Cruda realidad / Cataluña, siempre en vísperas

    Lo que estamos viendo no es exactamente a gente que opina que sería mejor para Cataluña constituir un Estado propio; lo que estamos viendo es un episodio de locura colectiva que pasará a la historia de la psiquiatría.

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    Un joven lleva una bandera independentista de Cataluña, durante un acto de protesta celebrado este lunes a las puertas de la prisión alemana donde está detenido el expresidente Carles Puigdemont, a la espera de que se cumplan los trámites de la extradición a España. / EFE
    Un joven lleva una bandera independentista de Cataluña. / EFE

    Las dos ‘patas’ paralegales del separatismo catalán -la Assemblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium-  nos preparan un comienzo de curso calentito, con la Diada y esa otra fiesta que inventaron hará ahora un año, el 1-O, la República de los Ocho Segundos, con sus ‘mártires’ y sus leyendas de “violencia del Estado” el “juicio de la vergüenza” contra los líderes independentistas en prisión y en el extranjero.

    En declaraciones a Catalunya Ràdio, la presidenta de la ANC, Elisenda Paluzie, y el vicepresidente de Òmnium, Marcel Mauri, han concretado el calendario de movilizaciones, en el que también prevén acciones el 20 de septiembre, cuando se registró la conselleria de Economía, el 3 de octubre, primer aniversario del ‘paro de país’, y el 27-O, coincidiendo con la declaración unilateral de independencia en el Parlament.

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    La situación es bastante surrealista, porque nada es verdad y nadie la dice. Los ‘indepes’ hacen como si la ‘republiqueta’ fuera de verdad, cuando es obvio que no lo es; Torra hace como que toda Catalunya anhela la independencia, cuando la proporción real es de un 47%; y el Gobierno de Sánchez, títere al fin cuyos hilos pueden cortar los nacionalistas en cualquier momento, hace como que Torra no está diciendo lo que dice a todas horas, casi con evidente sadismo.

    Porque lo de Torra no diré que es de juzgado de guardia porque no quiero líos, pero lo parece. Está preparando a la vista de todos un ‘Gobierno en el exilio’ que quiere listo antes de la fecha mágica, poniendo al frente del mismo -del Consell de la República- a Carles Puigdemont desde Waterloo, que también tiene guasa el sitio que se ha buscado.

    «En estos momentos los catalanes somos vistos desde fuera, más que nunca, con mucha atención por nuestra lucha y defensa de los derechos civiles», ha declarado en entrevista a la revista ‘El Temps’, donde ha dejado claro que «no vamos a renunciar a nada, ni a ninguna vía para hacer efectiva la República».

    Mientras, Sánchez hace un vídeo de propaganda que avergonzaría a Kim Jung-un sobre lo maravillosamente que lo está haciendo. Habla, incluso, de «la gran transformación que España necesita hasta 2030», porque por lo visto el hombre va a nombrarse por decreto líder vitalicio o algo, aunque a este ritmo para 2030 de España no van a quedar ni las raspas.

    Ponen un empeño en el asunto que cualquiera diría que no tienen un autogobierno que es la envidia de cualquier región europea

    Pero volvamos a Cataluña.

    Aunque les cueste creerlo, yo simpatizo con muchos independentistas catalanes. Creo, claro, que se equivocan, pero al fin es un riesgo que corremos todos los seres humanos. Pero lo que estamos viendo no es exactamente a gente que opina que sería mejor para Cataluña constituir un Estado propio; lo que estamos viendo es un episodio de locura colectiva que pasará a la historia de la psiquiatría.

    Estamos asistiendo a grupos que abiertamente, en pleno siglo XXI (perdón por la expresión) y con el aplauso de las fuerzas más progresistas del país, hablan de «la raza catalana», hacen retrospectivamente catalanes a todos los personajes históricos que les apetezca, dicen verdaderas barbaridades sobre la maldad o estupidez intrínsica de los habitantes de Cataluña procedentes de otras zonas de España y se expresan, en fin, de una forma que merecería la condenación universal si no nos hubiésemos vuelto todos locos.

    Ponen un empeño en el asunto que cualquiera diría que no tienen un autogobierno que es la envidia de cualquier región europea, que no votan y viven en la libertad y prosperidad de una democracia occidental avanzada y que no están contradiciendo su supuesta opresión llamando cada día opresor al gobierno que, como cualquier otra autonomía española, han contribuido a formar.

    Han inventado un mito disparatado, y en esto concedo que no son en absoluto los primeros, pero quizá sean de los que más lejos están llegando en su mantenimiento. Uno de los pilares implícitos de su nacionalismo, la superioridad en riqueza y desarrollo con respecto a otras partes de España, lo están sacrificando alegremente prefiriendo que huyan las empresas, perder su principal mercado con diferencia o renunciar al euro con tal de llegar a una Itaca que no puede sino decepcionarles.

    Porque ese es el punto esencial, el que más me preocupa, a la larga: que su anhelo no puede satisfacerse. Los habitantes de países independientes no saltan de alegría por las mañanas cuando suena al despertador pensando: «¡Qué dicha, vivo en un país independiente!». Aunque la Cataluña ‘nou estat d’Europa’ se convirtiera en Suiza o Singapur -lo que estimo altamente improbable, pero no es la cuestión-, no dejaría de ser un país más, no Jauja ni el paraíso terrenal. La gente en Suiza no es especialmente feliz ni el ser helvético llena todos sus anhelos vitales; también hay suicidios en Singapur.

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