artículo, el Cardenal sistematizó la Doctrina Social en el Compendio que todos podemos consultar en las páginas del Vaticano.

Conviene que todos los católicos y también toda persona de buena voluntad conozcan lo que dice esta Doctrina. La misma no es un recetario o una ideología, ni ofrece soluciones técnicas y concretas, pues éstas corresponden al mundo secular. Pero sí nos dan los criterios para discernir lo que es justo, lo que es conforme al hombre y lo que no lo es.

Los principios que recoge la DSI son los siguientes (¿sabría enumerarlos antes?):

1.- Dignidad de la persona

Exige tratar a cada persona como un fin en sí mismo. La persona nunca puede ser un medio. Nunca puede ser manipulada ni nunca puede ser privada de sus derechos fundamentales.

Todo cristiano está llamado a la caridad política nos dice Benedicto XVI y nos repiten incesantemente los pontífices de los últimos decenios

2.- El principio del bien común y el destino universal de los bienes

Qué importante es esta noción de bien común y que lejos está del llamado interés general que tantas veces se cita. Una definición quizás inmejorable es la que nos dio Benedicto XVI en Caritas in veritate, número 7.

«Hay que tener también en gran consideración el bien común. Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese «todos nosotros», formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social.

No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social, y que sólo en ella pueden conseguir su bien realmente y de modo más eficaz.

Desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad. Trabajar por el bien común es cuidar, por un lado, y utilizar, por otro, ese conjunto de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social, que se configura así como pólis, como ciudad.

Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales.

Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis. Ésta es la vía institucional —también política, podríamos decir— de la caridad, no menos cualificada e incisiva de lo que pueda ser la caridad que encuentra directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la pólis.

El compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente secular y político. Como todo compromiso en favor de la justicia, forma parte de ese testimonio de la caridad divina que, actuando en el tiempo, prepara lo eterno.

La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana. En una sociedad en vías de globalización, el bien común y el esfuerzo por él, han de abarcar necesariamente a toda la familia humana, es decir, a la comunidad de los pueblos y naciones, dando así forma de unidad y de paz a la ciudad del hombre, y haciéndola en cierta medida una anticipación que prefigura la ciudad de Dios sin barreras». 

Todo cristiano está llamado a la caridad política nos dice Benedicto XVI y nos repiten incesantemente los pontífices de los últimos decenios.

3.- El principio de subsidiaridad y la participación

Muy importantes también ante el Estado que cada vez más, a veces con buenas intenciones, va suprimiendo la iniciativa de las personas y de las familias por una maquinaria burocrática. La dignidad de cada hombre exige que éste sea el protagonista de su propia Historia y que no se le arrebate su protagonismo. Sí que es cierto que el Estado debe actuar cuando el individuo y las familias y la sociedad no pueden hacerlo, pero siempre de una forma subsidiaria.

4.- El principio de solidaridad

Nos recuerda que todos, incluso aquellos que están más alejados de nuestra forma de pensar o que incluso pueden llegar a odiarnos, son nuestros hermanos, pues todos tenemos un mismo origen, todos hemos sido creados por Dios, y también todos estamos llamados a un mismo fin.

Invito a conocer estos principios y a hacerlos guía de nuestro pensamiento social y político.

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