El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump /Efe
El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump /Efe

Ya podemos atrevernos a definir, en este caso, su principal e indiscutible logro: no ser Hillary Clinton.

No, en serio, no hay muchos otros si uno es votante o partidario del presidente norteamericano. Por el contrario, si se es del bando de quienes temían su mandato más que un nublado, el mérito de sus primeros cien días es este otro, de no menor peso: no ser, tampoco, Donald Trump.

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Ok, acaba de presentar un plan espectacular de recorte de impuestos a las empresas, un proyecto denominado con justicia de ‘histórico’ porque supone la mayor rebaja fiscal de toda la historia de Estados Unidos y que debería tener babeando a todos mis amigos liberales.

O no, porque nuestro liberal de cabecera, Juan Ramón Rallo, le ha puesto mala cara a la medida en El Confidencial (‘La infinanciable revolución tributaria de Trump’  ), quien concluye que solo servirá para disparar la deuda publica norteamericana, ya elefantiásica: “Mucho me temo que ésa —la ausencia de un amplio consenso social a favor de un potente adelgazamiento del Estado— será la piedra de toque que termine condenando al fracaso a esta envidiable revolución fiscal”, dice.

Donald Trump durante la campaña de elecciones en EEUU
Donald Trump durante la campaña de elecciones en EEUU / Wikipedia

En cualquier caso,

a) aún tiene que aprobarla el Congreso y, sobre todo,

b) dudo que nadie haya votado por el magnate inmobiliario fiado en su promesa de bajar los impuestos a las empresas, la única que ha cumplido hasta ahora pese a sus bravatas.

A Trump se le votó como adalid de uno de los dos bandos del espectro que ya no son izquierda y derecha, sino globalistas contra soberanistas

No, a Trump se le votó, quien lo hizo, porque se presentó como adalid de uno de los bandos en que hoy se divide realmente el espectro político, que no es ya izquierda y derecha, sino globalistas contra soberanistas.

Y no hay ni que decir que todos los poderes fácticos de este mundo, incluidos los partidos tradicionales, están en el bando globalista. Por eso se saludó con entusiasmo el mensaje nacionalista de Trump y su condición de personaje ajeno a la política al uso.

A Trump se le votó para que parara la inmigración ilegal que, pese a su nombre, no ha sido mal vista por ningún grupo político y secretamente deseada y estimulada por el Estado profundo.

Se le votó para que dejara de implicar al Ejército de Estados Unidos en guerras lejanas que no defendían intereses vitales nacionales ni se podían, en realidad, llamar ‘defensa’ salvo retorciendo el término hasta dejarlo irreconocible.

Se le votó para que redujera la absurda y peligrosa tensión con su viejo rival de la Guerra Fría, Rusia, que pone al mundo al borde del holocausto nuclear sin que haya ya un sentido de enfrentamiento ideológico que lo justifique.

Se le votó para garantizar las fronteras y salvaguardar el país del terrorismo islámico y, más en general, de la islamización larvada.

Velo islámico
Una mujer, vestida con el hijab / Creative Commons ©Artform Canada

Se le votó para acabar con la sangría a la clase media que supone la deslocalización de empresas y para que denunciara acuerdos comerciales globales que tienen, al menos a juicio de sus críticos, el mismo efecto.

Se le votó para que ‘drenara la ciénaga’ -su expresión-, es decir, y acabar con el poder omnímodo de un ‘Estado profundo’, un ‘gobierno permanente’, que decide la política al margen de la voluntad de los norteamericanos y la impone con independencia de quién sea el presidente electo en cada momento.

Se le votó, por terminar, para que pusiese fin a la censura muy real aunque no oficial de lo políticamente correcto, de la tribalización de la política y los privilegios públicos a grupos de víctimas autodesignadas.

No se le votó, me temo, para que redujese los impuestos a las empresas.

Y nada de esto lo ha cumplido, por mucho que vendiese desde el primer día la imagen de emprendedor hiperactivo, impaciente con los ritmos pausados de la administración pública.

En el margen de unas semanas chuleó a Rusia, ninguneó a China, bombardeó Siria, amenazó a Corea del Sur y usó Afganistan como campo de tiro para su bomba no nuclear más poderosa, la MOAB, después de haber anunciado un considerable aumento de los ya astronómicos gastos de defensa.

El presidente ruso, Vladimir Putin
El presidente ruso, Vladimir Putin / EFE

Le faltó tiempo para decirle a Putin que, lejos de acabar con las sanciones que mantiene contra Rusia, las aumentaría si no era un buen chico. La ‘ciénaga’ está más concurrida que nunca y, lejos de drenarla, ha reclutado en ella -Goldman Sachs- al grueso de su equipo de gobierno.

¿Prohibición de entrada a Estados Unidos de países ‘sensibles’ en relación al radicalismo islámico? Va a ser que no. ¿Reducción del número de refugiados procedentes de países islámicos? Las cifras ya están igualadas con el ‘peor’ momento de Obama.

Pero, sobre todo, parece que el Muro tendrá que esperar. Entiendo que los enemigos del soberanismo se regocijen, pero para los votantes de Trump esta fue la promesa emblemática, la más visual, la más repetida, la que más aplausos y vítores cosechaba en sus mítines de campaña, “un muro grande y hermoso”, la coronación icónica de su mandato.

El muro es Trump y Trump es el muro. Sin muro, me atrevo a pronosticar, las próximas legislativas serán una masacre para los republicanos

Trump fue aupado a la Casa Blanca para que construyese ese dichoso muro. Si no lo hace -y ya ha renunciado a incluirlo en el último paquete presupuestario, retrasándolo para un futuro indefinido que es sinónimo de “nunca“-, habrá que concluir que todo en Trump ha sido una farsa.

El muro entre EE UU y México divide ciudades como Nogales / Wikimedia
El muro entre EE UU y México divide ciudades como Nogales / Wikimedia

El muro es Trump y Trump es el muro. Sin muro, me atrevo a pronosticar, las próximas legislativas serán una masacre para los republicanos. Quizá crea estar ganando aliados entre sus viejos enemigos, pero eso es conocer poco este mundillo.

La prensa no le va a perdonar que llamara a los periodistas del régimen “los tipos más mentirosos que hay” por mucho que ahora les dé la razón en su planteamiento: le destrozarán, ya sin que sus bases entusiastas -y entusiastas del muro- vayan a alzarse en su defensa.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.