Cruda realidad / Bescansa tiene razón, ¡viejos a la hoguera!

    Ha dicho mi paisana Carolina Bescansa que si todo el electorado fuese menor de 45 años, "Iglesias sería presidente del gobierno desde el año pasado", y a una se le quedan ganas de responderle que si mi abuela tuviera bigote sería mi abuelo. Pero no lo haré, y no solo por las connotaciones transgénero de mi hipotética respuesta.

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    Carolina Bescansa / EFE

    La verdad es que a los gallegos nos ha caído la del pulpo por parte de las tropas podemitas, de las que, creo, se puede ya decir sin difamarlas que tienen mal perder.

    Desde que, después de que el anunciado ‘sorpasso’ al PSOE quedara en la pérdida de más de un millón de votos, Pablo Iglesias y sus cuates lo explicaron todo echándonos la culpa a los españoles, que no tenemos ni idea de votar, somos tontos, incultos, ignorantes, borregos, feos y bajitos, cada revés electoral se ha sustanciado poniéndonos a caldo a los votantes por unas cosas u otras.

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    Los robots morados de las redes sociales nos han puesto de vuelta y media a los gallegos, que si «fascistas», que si «me da asco y vergüenza pensar en la mayoría absoluta del PP en Galicia; sois subnormales», que si «los gallegos son tontos por votar a la derecha, putos viejos», que si «en Galicia solo hay vacas, fachas y narcos»….

    En fin, no me quiero cebar yo, dense una vuelta por Twitter y me cuentan.

    La técnica de responder a una derrota electoral insultando al votante es novedosa y, como ya conté comentando lo de la «cesta de deplorables» de Hillary, no demasiado inteligente.

    Pablo abrió hace ya bastante la veda llamando «gilipollas» a los millones de votantes del PP, lo que no hace precisamente probable que los aludidos sientan especial cariño por el tío de la coleta.

    Pero esta moda indica alarmantes tendencias en la izquierda radical española. Una de ellas es una especie de impaciencia con las formas democráticas, la legitimidad y la ley a la que, por otra parte, ya nos había acostumbrado el nacionalismo.

    La democracia -nos han inculcado machaconamente desde pequeñitos- es la suma de todo bien sin mezcla de mal alguno, y «democrático/a» es una palabra que a estos señores no se les cae nunca de la boca, de modo que no se atreven a decir todavía que a la porra las urnas, por lo que sueñan con quitar el voto solo a quienes les arrebatan la victoria.

    Como los viejos. O, en palabras de Bescansa, que tiene 45 años, los mayores de 45 años, si no los ‘viejos’ genéricos, sin precisar edad, contra los que arremetía en Twitter la podemita y periodista Rosa María Artal, de 67 años.

    Lo interesante de lo que ha dicho Bescansa es que tiene razón: sólo el 4,4% de los votantes de Podemos supera la edad de jubilación, y su apoyo mayoritario está entre los 20 y los 40.

    En casi cualquier otro momento de la historia, esto sería para lanzar las campanas al vuelo y echarse a dormir: ¡de 20 a 40, poblacion activa y futuro!

    Pablo Iglesias, líder de Podemos / EFE
    Pablo Iglesias, líder de Podemos / EFE

    Pero hay, al menos, varios problemas bastante serios que hacen que esta noticia tan positiva para Podemos lo sea bastante menos.

    En primer lugar, que si cuando yo era joven los jovenes éramos mayoría, ahora no es así. España empezó hace tiempo la cuesta abajo hacia el invierno demográfico, y ya tenemos una de las poblaciones más envejecidas del planeta. Los viejos, además, resisten, porque la esperanza de vida española es también una de las más altas, la más alta del mundo en el caso de las mujeres.

    Es más que posible que los veinteañeros que votan Podemos voten a Podemos precisamente porque son veinteañeros

    Bueno, en cualquier caso, algún día moriremos, ¿no?, y esos podemitas que ahora tienen entre 20 y 40 serán mayoría. De hecho, cada día que pasa mueren viejos y entran en el censo electoral nuevos jovenes. Los ‘viejos peperos’, desde luego, no van a aumentar, pero sí los jovenes radicales, ¿verdad?

    Probablemente, no. Es más que posible -mucho, mucho más que posible- que los veinteañeros que votan Podemos voten a Podemos precisamente porque son veinteañeros; es decir, me atrevo a postular que la razón principal por la que tantos de ellos se decantan por una fórmula demencial que en la historia solo ha producido opresión, sangre y miseria es su candidez y absoluta falta de experiencia.

    No solo quienes tienen 20, 30 o 40 han atravesado un sistema de enseñanza, visto películas, series y programas de televisión y oído canciones que alimentan en ellos una visión del mundo escandalosamente virada a la izquierda; es que, como puede verse consultando las estadísticas, una proporción asustante no sabe lo que es un empleo o, al menos, un empleo ‘serio’, ignora lo que es sacar adelante una familia, pagar impuestos y, en general, hacer frente a las ásperas responsabilidades de la vida real. No saben de primera mano cuánto cuesta producir las cosas y qué fácil es malgastarlas.

    Su compromiso con el bolivarismo de salón tiene, en muchos casos, fecha de caducidad

    Pero hay otras dos características que no se refieren tanto a esta coyuntura precisa sino a la juventud eterna, de siempre, que me llevan a pensar que su compromiso con el bolivarismo de salón tiene, en muchos casos al menos, fecha de caducidad.

    La primera es que cada generación siente el impulso de heredar el mundo de sus mayores, de arrebatarles el control y hacerlo a su manera, como sea pero de otra forma. Eso en Podemos han sabido vestirlo maravillosamente bien: la casta, dicen, el corrupto sistema que nos lleva gobernando toda la vida, eso es lo que hay que cambiar. ¿Qué joven con sangre en las venas no se apuntaría a eso, en abstracto, con independencia de medidas concretas?

    Por último, el joven, con una experiencia limitada de la naturaleza humana y una tendencia narcisista que todavía no ha sufrido la dura prueba de la realidad, es dado al planteamiento radical del maniqueísmo, el que divide el mundo en buenos y malos.

    La pregunta que yo me he hecho desde que estos chicos vinieron a ‘limpiar’ la política prometiendo pureza –a saber: ¿por qué demonios tengo que creeros?-, los jovenes no se la hacen.

    No ven en los políticos corruptos personas como ellos mismos, que hacen trampa como probablemente ellos mismos hayan hecho trampa alguna vez, solo que con cifras mayores, tan egoístas como ellos pero manejando un presupuesto mucho mayor. Ven una especie distinta, irremediablemente codiciosa y prepotente, que debe ser sustituida por los suyos, puros como azucenas.

    Lo único que me cabe esperar es que crezcan antes de que estos chicos vengan a enseñarles la lección del modo más doloroso.

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