Cruda realidad / El verdadero ‘pecado’ de Mark Zuckerberg

    Facebook lleva largo tiempo forzando un mensaje a través de su red, censurando descaradamente contenidos conservadores y/o religiosos y viendo 'odio' sancionable solo en una dirección.

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    Mark Zuckerberg transformado en un tripulante de la serie Star Treck durnate su comparecencia en el Congreso americano.
    Mark Zuckerberg transformado en un tripulante de la serie Star Treck durnate su comparecencia en el Congreso americano.

    Cuando leí por primera vez 1984, la ominosa novela futurista de George Orwell, hace más tiempo del que estoy dispuesta a reconocer y antes incluso de popularizarse la red, recuerdo que me pareció excesivamente siniestra.

    Me inquietaba especialmente la pantalla, esa pantalla omnipresente desde la que el Gran Hermano transmitía a sus súbditos incesante propaganda al tiempo que registraba cada uno de sus movimientos. Me resultaba inconcebible que nadie pudiese vivir constantemente vigilado sin enloquecer. Poco podía imaginar entonces lo que ni el propio Orwell no se hubiera atrevido a insinuar: que el verdadero Winston Smith podría no querer apagar esa pantalla.

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    Porque eso, en definitiva, es Facebook. ¿Qué jefe del KGB hubiera soñado con algo semejante, millones de ciudadanos con los que no hacía falta perder el tiempo con cámaras o micrófonos ocultos porque ellos mismos estarían más que dispuestos a ofrecer todo tipo de información íntima y personal?

    Ahora su fundador, el convenientemente robótico Mark Zuckerberg, comparece ante el Congreso de Estados Unidos tras el escándalo de Cambridge Analytica y el ya no meramente presunto tejemaneje de datos personales con fines de propaganda política.
    Naturalmente, es todo una comedia. Mark ha pedido perdón y ha dicho que no lo volverá a hacer, palabrita, como si los políticos fueran a dejar pasar un bocado tan sustancioso.

    Pero, en realidad, todo este teatrillo se puede resumir en una declaración de Zuckerberg, quien ha ‘admitido’ que, sí, convendría regular las redes.

    Acabáramos, de eso se trataba. Facebook lleva largo tiempo forzando un mensaje a través de su red, censurando descaradamente contenidos conservadores y/o religiosos y viendo ‘odio’ sancionable solo en una dirección.

    Casualmente, es la misma dirección que obsesiona a nuestras élites multinacionales que, casualmente, son también las propietarias de esos medios de comunicación a los que las redes sociales como la del señor Zuckerberg han venido a arruinar el negocio.

    No nos referimos exclusiva o principalmente al negocio en términos económicos, que también. Hablamos, sobre todo, de ese monopolio de la información, de esa tarea de mostrar al público lo que ellos quieren que vea de que han gozado cómodamente los grandes de la información durante décadas.

    «Mucha gente que se sentía sola con sus opiniones, al no verlas nunca reflejadas en los medios, descubrieron que eran cientos de miles quienes pensaban como ella»

    Antes de Internet, una persona normal no tenía otra referencia de lo que salía de su limitado radio de acción que los periódicos y los telediarios y noticieros radiofónicos. Los grupos propietarios de esos medios actuaban, por tanto, como custodios de la realidad más allá de las percepciones inmediatas, capaces, por tanto, de vender al por mayor la narrativa más favorable a sus intereses.

    Internet vino a romper ese monopolio. Sumada a los dispositivos móviles con cámara y grabadora, convertía a cualquier mindundi en un reportero de ocasión, capaz de poner en un serio aprieto a colosos como la CNN o el New York Times con una mera instantánea. Noticias que nunca llegaban a las páginas de los diarios empezaron a conocerse por todo el mundo y, si tenían interés, corrían como la pólvora de ordenador en ordenador, de tableta en smartphone.

    Mucha gente que se sentía sola con sus opiniones, al no verlas nunca reflejadas en los medios, descubrieron que eran cientos de miles quienes pensaban como ella. Y el propio Zuckerberg, que mantiene la misma mentalidad que los amos de la información tradicional, veía horrorizado cómo su criatura, como la del Dr. Frankenstein de la novela de Mary Shelley, se volvía contra las intenciones de su dueño y, por poner el ejemplo más egregio, permitía a la campaña de Trump burlar el celoso bloqueo de los grandes medios.

    Ese es el verdadero pecado de Facebook a ojos de quienes le interrogan, aunque no puedan decirlo en alto: haber dado la victoria a Trump, haber permitido que los ‘brexiteers’ se coordinaran, dar voz a esos ‘populistas’ a los que los medios convencionales demonizan.

    Y Zuckerberg, supuesto acusado en el banquillo, es el primero en darles la razón y en ‘admitir’ que todo eso hay que regularlo. Mientras le dejen seguir haciéndose de oro con su invento, a Zuck no puede importarle menos hacer de guardián del pensamiento único.

    Las redes, Internet, son un espacio de libertad que se les ha colado a nuestras élites y que, sospecho, no van a dejar que siga siéndolo mucho tiempo, si pueden evitarlo.

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