Cataluña es un enorme laboratorio y el procés -no este cortito de Puigdemont, sino el que dura desde hace casi cuatro décadas-, un experimento grandioso.

Podemos pensar que es único, que es anómalo, pero solo porque nos es difícil vernos desde fuera y comprobar que, en mayor o menor medida, todos estamos sometidos a algo similar, solo que de otro signo.

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Desde hace ya generaciones, solo la izquierda -en un sentido muy amplio, que no se refiere ya a la emancipación del proletariado; llámenlo, si prefieren, progresismo tiene claro lo que quiere, se atreve, propone, aplica, hace.

Lo que tiene enfrente -que da grima llamar ‘derecha’- se limita a patéticas y débiles objeciones, súplicas medrosas para que no se destruya tan deprisa la civilización que nos ha creado

Lo que tiene enfrente -que da grima llamar ‘derecha’- se limita a patéticas y débiles objeciones, casi súplicas medrosas para que no se destruya tan deprisa la civilización que nos ha creado.

Desde fuera, el nacionalismo catalán con toda su mitología antihistórica, su victimismo de ricos, su supremacismo apenas velado y sus cuentas de la lechera, nos hace sentir superiores.

Nos asombra la historia que se han inventado, nos deja estupefactos que una sociedad tan próspera y libre consiga verse esquilmada y oprimida, nos provoca risa amarga que se haya convencidos de que son tan otra cosa que nosotros, nos conmueve esa ingenuidad en gente a menudo listísima de creer que todo en la República Catalana va a salir bien y nada va a ser como en el resto del mundo.

El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont
El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont / EFE

Pero nosotros estamos igual, y lo único que nos hace reconocer el sectarismo hipnotizado en este caso es que, en muchos aspectos, va a contrapelo del nuestro, de la docena larga de mitos se han convertido en el pensamiento por defecto de nuestra sociedad.

La derechita, que solo quiere administrar y figurar, es presentista y quiere quedarse con la Hacienda y el orden público y esas carteras que, cree, son desde las que de verdad se gobierna.

Pero la izquierda busca algo más ambicioso, quiere gobernar en el sentido más amplio de la palabra, perpetuarse, cambiar el mundo, y por eso ambiciona Educación y Cultura.

¿Qué más da quién ocupe de derecho el cargo ejecutivo más alto, si lo hará con las premisas que la progresía ha decidido, sobre un pueblo al que ha enseñado qué es bueno y qué es malo, y un ejército de voluntarios indoctrinadores?

El caso catalán es un espejo del Callejón del Gato; deformado, sigue sin embargo reflejando el mismo caso, el mismo triunfo de la enseñanza, la propaganda disfrazada, la repetición.

Hemos hecho unas risas a costa de que Carles Puigdemont siga insistiendo en que Cataluña -a diferencia de España o, en realidad, cualquier otro lugar real- es “un sol poble”, un solo pueblo con una sola voluntad redentora, cuando el partido más votado es el que más claramente se ha opuesto al proyecto secesionista y los números apuntan a una sociedad dramáticamente partida en dos, irreconciliable casi en mitades perfectas.

Una pensaría que, con los datos a la vista, dejarían de decirlo, reconocerían la quiebra y la tragedia de una sociedad enfrentada a sí misma.

Pero no. Insisten. Han ganado, y en las palabras de Carles Puigdemont comentando los resultados de las urnas él es el vencedor y Ciudadanos no existe. Es como oír a alguien describiendo minuciosamente el rostro de Pancho Villa sin citar que tiene bigote.

Manifestantes lucen la estelada durante una protesta contra el terrorismo/Archivo.

Es un guiño a los suyos, una contradicción que se resuelve con lo que todos ellos piensan pero ningún político u opinador de los suyos puede decir con todas las letras: Somos un solo pueblo porque esa mitad de Cataluña no son verdaderos catalanes.

Esto tan terrible, que en el debate político y mediático se elide y disimula, se hace más claro y evidente en las redes sociales.

Algunos cometnarios aparecen en las redes sociales llamando colonos a quienes no han votado independentismo.
Algunos comentarios que han aparecido en las redes sociales llamando colonos a quienes no han votado independentismo.

“Inadaptados” y “colonos” son dos etiquetas frecuentes para estos ‘españoles’ que viven en Cataluña, quizá desde varias generaciones.

Lean algunos tuits reales, para entender a qué me refiero (traduzco):

“A mí me ha quedado clara una cosa: en CAT viven dos clases de personas: Catalanes con lo que eso implica, y Colonos que se llaman a sí mismos Catalanes con lo que eso TAMBIÉN implica”.

“En Cataluña hay más colonos que Catalanes (sic). Y los colonos no quieren ver la tomadura de pelo Española (sic)”“No son catalanes, son colonos. Es su mentalidad. Piénsalo”.

“No son catalanes, son colonos. También llamados charnegos”.

“1.100.000 colonos españolistas, no catalanes… No te equivoques. ¡Hola, República!”
“La Arrimadas es la reina de los inadaptados”.

Si usted no ha sustituido mentalmente “catalanes” por “alemanes” y “colonos” por “judíos” en estas frases, temo por sus reflejos

Si usted, lector, no ha sustituido mentalmente “catalanes” por “alemanes” y “colonos” por “judíos” en estas frases, temo por sus reflejos.

Pero precisamente porque el supremacismo es el mal, esta mentalidad generalizada (en absoluto universal y casi siempre inconsciente) representa un homenaje al poder de la propaganda cuando se ejerce coordinadamente desde la enseñanza, la cultura, los medios y la propia Administración.

Y es también lo que nos permite darnos cuenta desde fuera y pensar que ‘nosotros’ estamos libres de ese sectarismo.

Y eso sería, realmente, una oportunidad de oro perdida.

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