Santiago Abascal, presidente de Vox, ejerce su derecho al voto el 28 de abril de 2019. /EFE
Santiago Abascal, presidente de Vox, ejerce su derecho al voto el 28 de abril de 2019. /EFE

Todos somos en alguna medida hijos de nuestro tiempo. Sí, incluso los que tenemos la pretensión de oponernos al pensamiento dominante lo somos; hasta quienes, como creyentes, aspiramos a agarrarnos a una Verdad intemporal que nos salve de esa humillante esclavitud, como la llamaba Chesterton. Quizá no en lo que confesamos explícitamente, pero sí en lo que damos por supuesto.

Somos los hijos de la sociedad de consumo, de la satisfacción inmediata, con una preferencia temporal tan acentuada que asusta.

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En estas horas inmediatas al anuncio de los resultados electorales he venido oyendo tantas tonterías que, más que escribir una columna, me gustaría poner a los lloricas de cara a la pared para que se lo piensen bien antes de hablar.

A ver, ¿qué esperaban muchos de los ‘voxeros’ que veo lloriqueando por las esquinas? ¿Qué ganara Santiago Abascal por mayoría absoluta en las primeras generales a las que se enfrenta con alguna posibilidad de pisar el Congreso? Lo del pensamiento Disney, ¿no era un defecto de la izquierda?

Vox ha sacado 24 escaños. Ve tú con una máquina del tiempo y díselo a los ‘few, happy few, band of brothers‘ que se reunían en casa de alguno de ellos después de las elecciones inmediatamente anteriores: iban a agotar el champagne de varios Mercadonas. Y, por supuesto, no entenderían las caras largas.

Veinticuatro escaños. El partido universalmente demonizado, el partido imposible, el fascismo redivivo que nos iba a quitar el voto a las mujeres e iba a empezar a fusilar a los homosexuales, según la propaganda. En serio, chicos, este resultado es una maravilla, se mire como se mire, en este momento y con los bueyes que hay que arar. Dejad de ver Juego de Tronos, que os nubla el entendimiento.

Otra cosa: ¿qué no se entiende de “la larga marcha por las instituciones”? Imagino que “larga”, que eso de no tener lo que se quiere aquí y ya es cosa que frustra mucho a la generación de la autoestima y el “puedes conseguir lo que te propongas”. Si, digamos, Vox hubiera conseguido más votos que Ciudadanos y PP, creedme, íbamos a tener un problema serio. Liderarían, en el caso óptimo, una coalición fragilísima que se iba a llevar todas las bofetadas -entre otras, la de la recesión que ya asoma- y que probablemente no podría responder a los enormes retos.

Os lo tengo dicho: es la cultura, no la política. No se puede gobernar a contrapelo de la cultura, en contra de lo que ‘todo el mundo’ -todo el mundo que cuenta, para empezar- da por descontado a estas alturas. Antonio Gramsci, más listo que un ajo, elaboró toda una estrategia sobre esta idea y ha triunfado en toda la línea. Lo llamó, como digo arriba, ‘la larga marcha por las instituciones’, y, sí, es larga e ingrata, pero funciona.

Es decir, lo que hay que cambiar es la cultura, lo que se da por bueno y lo que se considera malo, con un guión que cuadre y atraiga. Eso, por supuesto, se puede hacer con más facilidad desde el poder, pero no se hace por decreto y contra todos los demás poderes. Se necesita paciencia, y de eso andamos justitos.

Una tontería mayor: la unidad de la derecha. Me he hartado de oír y leer que Vox es el culpable de que haya salido Sánchez, que ha roto ‘la unidad de la derecha’ y que esa ‘derecha’ hubiera obtenido mayoría absoluta si hubieran concurrido juntos Vox, PP y Ciudadanos.

¿Quién ha dicho que la prioridad absoluta es “echar a Sánchez”, cuando sabemos que la anterior era “echar a Zapatero” y, conseguido por el PP con mayoría absoluta, se dedicó a consagrar todas las leyes de Zapatero?

Ajá. Veo tanta contundencia en esas afirmaciones -a veces, en reproches de ácido sarcasmo: “estaréis contentos, votantes de Vox…”- que supongo que cualquiera de ellos podrá responderme a la más sencilla de las preguntas: ¿qué es “la derecha”? Si están tan seguros de que Vox ha roto su unidad, imagino que lo tendrán fácil para explicarme qué es, en qué consiste, cuáles son sus pilares básicos, los principios que la definen. Venga, espero.

Vale, yo también soy ‘moderna’ y tampoco estoy dispuesta a esperar: NADA. No hay nada que defina ese término, sino la posición relativa en un espectro cambiante. ¿Quién ha dicho que la prioridad absoluta es “echar a Sánchez”, cuando sabemos que la anterior era “echar a Zapatero” y, conseguido por el PP con mayoría absoluta, se dedicó a consagrar todas las leyes de Zapatero?

¿Alguien me puede mostrar en qué puntos importantes, de peso, indudables, está Ciudadanos más cerca de Vox que de el PSOE? Ellos mismos se definen de centro-izquierda, una definición que ha usado con frecuencia el PSOE.

La respuesta obvia es que no, Vox no ha roto ninguna supuesta unidad. Que una mayoría de sus votantes, incluso de los que no llegaron a votarles por un temor de última hora, no veía en el partido verde una formación que tuviera contento al Ibex (¿sería eso una definición aproximada de la derecha en la que están pensando?), sino que defendería principios que hasta ayer eran comunes a todos o casi todos los partidos y hoy son anatemas tanto para el PP como para Ciudadanos.

Venga, vamos todos a calmarnos y que cada uno cargue con sus propias culpas.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.