HIllary Clinton y Donald Trump
HIllary Clinton y Donald Trump / Actuall

El otro día escribiendo sobre esa divertida ficción de Tabarnia, cierta desazón, un mal presentimiento, una sorda angustia no dejaba de rondarme la cabeza: la idea de que se estaba combatiendo un mal, no con un bien, sino con el mal contrario.

Peor: tenía la extraña sensación de que toda esta gigantesca e ingeniosa broma escondía algo falso y sibilino, que de algún modo le estaba haciendo el caldo gordo a una facción mucho más peligrosa y dañina que los separatistas.

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Para el común, para el español normal que se indigna y se enciende con el asunto catalán, la solución es España.

Entiende que la gran catástrofe que han alimentado por ambición e irresponsabilidad todos los inquilinos de la Moncloa ha sido dejar que los nacionalistas convenzan a varias generaciones de catalanes no solo de que no son españoles, sino de que España es el enemigo, el ocupante, el invasor.

Pero no es así como el adalid del bando antinacionalista está vendiendo su discurso. Albert Rivera confiesa que su esperanza es que sus hijos puedan decir que son ciudadanos de los Estados Unidos de Europa.

Que el mal, en definitiva, no es haber hecho del amor a la tierra propia raíz de odio hacia España, hacerlo incompatible con la pertenencia a algo mayor y consolidado a lo largo de una larga historia, no: el mal es, para ellos, ese mismo amor a lo propio.

Todo ese resquemor informe, sin argumentar aún, ha encontrado su expresión en un artículo de Iñaki Gil en El Mundo, ‘Fractura emocional y fracaso político’.

Lo he leído y he entendido qué era lo que me estaba agobiando sin poder señalarlo con palabras.

“Los cosmopolitas son una exigua minoría, los del terruño somos la abrumadora mayoría”

Recurre Gil a una división prestada entre ‘gente de cualquier parte’ y ‘gente de alguna parte’, dando a entender, sin decirlo expresamente, que el problema son (somos) los segundos.

“Los primeros son cosmopolitas, liberales, socialmente móviles y con mejor nivel educativo“, escribe.

“Los segundos tienen raíces firmes, son conservadores (de derechas o de izquierdas) y una educación menos sofisticada. Los que se sienten ciudadanos y el poble catalá”.

La dicotomía, siendo absolutamente real, es completamente tramposa.

Sí, hay una ‘tribu’ que no se siente especialmente vinculada a ninguna parte, que ve las fronteras como irritantes obstáculos y las culturas nacionales como estantes de un gigantesco supermercado del que pueden surtirse según la propia elección.

Son, además, los que mandan, los que cuentan con los medios políticos y financieros para imponer su visión a todos los demás.

Lo que tiene de tramposo es doble. En primer lugar, la equiparación da a entender que son dos colectivos aproximadamente equivalentes, cuando en realidad los primeros, los cosmopolitas, son una exigua fracción, una diminuta excepción, mientras que los segundos son la norma, la abrumadora mayoría de la humanidad.

En segundo lugar, los primeros son muy convenientes, sin duda. Esa tribu multinacional y nómada conecta países, fertiliza sociedades, promueve el intercambio, innova, enriquece.

Pero los segundos son necesarios. Los que se mueven entre París, Nueva York, Madrid y Singapur dinamizan y hacen prósperas nuestras sociedades; pero sin los que se quedan no hay París, Nueva York, Madrid o Singapur.

Una sociedad son muchas familias vinculadas a una tierra y comprometidas con ella y con los otros. Así se forman las sociedades, con la lentitud de los campos sembrados.

Y está muy bien que existan quienes no están arraigados en ellas y pueden llevar lo que brilla aquí a allá donde se necesita.

Pero para que tengan algo que llevar, para que pueda haber intercambio entre culturas y sociedades, antes tienen que existir culturas y sociedades, y eso lo hacen los que se quedan y aman lo propio.

Gil pinta el panorama como si los nómadas fueran el bando débil y los asentados fueran el bando fuerte, y aunque el paisaje pueda estar cambiando tímidamente, por ahora es exactamente al revés.

Escribe Gil: “Enfrentarse a ese populismo con las viejas armas argumentales es como la carga de la caballería polaca frente a los panzers nazis. Hillary Clinton frente a Trump, los británicos partidarios de permanecer en la UE frente al Brexit. O esta floja campaña del PP. Todas perdedoras. Todas olían a tecnocracia, a establishment, a argumentario de consultor”.

Es emocionante ese retrato del noble perdedor, pero más falso que un euro de madera.

¿Hillary frente a Trump? Gil, como periodista, sabe que la batalla estaba, a ojos de todos los expertos, ganada de antemano por Hillary y que la victoria de Trump fue el prodigio incomprensible, el que todavía hoy sigue generando explicaciones a menudo incompatibles.

Otro tanto para el ‘Brexit’, no me parece honesto por parte de un avezado redactor fingir que fueron triunfos inevitables cuando toda la prensa los dio como derrotas inesperadas.

De hecho, no puede dar más ejemplos que esos dos. La inmigración masiva ha sido decisión de las ‘personas de cualquier parte’, como la victoria de Macron o Merkel o el castigo a Polonia.

Gil escribe en un gran diario que, como todos los grandes diarios, es vocero de la causa globalista, de los ‘ciudadanos de cualquier parte’, y por eso adopta su punto de vista y termina recomendando los medios para derrotar a los ‘ciudadanos de alguna parte’:

Hay que rebatir el discurso viejuno, excluyente y sectario de los populistas. Como hizo Emmanuel Macron frente a Marine Le Pen. ¿Un Estado catalán independiente? No, Europa. ¿Una república de bolsillo? No, España. ¿Una Cataluña auténtica donde el español es sólo «la lengua oficial del Estado»? No, la Cataluña que habla en catalán y en español”.

“Ignorar que el hombre es tribal y territorial es como ignorar el instinto sexual”

Ignorar que el hombre es tribal y territorial es como ignorar el instinto sexual o los incentivos económicos, una receta perfecta para el más absoluto fracaso.

El miembro de la élite que es de cualquier parte no puede mirar al pueblo y decirle: “Dejad de aferraros a lo vuestro, a vuestra gente, a vuestras costumbres, a vuestra tierra. Miradme a mí, que cojo lo mejor de cada una y estoy por encima de vosotros”.

Aunque solo sea porque, para prescindir de patria, hace falta ser bastante rico.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.