Manuela Carmena, durante la misa de la festividad de la Virgen de la Almudena, patrona de Madrid.
Manuela Carmena, durante la misa de la festividad de la Virgen de la Almudena, patrona de Madrid.

La decisión del equipo de gobierno de Carmena de hacer de algunas de las calles más transitadas de Madrid vías de sentido único para los peatones es tan absurda, disparatada y totalitaria que ha provocado un sinfín de airadas protestas y comentarios irónicos en los que, me temo, se diluye el objetivo principal de esta y otras medidas.

La meta es, al fin, a medias metafórica y a medias psicológica. En cuanto a lo primero, no creo que sea difícil interpretar qué se pretende haciéndonos avanzar a todos en una misma dirección, ¿verdad?

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En cuanto a lo segundo, es algo más sutil pero no mucho más complicado, y consiste en quebrar nuestra resistencia, aborregarnos, ir haciéndonos a la arbitrariedad del poder.

Quienes se quejan de que la medida no tiene utilidad que no quede muy por debajo de su coste e incomodidades no entienden que eso no es fruto de la estupidez o el despiste, sino que forma parte esencial del plan.

Porque obligar a lo absurdo es un modo de humillar al ciudadano, de hacerle sentir en manos del poder y a merced de su capricho.

Quien obedece a una ley razonable, por más que lo haga por temor al castigo, siempre salva su dignidad pensando que, al fin, cumple lo que es justo y beneficia a la mayoría; pero acatar lo que no tiene pies ni cabezas es envilecedor y, a la larga, nos prepara mejor para toda suerte de imposiciones totalitarias.

Es siempre la misma ofensa  constante contra los cristianos, con el dinero de los madrileños

La meta final es imponer un programa basado en los sueños sesentayochistas, en una izquierda radical y trasnochada, paternalista y agobiante, que desarraigue toda lealtad rival y toda costumbre que pueda eclipsar su poder omnímodo.

Central en este programa es, naturalmente, un aborrecimiento atávico e imposible de disimular hacia cualquier manifestación de religiosidad.

Así, la sede misma del Ayuntamiento lo será también de una muestra que se alargará hasta el 28 de enero en la que se muestran vídeos parodiando una procesión, la filmación de una ‘performance’ el Viernes Santo de hace diez años.

No pueden parar. No tiene nada que ver con la libertad de expresión ni con un legítimo derecho a disentir. Es siempre lo mismo, la misma ofensa constante, con el dinero de los madrileños.

Jamás se salen del guión, no verán expuestas y patrocinadas, en un alarde de apoyo a la verdadera disidencia y a la auténtica contracultura, una sola insinuación contra sus dogmas sagrados, ni una sombra.

Son siempre los cristianos los motivos de burla sin pausa, una vejación que les debe resultar especialmente deliciosa sabiendo que esos mismos cristianos también tienen que pagarla con sus impuestos.

“No quiero que Carmena me quiera tanto, de verdad. No pretendo que venga a arroparme por las noches ni me organice el ocio, ni me enseñe lo que me tiene que gustar”

No quiero que Carmena me quiera tanto, de verdad.

No pretendo que venga a arroparme por las noches ni me organice el ocio, ni me enseñe lo que me tiene que gustar ni me meta por las narices titiriteros, ‘performances’, carteles, campañas de concienciación, nuevos nombres para las calles y, en general, es continua labor de propaganda soviética en la que parece consistir íntegramente su labor de gobierno.

Me bastaría, en fin, que mantuviera limpias las calles y a punto los servicios necesarios.

Pero, claro, para eso tendrían que hartarse también muchos otros madrileños y recordar, cuando toque votar, no solo los peligros de llevar al consistorio un equipo sectario hasta la náusea, sino también partidos traidores capaces de colocárnoslos de nuevo por un plato de lentejas.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.