Una pintada de exaltación de la banda terrorista ETA en una calle del País Vasco.
Una pintada de exaltación de la banda terrorista ETA en una calle del País Vasco.

Vivimos en la era de la hipérbole, ¿se han dado cuenta?

El feminismo de corte anuncia eso que llaman violencia de género con la dramática declaración de “¡nos están matando!”, lo que contrasta sensiblemente con las estadísticas, según las cuales España tiene la mayor esperanza de vida femenina y es uno de los cinco mejores países del mundo donde nacer si eres mujer.

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Se habla de terrorismo financiero si los bancos tienen el mal gusto de pedir que pagues el crédito que en su día suscribiste voluntariamente, o se culpa de asesinato al Gobierno si alguien que no podía pagar su hipoteca se suicida, sabe Dios por qué razones concomitantes.

La cosa es que el capitalismo mata, el patriarcado mata, la homofobia mata: todo, en fin, mata… salvo lo que realmente mata.

Dice ETA que se disuelve, que parece la protagonista de la célebre ranchera “No me amenaces”, que está que se va, que se va, que se va, y aún no se ha ido

Dice ETA que se disuelve, que parece la protagonista de la célebre ranchera “No me amenaces“, que está que se va, que se va, que se va, y aún no se ha ido. O como esos grupos de música que anuncia una gira final que luego dura tres años.

Y, claro, uno olvida. Olvida que ETA sí era el producto genuino, los pistoleros que no mataban metafóricamente, que no mataban indirectamente. Lo suyo era brutalmente real, quizá demasiado para esta generación que considera que un tipo que se sienta con la piernas abiertas en el metro es una agresión intolerable.

Porque, niños y niñas, si hay algo que no se le podía reprochar a ETA es que fuera micro en ninguna de sus acciones. ETA no asesinaba metafóricamente, alegóricamente. ETA mataba, de verdad, a personas reales -casi un millar-, a gente que tenía una vida, hijos, mujer o marido, padres… Ya saben, lo normal.

Usted mismo, querido lector, podía pasar en un momento por la calle equivocada y en un segundo estaba muerto, o, como Irene Villa, sin piernas. De golpe. Porque sí.

No me consideren una bárbara o una morbosa. No creo ser ninguna de las dos cosas. Es solo que llevo ya tanto tiempo oyendo llamar terrorismo y asesinato a todo, absolutamente a todo, salvo precisamente al terrorismo y al asesinato, mientras se tergiversa, ningunea y pone sordina a las acciones de esta banda de asesinos, que me da miedo que se olvide.

Con ETA el miedo estaba en un bando muy concreto; concretamente, tenían miedo quienes por alguna razón se oponían a sus tácticas mafiosas

Leemos a todas horas hablar de que el miedo va a cambiar de bando. Pues bien: con ETA el miedo estaba en un bando muy concreto; concretamente, tenían miedo quienes por alguna razón se oponían a sus tácticas mafiosas; o, si vivías en un pueblo pequeño del País Vasco, de esos donde todos se conocen, si votabas mal.

No un miedo genérico, de ese que se supone que todas las mujeres debemos tener en presencia de cualquier hombre, no: miedo muy real, de muerte; de agacharte a ver si te habían puesto una bomba debajo del coche o mirar en la calle si alguien te seguía.

Diez mil empresarios, grandes, medianos y pequeños, que se dice pronto, estaban directamente amenazados. Miles tuvieron que abandonar su hogar y su tierra en esta persecución.

Ahora ETA dice que se ha disuelto. Cuando lleva ya años sin matar, pero sus valedores están en las instituciones. Hablan de honestidad, hablan de su actividad política. ¿Qué tal? Su actividad política consistía, básicamente, en una curiosa forma de contraste de pareceres: tú opinas, yo te mato.

Mirad a vuestros políticos, escuchadlos: si son blandos con ETA, son tan cobardes que podéis jurar que os traicionarán a la mínima sin pestañear

Le ruego que me disculpen si este texto les parece deslabazado y caótico: lo es. Hay algo surrealista, cuando llevo tanto tiempo hablando de amenazas inconcretas y de asaltos a largo plazo, sinuosos y arteros, pasar a la concreción metálica de una banda de pistoleros.

El argumento de ETA era la muerte. Era el miedo cerval. Por favor, a los de la generación que no vivieron los años del plomo les ruego: olviden las metáforas. Esto era real, real de sudar frío, real de estar aquí y en el momento siguiente saltar por los aires.

No hablo de ideas, ni siquiera de pésimas ideas: hablo de muerte. Hablo de la peor tiranía, la del terror, la que te obliga por el miedo más vergonzoso: hazlo o te mato. Sé dónde vives. Sé a qué colegio van tus hijos. Sé a qué hora sale tu marido de trabajar. Ese terror tan directo, tan íntimo, que sientes deseos constantes de vomitar.

ETA debería ser la piedra de toque; ETA se debería convertir en la prueba de fuego. Mirad a vuestros políticos, escuchadlos: si son blandos con esto, son tan cobardes que podéis jurar que os traicionarán a la mínima sin pestañear. Pero si se abrazan con los viejos terroristas, sabed que cuando ganen, si ganan, España estará perdida.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.