Cruda realidad/ Colau, la islamofobia, la homofobia y el cuento del caballo que era ciervo

    ¿Entraría en los casos de 'islamofobia' previstos por Colau interrumpir los rezos de una mezquita a pecho descubierto y gritando que los musulmanes "morirán como en 1212"? No se molesten: la pregunta es retórica.

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    Ada Colau y el emperador Zhao Gao
    Ada Colau y el emperador Zhao Gao

    Decía C.S. Lewis que las sociedades humanas tienen una deplorable tendencia a acudir a las inundaciones con una manguera, es decir, a alarmar siempre con un problema cuando este apenas existe o no existe en absoluto, mientras olvida, niega o ningunea los verdaderamente acuciantes y reales.

    Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, está empeñada en incluir las manifestaciones de islamofobia como una nueva infracción en la Ordenanza de Convivencia en el espacio Publico, cuya reforma prevé tener aprobada en el plazo de un año.

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    Naturalmente, Colau no puede ir más allá porque es solo alcaldesa, pero pueden apostar su sueldo a que lo convertiría en delito si tuviera la oportunidad.

    Ahora, si algo caracteriza la islamofobia es su absoluta inocuidad y el hecho evidente de que no es muy abundante, por decir poco.

    Otra característica, que cualquiera con dos dedos de frente y cierto interés por el bien público consideraría un grave defecto, es que nadie sabe muy bien dónde empieza y dónde termina, cuándo es ofensiva para la fe de Mahoma una frase, un gesto, una actitud o una opinión.

    Pero es esta misma imprecisión, no diferente a la que afecta a la ‘homofobia’, la que entusiasma al poder.

    Los legisladores y juristas de antaño insistían machaconamente en que las leyes fueran precisas, de modo que el gobernado supiera bien a qué atenerse y viera así escasamente mermada su libertad.

    Islamofobia, homofobia… modernas formas de censura, que en realidad solo tienen por objeto acallar las críticas contra un grupo protegido y, sobre todo, dejar claro quiénes son los buenos y quiénes los malos

    Les explico. Imaginen que yo soy el poderoso y castigo con la pena de muerte al que penetre en mi territorio. Si trazo una línea en la arena dejando claro dónde empieza mi territorio, el común podrá deambular libre y tranquilamente tan cerca de la línea como desee, porque es clara y definida.

    Pero si yo doy la misma ley y defino mi territorio con un vago movimiento de la mano en el aire, la gente, temiendo el castigo, se alejará tanto como pueda, incapaz de saber si está o no pisando el terreno prohibido.

    Lo mismo sucede con esas modernas formas de censura, que en realidad solo tienen por objeto acallar las críticas contra un grupo protegido y, sobre todo, dejar claro quiénes son los buenos y quiénes los malos.

    Porque si de ‘alarma social’ se tratara, hay que decir que la islamofobia -el odio al musulmán- ha causado en Occidente exactamente cero víctimas, al menos mortales, mientras que la fobia en sentido contrario lleva ya un nutrido número de bajas en un tiempo relativamente breve.

    Por lo demás, si Colau se guiara por el prurito de proteger a grupos atacados por su fe, quizá haría mejor en fijarse en los cristianos, a los que se puede avasallar como hizo su correligionaria de la izquierda radical Rita Maestre sin que su ofensa se haya traducido en sanción alguna.

    ¿Entraría en los casos de ‘islamofobia’ previstos por Colau interrumpir los rezos de una mezquita a pecho descubierto y gritando que los musulmanes «morirán como en 1212»? No se molesten: la pregunta es retórica.

    Si usted piensa que nada de esto tiene sentido, que es demencial que lo primero que hagan los medios y las autoridades después de una masacre islamista sea preocuparse por brotes de islamofobia que nunca llegan, que parece un contradiós que acumulemos leyes para favorecer a minorías microscópicas a expensas de la abrumadora mayoría de la poblacion, que resulta alarmante que sea denunciable afirmar el equivalente biológico a 2 + 2 = 4, si todo esto les desconcierta, en estas mismas páginas ya hemos tenido ocasión de explicarle cómo conviene destruir todo criterio de verdad, y muy especialmente la referida al sexo, para que el poder pueda controlarnos sin interferencias.

    Pero hay una razón adicional, no ya para imponernos leyes absurdas, sino sobre todo para obligarnos a repetir consignas que sabemos falsas.

    El doctor británico Anthony Daniels, que suele escribir bajo el pseudónimo de Theodore Dalrymple, advirtió durante sus viajes al antiguo Bloque Comunista que la propaganda oficial no tenía como fin convencer. Era imposible convencer al que había hecho varias horas de cola para comprar un pan mohoso de que la producción de pan excedía con mucho la demanda. No, su misión era humillar.

    Cuando uno se ve obligado a repetir las mentiras del poder -para no acabar en los tribunales, pero también para no perder el empleo, o una subvención o no ser objeto de acoso y escraches-, se vuelve cómplice de esa mentira, se degrada, se envilece. Y un ciudadano envilecido no tiene fuerza moral para rebelarse.

    Que tengas que mirar a un cincuentón barbudo y asegurar que es una niña de 16 años porque él lo dice tiene ese efecto. Es como pronunciar una contraseña, lo que los chinos llaman «zhi lu wei ma», o «señala al ciervo, di caballo».

    Un ambicioso ministro chino apareció un día ante el emperador llevando de la brida un ciervo, y le dijo sonriente que había encontrado un caballo tan magnífico que inmediatamente había pensando en regalárselo al monarca

    Había en la corte del emperador, en la China de los Qin, un poderosísimo ministro, Zhao Gao, que, ante determinadas críticas del emperador a su gestión, temía perder su poder, con lo que decidió matar al Hijo del Cielo y poner a otro en el trono.

    Naturalmente, algo así solo podía salirle bien si contaba con la absoluta lealtad de los ministros de la corte; si su poder no era ya tan grande como él creía, sería su muerte entre espantosas torturas.

    Así que ideó un medio para poner a prueba la lealtad de los cortesanos. Apareció un día ante el emperador llevando de la brida un ciervo, y le dijo sonriente que había encontrado un caballo tan magnífico que inmediatamente había pensando en regalárselo al monarca.

    «Sin duda te han engañado, Zhao Gao. Esto no es ningún caballo, es claramente un ciervo», repuso el soberano. Pero Zhao Gao insistía en que era un caballo, un magnífico ejemplar, y que si el emperador no le creía a él, podía preguntar a los otros ministros. Entre estos, un grupo optó por el silencio, aterrados de contradecir al poderoso Zhao; otros alabaron la planta y hechura de aquel magnífico alazán, mientras que un tercer grupo se unió al emperador, asegurando que aquello, evidentemente, era un ciervo.

    En los días siguientes, con unas excusas o con otras, Zhao fue ejecutando a todos los ministros que habían dicho que el ciervo era un ciervo, junto con sus familias. Luego hizo lo propio con quienes habían callado, y cuando al fin solo quedaron quienes fingieron ver en el ciervo un caballo, llevo a cabo con éxito su magnicidio.

    El poder hace hoy eso. Las leyes de ideología de género o la alarma sobre la islamofobia o la negación de que la avalancha del Tercer Mundo esté creando muy serios problemas de convivencia son otros tantos ciervos que nos presentan como caballos. Y quienes quieren prosperar o una vida tranquila se ofrecen entusiastas como palafreneros.

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