Pedro Sánchez y el exministro de Cultura y Deporte, Màxim Huerta /Efe
Pedro Sánchez y el exministro de Cultura y Deporte, Màxim Huerta /Efe

Es lo que tiene formar un Gobierno con la mentalidad de un adolescente fantaseando con el Equipo A, que la ilusión suele durar poco. Leíamos inmediatamente después de la presentación del gabinete de Pedro Sánchez encuestas que ponían al PSOE en primer lugar en intención de voto, que digo yo que cómo dejan votar a esta gente con la retentiva del pez Dory de ‘Buscando a Nemo’.

Teníamos a un astronauta. Y a un tertuliano de aspecto hipster. Y ¡ONCE mujeres ONCE!, todas sobradamente preparadas y sin que su sexo haya intervenido PARA NADA en su elección, qué cosas tenéis. Y Borrell. Oh, Borrell, esa ola desperdiciada que han hecho con tu nombramiento los miembros más conspicuos de la derechita…

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Borrell, ya saben, era un corte de manga al ‘procés’, Borrell les iba a poner firmes, Borrell, Borrell, cuidado con él, que se había dirigido a las masas españolistas en esa histórica manifestación en Barcelona…

Y ya al día siguiente, o al otro, llegaba el duro despertar que siempre tienen estos sueños de unicornios y arcoiris en política. Meritxell Batet decía que había que darle un meneo a la Constitución, que Cataluña seguía sin caber, y cuando todos los ojos se fijaban en Borrell esperando la réplica contundente… este decía que sí, que claro, que lo primero era reconocer que Cataluña era una nación. Con un par.

“Y ahora nos enteramos de que Màxim Huerta tenía un pufo con Hacienda y por él dimite. No me pidan que se lo explique, que a mí la declaración (conjunta) me la hace mi marido y yo firmo sin mirar, como una Infanta de España”

Todo se reveló como advertíamos quienes hemos nacido con el colmillo retorcido como un sacacorchos: como una trampa. Un partido con 84 diputados no se alza con una votación que le da la presidencia del Gobierno porque otros partidos estén escandalizadísimos de una vieja y conocida corruptela ‘pepera’, sobre todo teniendo los socialistas tocomochos para regalar. Cada voto se iba a pagar, y a un precio tan alto como la ambición de Sánchez.

Y ahora nos enteramos de que Màxim Huerta tenía un pufo con Hacienda y por él dimite. No me pidan que se lo explique, que a mí la declaración (conjunta) me la hace mi marido y yo firmo sin mirar, como una Infanta de España; ni que les aclare la gravedad del asunto, que hay versiones encontradas.

Yo soy muy laxa con estas cosas de Hacienda, les confieso. Y, en general, me parecería un error echar a un buen ministro por lo que ha podido ser un mal asesoramiento o un error subsanable y subsanado. Quien no recurra a cualquier mecanismo legal para pagar el mínimo a Hacienda, que levante la mano.

No es que se pierda gran cosa prescindiendo de Màxim, del que no conozco las gracias, ni creo, por otra parte, que haya mejor ministerio de Cultura que el que no existe. Pero el verdadero problema es que los políticos se nos presentan siempre tan vestidos de azucena, tan de lirio en la mano y pureza virginal, que hacemos bien sometiendo sus acciones al juicio de sus propios criterios.

Corre, de hecho, por las redes sociales un vídeo en el que el propio Sánchez habla en un viejo programa de televisión del caso Màxim cuando no era el caso Màxim -un hipotético miembro de su equipo que crea una sociedad interpuesta para pagar menos a Hacienda- y con esa cara de solemne inocencia que nos ponen siempre que nos mienten, asegura que al día siguiente el tal estaría en la calle.

Bueno, pues nada, a la calle. Aunque, antes, claro, han tenido que aclarar que no es para nada lo mismo, porque el poder les vuelve comprensivos como abueletes ante las trastadas del nieto, y empiezan con que  fue hace mucho, con que ya pagó y un mal paso cualquiera da en la vida. Todas las razones, en fin, que suenan a excusa cuando se trata de los otros.

Pero lo de Huerta es la anécdota, la guinda, que si eso fuera todo por mí podía estar Sánchez gobernando hasta el Santo Advenimiento. Lo realmente terrible es que es Sánchez, que conocemos el partido y al hombre y, si ya es de temer en las mejores condiciones, sosteniéndose con los votos separatistas va a traer lo que hasta un miope puede ver a un kilómetro.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.