Cruda realidad / La abuela de todos los madrileños y madrileñas

    Carmena prometió bajarse el sueldo y se lo subió cuatro veces, colocó a amigos y parientes, dio contratos a empresas afines... Pero da igual. “Me voy, yo ya no soy nada”, ha dicho. Y, en el sentido político, es cierto. No es nada, aunque durante cuatro años ha sido más un cartel que una regidora eficaz.

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    Manuela Carmena, el día de su despedida como alcaldesa de Madrid. /EFE
    Manuela Carmena, el día de su despedida como alcaldesa de Madrid. /EFE

    Todos nos echamos unas risas, creo, a la muerte del tiránico líder comunista Kim Jong-il, con los vídeos que nos llegaban de una ciudadanía llorando a lágrima viva, con unas contorsiones histéricas y unos aspavientos ridículos, en una competición de la que nos temíamos lo peor para quien la perdiera. Y, sí, es algo afortunadamente remoto, pero la ideología que sustenta todo ese teatrillo viene de Occidente y sigue muy viva entre nosotros, como demuestra la marcha de Manuela Carmena.

    La izquierda, por la que quizá haya dejado entrever que no tengo demasiada simpatía, tiene, sin embargo, mi rendida admiración en muchos aspectos. Por ejemplo, pese a que abominan en teoría del mundo empresarial, son infinitamente mejores vendedores que la derecha.

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    Hacen, especialmente, dos cosas que son verdaderas hazañas de la propaganda, triples saltos mortales del marketing político: el culto a la personalidad y la sustitución del discurso racional, tan peligroso, por el emocional, que dominan. El caso de Manuela Carmena, la alcaldesa saliente de Madrid, es un caso paradigmático de ambas estrategias.

    Una gestora mediocre tirando a desastrosa, una comunista de toda la vida, sectaria hasta el paroxismo, una mujer arrogante que no soporta la crítica ni la contradicción

    Carmena, que siente que se le ha arrebatado la alcaldía por un oscuro contubernio del fascismo, ha anunciado que renuncia a su acta de concejal, porque si no va a mandar no juega. «No voy a hacer declaraciones, queridos amigos, yo aquí ya no soy nadie. Hoy aquí renuncio», ha declarado a los medios. Y aunque cualquiera podría verse tentado a ver en esto un pataleo soberbio e infantil, indigno de una persona adulta, yo quiero romper una lanza por Carmena y defender su postura.

     

    Carmena solo podía ser alcaldesa. No tiene ningún sentido que sea concejala, no pinta nada como concejala, apenas aportaría nada como concejala. ¿Quién es, fríamente considerada, Manuela Carmena? Nadie. Una gestora mediocre tirando a desastrosa, una comunista de toda la vida, sectaria hasta el paroxismo, una mujer arrogante que no soporta la crítica ni la contradicción.

    Pero es que Carmena no era Carmena; Manuela era la ‘abuela de Madrid’, esa abuela de corazón de oro que hace magdalenas porque es entrañable y popular, por lo mismo que va en metro ‘como una más’, pero es también sabia e inspirada, protectora con esos nietos postizos que somos todos los madrileños y madrileñas. Una podía dormir tranquila sabiendo que Carmena estaba ahí, en el imponente Palacio de Correos reconvertido en sede del consistorio municipal, velando por todos nosotros.

    Y por eso la marcha de Carmena no la plantean los suyos -y sus aliados- como una de esas cosas normales que pasan en democracia, algo que debería ser normal y previsible en cualquier cargo electo, ni tampoco con pena por la pérdida de una buena gestora, con el oportuno despliegue de medidas aprobadas en su gestión.

    No, en absoluto. No ha sido una normal sucesión sin traumas, sino una desgracia, una pérdida insondable, una traición, una tragedia. Una muestra de Twitter, escrita no por cualquiera, sino por una periodista cuyo nombre, por pudor, dejaré en el anonimato: “El liderazgo emocional que ha ejercido Manuela Carmena ha dejado un legado en el corazón de los madrileños que no se borrará con la anulación de Madrid Central o cualquier otro giro a sus políticas. Pocos políticos son capaces de dejar una huella en el corazón. Eso no se soterra”.

    Carmena había traído la democracia a Madrid. Como lo oyen: hasta su llegada, no teníamos ni noción de lo que era eso. Y ese mito lo cultivó con mucho mayor esmero que el que dedicó a la gestión del ayuntamiento

    Otro: “Hace unos años la ultraderecha asesinó a los compañeros de la ahora alcaldesa Carmena. Ha pasado tiempo, y esa misma ultraderecha va a desalojarla de la alcaldia con el apoyo de Ciudadanos….”. Veamos: Vox, que es solo el menor de los partidos coaligados, es, en sustancia, lo mismo que quienes perpetraron la matanza de Atocha en la primera transición (”esa MISMA ultraderecha”), y son ellos quien la “desalojan”, no quienes sencillamente ayudan a sumar votos para proponer a otro alcalde.

    ¿Ven lo que les digo? ‘Liderazgo emocional’. Lo importante en Carmena es que hacía magdalenas y esas cosas, y meterse con ella no era entregarse a la legítima crítica política, sino una ofensa rastrera contra nuestra común abuelita. Carmena había traído la democracia a Madrid. Como lo oyen: hasta su llegada, no teníamos ni noción de lo que era eso. Y ese mito lo cultivó con mucho mayor esmero que el que dedicó a la gestión del ayuntamiento.

    Carmena prometió bajarse el sueldo y se lo subió cuatro veces, colocó a amigos y parientes, dio contratos a empresas afines, adjudicó los fondos de ayudas con un criterio rígidamente sectario. Pero da igual. Como dijo de sí mismo Donald Trump en campaña, la abuelita podría haber ido por la Castellana disparando indiscriminadamente a los viandantes que sus partidarios, verdaderos arquitectos de su ridícula leyenda, encontrarían el modo de justificarlo o, al menos, acallarlo.

    Nada más conocerse los resultados organizaron manifestaciones ‘espontáneas’ para intentar forzar que se quedara, con ese desprecio por los votos tan típico de la izquierda cuando pierde. Y en su despedida ha hablado de “cuidar la democracia” como si solo la izquierda supiera cómo se hace eso, como si su derrota significara obviamente que la democracia está en peligro.

    “Me voy, yo ya no soy nada”, ha dicho. Y, en el sentido político, es cierto. No es nada, aunque durante cuatro años ha sido más un cartel y una imagen que una regidora eficaz. Del próximo -¿Almeida?- no espero mucho, porque los años me han reducido las ilusiones políticas al mínimo, pero me bastaría que no aspirase a cantarme nanas por las noches.

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