Imagen de la firma del acuerdo de legislatura alcanzado por Partido Popular y Vox para el Gobierno de Andalucía /EFE
Imagen de la firma del acuerdo de legislatura alcanzado por Partido Popular y Vox para el Gobierno de Andalucía /EFE

Ya hay acuerdo. Al fin, PP y Vox han firmado un pacto de 37 puntos que permitirá a Juanma Moreno gobernar Andalucía, que en casi cuarenta años no ha conocido otro régimen -la palabra no es casual- que el socialista, logrando así mantenerse en la cola de cualquier factor de desarrollo que se quiera examinar.

¿Aleluya? Bueno, sí, en parte, en un sentido. Además de lo obvio -adiós, Susana, adiós- Vox les ha tenido a todos en vilo el tiempo suficiente para suscitar en medios y redes un acalorado debate sobre asuntos que habían caído desde hace años bajo un manto de silencio, como la inmigración ilegal o las leyes que discriminan por sexo, demostrándose que hay muy buenos argumentos en contra del dogma oficial y que los que pensamos que estamos en manos del Sombrerero Loco somos más de lo que se pensaba.

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En realidad, la irrupción de Vox en la política práctica debería ser un motivo de satisfacción para todos. Para los que aman la pluralidad democrática, porque había una enorme masa de opinión sin representación alguna, dejada huérfana por un PP que en su afán de correr para tomar el elusivo tren del centro se ha dejado a medio electorado en la estación. Es decir, la democracia española estaba coja, incompleta. Ningún demócrata de corazón puede lamentar que se amplíe la oferta política real entre la que puede elegir el ciudadano.

Para el PP también debería ser una buena noticia porque, como hemos dicho otras veces, así deja de ser el Lobo Omega de la democracia y puede unirse al club de los inmaculados en la denuncia del terrible ‘extremismo’. Dejar de ser los fascistas oficiales debería suponerles cierto alivio.

Ciudadanos… Bueno, Ciudadanos ha hecho un papelón en esta crisis. Sus mohínes de damisela melindrosa, sus escrúpulos a que la sombra de los chicos de Vox manche sus cándidas togas, no ha colado demasiado, visto que no ha tenido el menor problema para codearse con los bolivarianos de Podemos y que las medidas de Vox que hoy juzga ‘inasumibles’ las defendieron ellos mismos no hace tanto.

Pero, al fin, me cuesta mucho meterme en la piel de un militante de Ciudadanos, y supongo que a muchos de ellos, quizá a la abrumadora mayoría, les ha tranquilizado que sus líderes no se junten con los chicos malos del barrio. En lo relativo a las apariencias, hay que reconocer que han logrado mantenerlas virginales.

Al PSOE le interesa poder confirmarse en su tesis de que la derecha es siempre un peligro, sabiendo, además, que en esto va a encontrarse con el aplauso de toda la Unión Europea y de todos los grandes medios de comunicación, quizá de modo especial, de los de la derechita acomplejada. Y en cuanto a Podemos, se cumple su sueño húmedo de encontrar ‘fascistas’. Lo de la ‘alarma antifascista’ que decretó el amado líder desde su humilde chalet de La Navata, estoy seguro, ha resonado en muchos corazones que llevan años suspirando por resistir la amenaza del fascio.

También hay que alegrarse de que Vox no se haya precipitado a firmar lo que le echaran, delatando esa prisa tan común en los recién llegados que tocan poder, como muchos esperaban. Han arriesgado, han dado una imagen de firmeza en sus principios, de coraje y de osadía, de un modo de hacer política que parecía de otro mundo o, al menos, de otro tiempo.

Y, sin embargo… Bueno, aquí estamos para decirlo todo, así que allá va: después de leerme los 37 puntos, compruebo que se dividen en tres categorías: los que no podría dejar de firmar ningún partido político -yo qué sé, procurar empleo de calidad o combatir la corrupción-, los que están planteados de forma tan vaga que, se haga lo que se haga, siempre se puede defender que se están cumpliendo, y luego detalles interesantes, pero menores.

Un muro es un muro, es algo concreto, que se ve. No es lo mismo que anunciar que “se tomarán medidas para luchar eficazmente contra la entrada ilegal de inmigrantes”. Eso no provoca aplausos, porque eso puede significar, en la práctica, cualquier cosa

Miren, voy a serles sincera: yo no digo que “eliminar las zonas educativas, garantizando la libertad de los padres para escoger el centro educativo” no sea un fin estupendo. En absoluto. Digo solo que el común se mueve por percepciones más visuales y grandiosas, también más telegráficas, y que no va a haber muchos que se lean los 37 puntos, y aún serán menos los que se entusiasmen al saber que Juanma va, en teoría, a “fomentar medidas de conciliación entre la vida laboral y familiar, como fórmula esencial para la mejora de la calidad de vida de las familias”.

Hablamos de comunicación política, que se escribe con brocha gorda y apunta al corazón y a los ojos. ¿Se acuerdan de Trump? Oh, sí, los defensores del presidente anunciaron con gran fanfarria a los pocos meses que había cumplido esto y lo otro y lo de más allá -medidas económicas, en su mayor parte-, y era cierto. Pero nadie, o casi nadie, votó a Trump para que le bajara los impuestos a las empresas. La gente votó al hombre que dijo que iba a construir un muro en la frontera con México.

Un muro es un muro, es algo concreto, que se ve. No es lo mismo que anunciar que “se tomarán medidas para luchar eficazmente contra la entrada ilegal de inmigrantes”. Eso no provoca aplausos, porque eso puede significar, en la práctica, cualquier cosa. Pero un muro se puede ver, se puede tocar. Es algo concreto, breve como comunicación, fácil de determinar si se ha hecho o no (spoiler: no se ha hecho).

Con Vox podemos decir tres cuartos de lo mismo. Su galante combate en solitario contra mundum de estas semanas se ha centrado en una Ley Integral de Violencia de Género que es un disparate, un atentado al Estado de Derecho y, más importante, a la convivencia entre los sexos, por no hablar de que se ha convertido en la ubre gigantesca de la que maman centenares de grupúsculos de amiguetes y que no ha resuelto ni de lejos el problema que se proponía expresamente resolver.

Es lo que hay, esa era la apuesta. Tanto así, que fue el punto en el que se plantaron los de Ciudadanos, que no iban a cambiar “ni una coma” de la espantosa ley. Y hay que reconocer que, en eso, han ganado; en eso, Vox ha cedido. Y todo lo demás no ha sido siquiera objeto de debate público relevante.

Por eso las versiones digitales de los grandes medios subrayan que Vox se ha rendido en ese asunto de lucha concreto, que Ciudadanos ha salvado la ley y se ha impuesto sobre la formación verde. Olviden la realidad administrativa: la realidad electoral es esta.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.