Instinto básico
Instinto básico / TriStar Pictures

En principio, debería estar feliz. Debería dar gracias a Dios cada día por haber nacido en una sociedad que da la vuelta a la costumbre musulmana, esa en la que el testimonio de una mujer vale la mitad que el de un hombre y la hija recibe la mitad de herencia que su hermano varón. Aquí, donde estoy, valgo, como poco el doble.

Estos días, por ejemplo, estamos a vueltas con la Ley de la Violencia de Género… pero no se dejen engañar por lo neutro de la etiqueta: se refieren a mí. Hay un día para concienciar a la sociedad de lo frecuentemente que se me maltrata, y aunque la publicidad, para alertarnos, se fija en los casos más extremos, en realidad basta que mi marido me mire el móvil u opine que estoy gorda para que pueda considerarme víctima de maltrato: compruébenlo.

Actuall depende del apoyo de lectores como tú para seguir defendiendo la cultura de la vida, la familia y las libertades.

Haz un donativo ahora

Si le tiro un plato a la cabeza y los vecinos llaman a la policía  se lo llevarán a él a comisaría aunque yo esté ilesa y él vaya sangrando y amoratado

Yo puedo controlar tranquilamente sus llamadas y recordarle que se está quedando calvo, y si alguna vez se nos va de las manos una discusión y le tiro un plato a la cabeza y los vecinos llaman a la policía -que vendrá más deprisa que si les llaman para un atraco, si saben lo que les conviene-, se lo llevarán a él a comisaría aunque yo esté ilesa y él vaya sangrando y amoratado.

En el trabajo puedo insinuarme con cualquiera, pero ¡ay! del compañero o jefe que ose decirme algo que un hábil abogado pueda interpretar como acoso.

No es que vayamos a llegar a los tribunales, porque la empresa se ocupará de pactar lo que sea conmigo para evitar la mala publicidad y una sentencia condenatoria casi garantizada.

Oh, sí, hay empresas que se resisten y jueces que no siempre sentencian a mi favor, pero si leen los periódicos se darán cuenta de que no compensa. Soy una víctima, por definición.

Gano 77 céntimos por cada euro que gana un compañero varón haciendo el mismo trabajo. No yo en concreto, entiéndanme. Las mujeres, en general. Y, como todo el mundo sabe, tengo que trabajar el doble para lograr la misma consideración, estoy harta de leerlo en todas partes.

No me cuadra por qué no aprovecha un empresario o empresaria para hacer el agosto con el sencillo truco de contratar solo mujeres: ¡empleados más baratos que hacen el doble de trabajo! Para que luego hablen de la mano invisible y digan que el mercado funciona.

Tampoco entiendo muy bien, con lo sensibilizada que está la sociedad y siendo ilegal la discriminación, por qué todas esas mujeres que hacen el mismo trabajo que un hombre -con doble esfuerzo, no lo olviden- ganando solo un 77% de lo que gana el otro no denuncian en masa o, al menos, van a las televisiones y los periódicos a contar su caso. Debe de ser esta mentalidad de víctima oprimida por el patriarcado que nos cohíbe.

Mis enfermedades son mucho más terribles e importantes que las de los varones, aunque duelan, molesten o maten igual.

El cáncer de mama y el de próstata tienen un índice de mortalidad e incidencia similares, pero el primero recibe hasta trescientas veces más fondos para investigación y tratamiento.

Tengo entendido que también hay un día del cáncer de próstata, y hasta un lacito, pero, ¿sabe usted cuándo es? ¿sabe de qué color es el lazo?

No, no le importa absolutamente a nadie, pero en el Día del Cáncer de Mama hasta los diarios tiñen de rosa sus manchetas y dedican páginas y páginas a recordarlo, y hasta se hacen carreras y eventos para recaudar fondos y todo el mundo que es alguien lleva el lazo en la solapa.

Puedo crear una empresa o un club o una sociedad solo de mujeres, y a todo el mundo le parecerá estupendamente. El consejo de redacción del Huffington Post norteamericano, por ejemplo, está compuesto exclusivamente por mujeres. ¿Algún problema? Ninguno, naturalmente, incluso recibe el orwelliano nombre de ‘diverso’.

Pero intente usted, miserable varón, hacer otro tanto. Intente crear un club exclusivamente masculino. De hecho, todos lo eran, ese era el sentido del original club británico: pasar un tiempo en compañía exclusivamente masculina. Y no, naturalmente, eso era inadmisible y hemos obligado a todos ellos a abrirse a las mujeres.

En la publicidad, en las series, en las novelas, en las películas, si sale un matrimonio, pueden apostar que ella es hábil, inteligente, sensible y segura mientras que él es un idiota y un bruto que no sabe poner una lavadora o arreglar un motor.

Es la combinación perfecta: somos las reinas, pero si algo sale mal, somos las víctimas.

A estas alturas quizá el lector se pregunte, si la situación es tan benigna para mi sexo, ¿por qué no cuento mis bendiciones y me callo, cruzando los dedos para que esta situación se eternice?

Separar a hombres y mujeres es imposible:  es la primera unión, la más elemental, infinitamente más antigua que todos los arreglos que han dado lugar al Estado

Y aquí es donde los arquitectos de nuestra civilización han calculado mal. Pueden favorecer a una raza sobre otra alegando que la primera ha estado oprimida, a un colectivo sobre el de más allá, a una nacionalidad, a una profesión, porque los miembros de esos grupos pueden, hasta cierto punto, hacer vida separada del resto.

Pero separar a hombres y mujeres es imposible. Es la primera unión, la más elemental, infinitamente más antigua que todos los arreglos que han dado lugar al Estado y a sus formas de gobierno. Los hombres son mi marido, mi padre, mi hijo, mi hermano.

Pero si no se les puede separar, sí se les puede enfrentar, y a eso es a lo que está jugando nuestra cultura, con espantosas consecuencias. Intentar separar a los sexos es como provocar una fisión en un átomo. Y en Hiroshima y Nagasaki no les gustó el resultado.

Comentarios

Comentarios

Compartir
Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.