Cruda realidad / Donald Trump y los siete pecados capitales del periodista

    La derrota de Hillary no sólo ha sido la derrota de las elites, sino también de una forma de hacer periodismo. Han quedado en evidencia todos los medios que se dedicaron a apostar por el caballo perdedor… que era la señora Clinton y a echar porquería sobre Trump.

    0
    Portada The New Yorker
    Portada The New Yorker

    “Nadie podría haberlo imaginado»…»¿Cómo ha podido ocurrir?»

    Si usted, querido lector, sigue las noticias «por los cauces habituales», es decir, por las grandes cadenas de televisión y la prensa ‘de prestigio’, se habrá cansado de oír o leer variaciones de estas dos frases en las últimas horas.

    Algunas personas creen que La Sexta da información.

    Suscríbete a Actuall y así no caerás nunca en la tentación.

    Suscríbete ahora

    De hecho, si ha seguido la campaña electoral norteamericana por los medios convencionales y asentados, no es improbable que usted mismo las haya pronunciado o, al menos, pensado.

    Y, sin embargo, son mentira: la única razón por la que la victoria de Donald Trump ha sido «inesperada» es porque mis queridos colegas han hecho mal, muy mal, su trabajo.

    En la cacareada crisis de los medios, que esta servidora ha sufrido en carne propia, el malo suele ser Internet, y es evidente que el nuevo medio multiplica el número de ‘periodistas’ aficionados y elimina barreras para conocer aquello a lo que antes solo el profesional tenía acceso.

    Pero en esta ocasión no cuela culpar a Internet. Ni a nadie, fuera del propio lector. Los periodistas de prestigio han perdido el poco que le quedaba al fallar en su misión fundamental: ofrecer un espejo lo más fidedigno posible de lo que pasa.

    Es hora de que hagan -hagamos, pero en esto los medios digitales hemos sido algo más ágiles- un serio examen de conciencia si quieren recuperar algo de la credibilidad perdida, y que reconozcan que han cometido los Siete Pecados Capitales del mal periodista.

    Son éstos:

    1. Soberbia.

    El orgullo precede a la caída, reza el dicho, y la arrogancia de los periodistas de los grandes medios es monumental. Esa arrogancia les impide considerar que un ciudadano anónimo, escribiendo en un blog desde su casa, quizá tenga a veces algo interesante o novedoso o incisivo que decir, aunque carezca de un flamante título profesional y no se codee con los grandes de este mundo.

    Puede, por ejemplo, estar sencillamente más cerca de lo que pasa, o tratar de un asunto que se refiere a su especialidad o su profesión. La obsesión de los profesionales por no ‘mancharse’ con el contacto de estos ‘periodistas en pijama’ les ha llevado a veces, incluso, a contradecir activamente las versiones o interpretaciones más populares en la red. Ellos tienen que demostrar que saben mucho más que «la plebe».

    Por lo demás, codearse con políticos importantes, ídolos de la cultura, magnates, les hace moverse en un ambiente muy alejado de la calle, de la vida de la gente normal. Viven en una pecera, en una cámara de eco en la que todos tienden a tener ideas parecidas y gustos y modos de vida similares.

    Como escribía recientemente en Twitter un periodista de una prestigiosa publicación norteamericana, «de todos los colegas con los que he hablado últimamente, ni uno solo duda de que arrasará Hillary Clinton». Sí, bueno, pero es que no votaban solo periodistas.

    2. Envidia.

    Aquí hablo de envidia en el sentido teológico, no popular, como alegría del mal ajeno y tristeza de su bien. Es decir, partidismo. Un 96% de las donaciones electorales procedentes de los medios fueron para Hillary Clinton: no es extraño que las noticias estuvieran absolutamente sesgadas.

    El periodista ideologizado se convierte, así, en un activista especialmente peligroso, un propagandista embozado en su credibilidad. Pero su fin no es tanto contar lo que pasa como hacer que pase lo que quiere que pase.

    Solo un periódico, el Washington Post, tenía a no menos de veinte redactores destinados en exclusiva a buscar basura sobre Donald Trump

    Así, se exageran unas cosas, se distorsionan otras, se ocultan las de más allá. Solo un periódico, el Washington Post, en estos tiempos de reducciones drásticas de plantilla y redacciones escuálidas, tenía a no menos de veinte redactores dedicados en exclusiva a buscar basura sobre Donald Trump.

    Mientras, las escandalosas revelaciones que iba filtrando cada día Wikileaks sobre Clinton y su entorno se ninguneaban, se ocultaban, se minimizaban o, mucho peor, se explicaban como intentos de Rusia de manipular las elecciones norteamericanas.

    3. Ira.

    Nace de las otras dos, pero tiene vida independiente. Hay egos muy sensibles y de considerable tamaño en los escalones más altos de la profesión, y rivalidades de odios africanos. No es inusual la pieza cuyo leit motiv no es el análisis de una realidad interesante sino una mera venganza. Y en ocasiones se han destrozado vidas y pisoteado famas con este motivo.

    4. Avaricia.

    Pura y simplemente, el periodismo es una profesión. Sí, parece una perogrullada, pero a los informadores -que, al fin, somos los que contamos la historia- nos encanta engrandecernos y pintar lo nuestro como si cada redactor fuera un héroe indomable con la misión de desenmascarar a los poderosos.

    Miren, no. Tenemos que comer, y a determinados niveles trabajamos por lo justito, y más ahora. Pero un buen periodista, una estrella de la CNN o un columnista del Wall Street Journal, sí vive días de vino y rosas. Pero, claro, a condición de que se someta servilmente a la agenda de sus amos que, en todos los casos, no son periodistas y tienen unos intereses muy concretos a los que no siempre favorece la verdad desnuda.

    Segundo debate: Trump prepara la artillería contra Hillary
    Segundo debate: Trump prepara la artillería contra Hillary

    La avaricia no tiene por qué ser exclusivamente material. Suele pesar tanto o más ese estar «en el cogollito», el vértigo de ser saludado por tu nombre de pila y con una ancha y amistosa sonrisa por hombres poderosísimos.

    5. Pereza.

    La pereza es omnipresente en el periodismo actual. No tiene -ni, en el caso de los grandes, suele- que ser sinónimo de vagancia. Normalmente toma la forma de seguidismo, de repetir lo que todos dicen, de resistencia a pensar por cuenta propia o investigar en persona la veracidad de lo que todos repiten. Miedo a salirse del rebaño y ser señalado y sufrir el ostracismo profesional. Así, se mantienen viejos paradigmas, modelos manidos, esquemas obsoletos.

    Pero también, cuando uno se ha acostumbrado a pisar moqueta y que se le ponga inmediatamente al teléfono el político, el científico experto, el analista de renombre, es pereza de bajar a la calle, de comprobar personal y trabajosamente cómo son las cosas en realidad y no sobre un estudio o una estadística.

    Caricatura del Herald burlándose de Trump
    Caricatura del Herald burlándose de Trump

    6. Gula.

    Siguiendo con lo anterior, esa pereza convierte al periodista renombrado en un glotón de la información ‘ready-made’, de los gráficos, las tablas, las estadísticas y, en general, datos sin sangre ni vida.

    Las encuestas -de las que deberíamos hablar en otra ocasión-, se vuelven para nuestro hombre -o, cada vez más, mujer- en un sucedáneo de la realidad más apetecible y fácil de tragar, y lo consume sin moderación alguna.

    Lujuria: las amistades peligrosas: de tanto bailar con los poderosos el periodista acaba identificándose con esta casta que suele denominarse élite

    7. Lujuria.

    Es, creo, uno de los peligros del periodista más analizados por la doctrina: las amistades peligrosas. De tanto bailar con los poderosos, con gobernantes, empresarios, estrellas y eruditos, el periodista se acaba sintiendo uno de ellos e identificándose con esta casta que suele denominarse élite, y que son precisamente a quienes se pide que vigile y ponga coto especialmente con su labor.

    El periodista de alto nivel acaba, así, defendiendo como propios los intereses de la élite y adoptando en todo su visión de la realidad. Esto se ha visto muy especialmente en estas elecciones. La prensa asentada es un pilar fundamental de ese establishment que Trump parecía amenazar con sus candidatura; atacarlo no era ya responder a la orden de sus dueños o desarrollar una ideología, sino proteger el propio terreno.

    Comentarios

    Comentarios