Cruda realidad / El Cambio Climático: un cuento de invierno

    Sin profecías catastróficas es difícil conmover al personal para que acepte nuevas imposiciones y más impuestos, así que siempre acaban cayendo en lo concreto y cercano, con resultados invariablemente carcajeantes.

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    El día de Reyes, la nieve convirtió la AP-6 en una trampa / EFE.

    En días como estos, en lo más frío del frío invierno, me gusta recogerme con las primeras sombras junto al fuego rodeada de mis seres queridos para contar historias de terror, y la más popular en los últimos años es la del Cambio Climático.

    De todos los gestos pretendidamente aislacionistas de Donald Trump, pocos han provocado tal rasgado universal de vestiduras como el de retirar a su país, primera potencia, del Pacto de París sobre el Cambio Climático, y la razón es obvia: sin Estados Unidos, todos los acuerdos a los que pueda llegarse son papel mojado, al menos para los que sigan creyendo con fe a prueba de desmentidos en este divertido dogma de la modernidad.

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    Dejo claro aquí que el dogma no consiste en que el clima esté cambiando. Eso es algo que hace desde que se le conoce, y ni siquiera es extraño reconocer, mucho antes de que el ser humano dejara constancia de su presencia en el planeta, un patrón de variaciones y fases.

    No, el dogma incluye mucho más. Hay que creer que hay un aumento de las temperaturas medias del planeta que ha venido para quedarse, que este aumento se debe exclusiva o muy principalmente a la actividad industrial humana, que el efecto de este cambio tendría un saldo global desastroso y, muy importante, que puede detenerse o ralentizarse.

    Desde que apareció, primero con el nombre de Calentamiento Global -que hubo que cambiar porque el clima de aquellos años se encargó de dejar en ridículo el nombre-, ha tenido tres consecuencias que con el tiempo se han convertido en constantes.

    Los políticos se han lanzado sobre tan magnífica, apocalíptica y universal amenaza para multiplicar sus medidas de control sobre los ciudadanos y crear cientos de nuevos cargos

    La primera, natural, es que en seguida los políticos se han lanzado sobre tan magnífica, apocalíptica y universal amenaza para multiplicar sus medidas de control sobre los ciudadanos y crear cientos de nuevos cargos y prebendas para premiar a sus tropas y ganar lealtades.

    Esto tiene a menudo el carcajeante efecto de ver territorios diminutos -a efectos planetarios- disponer de su Oficina de Cambio Climático, con toda la parafernalia, presupuesto y sinecuras del poder.

    Si el planeta tuviera boca, sonreiría irónico.

    La segunda es la ‘trumpización’ del fenómeno. Con esto quiero decir que, siendo tan vago y misterioso, se le puede achacar cualquier mal que se produzca, por absurda que pueda parecer de primeras la relación.

    Así como a la perversa influencia del presidente norteamericano se ha culpado a todo tipo de fenómenos de los que nadie en su sano juicio podría responsabilizarse, lo mismo sucede con este mágico peligro planetario, de modo que el presidente de la República Francesa puede decir que el Cambio Climático es la causa del recrudecimiento del terrorismo sin que le dé la risa floja a sus oyentes, o puede servir para explicar los malos tratos, epidemias varias y, probablemente, que a usted le haya dejado su novia o que sus hijos traigan suspensos a casa.

    Basta que un comentarista experto diga que los niños pronto no conocerán el significado de la palabra «nieve» para que una ventisca fabulosa obligue a cancelar la conferencia de ese mismo experto

    Y, en tercer lugar, que todas las predicciones fallan. No me refiero a predicciones muy arriesgadas y extremas, sino incluso las más modestas. Basta que un comentarista experto diga que los niños pronto no conocerán el significado de la palabra «nieve» para que una ventisca fabulosa obligue a cancelar la conferencia de ese mismo experto.

    A veces parece de brujería, como si el burlón Espíritu del Clima estuviera con oído atento a la espera de nuevas profecías para hacer exactamente lo contrario, y en seguida.

    Las doradas dunas colindantes con la ciudad de Aïn Séfra (provincia de Naama, norte de Argelia) se tiñeron de blanco el pasado domingo después de que una atípica tormenta de nieve cayera sobre la zona.

    Si dicen que están desapareciendo los osos polares, los osos polares se multiplican; si la Antártida se está quedando sin hielo, los hielos antárticos dejan atrapado al barco que iba a probar su desaparición. Hasta en lo menudo, que alguna conferencia del ínclito Al Gore se ha visto obligada a clausurarse por el frío.

    Sabedores de este ridículo, los apóstoles tratan de reprimirse, han cambiado, como dije, el nombre del fenómeno para que nada de lo que suceda pueda contradecirles y procuran mantenerse vagos y remotos en sus predicciones.

    Pero sin profecías catastróficas es difícil conmover al personal para que acepte nuevas imposiciones y más impuestos, así que siempre acaban cayendo en lo concreto y cercano, con resultados invariablemente carcajeantes.

    Para los países del Tercer Mundo, los que están ahora en la fase en la que estuvimos nosotros décadas atrás y que nos trajo nuestra presente abundancia, solo entran en el juego a condición de que sean los más ricos los que dejen de producir y les den a ellos una codiciada ventaja, lo que ha convertido el Pacto de París y sus sucesivas ‘cumbres’ en un mercadillo de cambalaches sin cuento, además de una ocasión para que un ejército de funcionarios internacionales vean mundo con gastos pagados.

    Trump, ese payaso inculto y débil mental (últimas noticias), sabe todo eso, como, en realidad, lo saben todos los que están en este enjuague cósmico. La diferencia es que el magnate neoyorquino ha tenido el valor de actuar y salir de esta charada, sabiendo que el clima seguirá adelante, dispuesto a cambiar como suele, con o sin el auxilio americano.

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