Cruda Realidad/ ¿Es Trudeau el líder más tonto que ha conocido la ‘genticidad’?

    Si la preferencia de Trudeau por 'genticidad' sobre 'humanidad' dio en la diana del perfecto progre, cometió al mismo tiempo el horrísono pecado de 'mansplaining', interrumpir, siendo hombre, a una mujer para darle explicaciones.

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    Justin Trudeau pretende ser el primer ministro más 'gay friendly' de la historia.
    Justin Trudeau pretende ser el primer ministro más 'gay friendly' de la historia.

    Justin Trudeau, el primer ministro canadiense, no puede ser real. Es demasiado perfecto. Es una parodia demasiado exagerada del progresista ideal, fiel hasta el último detalle al modelo de demagogo que se enternece con todas las víctimas imaginarias hasta las lágrimas y se muestra implacable con las reales, como cuando dijo, recientemente, que la opinión provida no tenía cabida en su país.

    De hecho, recientemente promovió la aprobación de una ley que condiciona las ayudas a las empresas a su aceptación pública del abortismo y de la ideología de género.

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    Y es raro, porque en su desangelado país cabe toda la humanidad holgadamente: es gigantesco y apenas está habitado. Quizá eso, junto al frío, sea la explicación de que puedan soportar, e incluso elegir, a semejante botarate.

    Su última memez -que, pongo la mano en el fuego, no será realmente la última- ha consistido en interrumpir a una joven que le hablaba de la humanidad (‘mankind’) para corregirla, asegurando que «ellos» -los ilustrados, los que están en el ‘lado correcto de la historia’- no dicen ‘humanidad’, porque en la palabra inglesa contiene la raíz ‘hombre’, sino ‘genticidad’ (‘peoplekind’).

    Justin Trudeau se ha hartado de llorar en la Asamblea a costa de lo injusta que ha sido Canadá con los gays. Canadá. Con los gays. Pero lágrimas de verdad, de las de sacarse el pañuelito para enjugárselas.

    Justin Trudeau no se pierde un solo Desfile del Orgullo en la capital canadiense. En el último recorrió alegre las calles con sus calcetines de tema musulmán. ¿O fue al revés, y era una marcha de musulmanes y llevó sus calcetines del arcoiris? Probablemente, ambas, porque tiene la misma capacidad de mezclar churras con merinas que el progresista de nómina más reputado.

    Los estadounidenses nunca se han tomado demasiado en serio a sus vecinos del norte, y de hecho es la suya la frontera más larga del mundo sin apenas vigilancia. Y uno descubre en un montón de conocidos americanos el oscuro secreto de que son, en realidad, canadienses

    Los inmigrantes e hijos de inmigrantes que profesen la religión de la paz están exentos de la bizantina etiqueta progresista

    Con la riqueza del país, a repartir entre tan poca gente, Canadá puede permitirse haberse convertido en un laboratorio de la ingeniería social progresista, y no cabe duda de que han elegido al más narcisista, hipócrita y consumado poseur abierto siempre al último disparate.

    Porque, al final, nada es realmente en serio. Canadá fue pionera en esto de la teoría de géneros, y Trudeau la persona perfecta para referirse con los pronombres correctos al último leñador canadiense barbado y de dos metros que afirme llamarse Linda. Xyr, probablemente.

    En realidad, no hacerlo puede acarrear una fuerte multa en ese frío país, al menos si eres canadiense blanco. Los inmigrantes e hijos de inmigrantes que profesen la religión de la paz están exentos de la bizantina etiqueta progresista. Leía el otro día en el DailyWire el caso de un inmigrante que violó a su mujer y fue absuelto por el tribunal porque el pobre tipo no sabía que eso era delito. Ya ven, la ignorancia de las leyes sí exime de su cumplimiento, al menos si te llamas Mohamed u Omar.

    Con Trudeau, Canadá sigue haciendo un pingüe negocio vendiendo armas a Arabia Saudí -que, no me hagan mirarlo, pero creo que no es una entusiasta de la ideología de género- a toneladas, porque Justin sabe a quién puede trolear y ante quién debe cerrar los ojos, que hasta ahí podían llegar las bromas.

    Pero el bueno de Justin no sabe que en ese juego es imposible ganar. Si su preferencia por genticidad sobre humanidad dio en la diana del perfecto progre, cometió al mismo tiempo el horrísono pecado de mansplaining, interrumpir, siendo hombre, a una mujer para darle explicaciones. Eso tiene difícil perdón.

    Pero nadie va a pedirle nada a Justin, el poster boy de la modernidad, y el hecho mismo de que una caricatura así haya llegado a gobernar un enorme país es la prueba definitiva de que la genticidad se va a la porra.

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