Cruda realidad / Cuando el calentamiento se enfría

    ¿Oyen ese silencio? Es el de los evangelistas de la Cofradía del Cambio Climático de Estricta Observancia. ¿No han notado que se les oye poco últimamente? Y con un presidente que no cree en el negocio se van a quedar sin sus prebendas.

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    Imagen apocalíptica del fin del mundo
    Imagen apocalíptica del fin del mundo / Inside movies

    Se han pasado años acallando críticas, condenando a las tinieblas exteriores a los escépticos, organizando carísimas (y contaminantes) cumbres mundiales y, naturalmente, generando un sustancioso negocio de miles de millones y nutriendo las administraciones públicas de cargos sin mucho que hacer.

    ¿Alguien sabría decirme qué puede hacer el consejero de Cambio Climático de la Junta de Andalucía para impedir que el planeta se caliente, se enfríe o se quede más o menos como está?

    Algunas personas creen que La Sexta da información.

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    La inquisición climática se ha convertido en estos años en un verdadero grano en salva sea la parte, pero es innegable que han bajado el volumen. ¿Será porque los más osados -encabezados por Al Gore- han hecho demasiadas profecías que no se han cumplido?

    O quizá sea porque a lo largo de los ocho últimos meses las temperaturas terrestres se han enfriado 1,2 grados, una cifra récord.

    Frío récord este noviembre también en Rusia y el sur de Australia que hace pensar en que la tendencia va a continuar. No se me ocurre un epílogo más apropiado para esta histeria pseudocientífica.

    Estados Unidos ha elegido un presidente que no cree en el Cambio Climático, y ha cundido el pánico en la incontable legión de paniaguados

    Pero Estados Unidos -que es como decir «la comunidad internacional»- ha elegido a un presidente que no cree en el Cambio Climático, y ha cundido el pánico en la incontable legión de paniaguados.

    Trump se ha comprometido a revertir todas las normas y a atajar todos los fondos y subvenciones derivados de esta extraña fe, y eso ha levantado en armas a todos aquellos que se juegan los garbanzos con este montaje.

    Nos aproximamos al duelo al sol, la batalla final, la última y definitiva ofensiva. «El cambio climático puede estar avanzando tan deprisa que podría ser ya irreversible, dicen los científicos’.

    Así vocifera esa biblia del progresismo británico que es The Guardian, aunque no sé si el estamento que está detrás de este alarmismo advierte el corolario lógico de su argumento: si ya no hay marcha atrás para el cambio climático, si ya es demasiado tarde para evitarlo y se va a producir hagamos lo que hagamos, ¿para qué seguir gastando millones en ello? ¿Qué función cumplen los incontables departamentos, consejerías, agencias, observatorios y negociados que se ocupan del asunto?

    El primer objetivo a batir si Trump no ha dicho lo que ha dicho con la boca pequeña -y no creo que ‘boca pequeña’ sea una descripción adecuada para ningún aspecto del personaje- sería el Acuerdo de París, lo decidido en la última Cumbre del Clima, esas reuniones sociales en las que la élite mundial produce toneladas de CO2 para viajar a cientos a algún punto a desplegar su bondad.

    Hollande, el impopular presidente francés, ya ha dicho que el Acuerdo de París es, como dicen ahora del propio cambio climático, «irreversible». Dado que su propio cargo es no solo reversible, sino que va a ‘revertirse’ en breve, en las próximas presidenciales de principios de 2017, sus palabras son mero conjuro, pensamiento desiderativo: va a ser así porque quiero que lo sea.

    Concretamente, la política de Trump en este aspecto debería suponer denunciar el acuerdo, desmantelar o desactivar en la práctica la todopoderosa Agencia de Protección Medioambiental Specifically, y, en general, revisar una miriada de regulaciones mayores y menores que tienen la desacreditada teoría por excusa.

    Miren, si algo puede matar definitivamente la ciencia no es dedicarle pocas leyes y ayudas, sino legislarla

    La ‘visión convencional’ es que la victoria de Donald Trump es una derrota para la ciencia. Nuestra opinión es casi la diametralmente opuesta. No porque el presidente electo tenga un especial interés por ella, sino porque no tiene ninguno.

    Dicho de otro modo: no va a haber ‘ciencia oficial’, lo que es una verdadera bendición para la verdadera ciencia.

    Miren, si algo puede matar definitivamente la ciencia no es dedicarle pocas leyes y ayudas, sino legislarla. Las guerras de científicos usando la pesada mano del poder en su auxilio; los intentos de acallar disidentes -como la ley californiana que permite llevar a los tribunales a los ‘negacionistas’-; el abuso del sistema de ‘revisión colegial’ de estudios (peer review) y la insistencia en que «la ciencia ha hablado» y ya no hay más que decir es exactamente lo opuesto a todo lo que representa el espíritu científico, que prospera con la confrontación, con la duda, con la disidencia, con la continua revisión y la libertad de investigación más amplia posible.

    El grito de los progresistas en los años ochenta era «sacar al gobierno de los dormitorios». El resultado fue paradójico, porque lo han vuelto a meter en ellos. Pero todos, empezando por la Ciencia con mayúsculas, tenemos mucho que ganar sacando al gobierno de los laboratorios.

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