Cruda realidad / Hillary, Trump, la Gran Conspiración y yo

    ¿Quién estaba detrás del 23-F? ¿Y de las Torres Gemelas? ¿Y del asesinato de John F. Kennedy? Si gana Hillary ¿es fruto de una conspiración? ¿Y si gana Trump? ¿Existe la gran conspiración? Candela Sande se lo explica.

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    Antonio Tejero, Georges Soros, Donald Trum y John Fitgerald Kennedy
    Antonio Tejero, Georges Soros, Donald Trum y John Fitgerald Kennedy

    Inmediatamente después de ser juzgado insuficientemente progresista, lo que más aterroriza al periodista medio es que le asocien de algún modo con una ‘teoría de la conspiración’. Estamos tan hechos a considerar que creer en conspiraciones es ser conspiranoicos que olvidamos una verdad obvia: tan idiota es creer que todo es producto de una conspiración como que nada lo es.

    La verdad es que las conspiraciones son como las meigas: no queda bien creer en ellas, pero haberlas, haylas. Después de todo, ¿qué hace física, biológica o psicológicamente imposible que dos o más personajes poderosos en diversos campos se pongan ‘discretamente’ de acuerdo para coordinar acciones a espaldas del escrutinio público?

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    Incluso si nunca hubieran existido conjuras -y la historia está repleta de complots probados-, yo misma podría organizar una mañana. De hecho, el prejuicio contra las conspiraciones es tan automático y profundo que estoy por concluir que es el resultado de una conspiración.

    Viene esto a cuento del panorama que pintan los correos electrónicos y otros documentos ‘privados’ que WikiLeaks, el consorcio de hackers, está publicando en incesantes remesas de decenas de miles.

    Haberlas, haylas. ¿Qué hace físicamente imposible que dos o más poderosos se pongan ‘discretamente’ de acuerdo para coordinar acciones a espaldas del escrutinio público?

    Lo que se deduce de esos correos es la existencia de una clase política que actúa de un modo muy diferente al que aparenta en público, que la prensa de prestigio está en connivencia con el poder pese a presentarse como su principal debelador, y que los intereses de empresas, fundaciones y partidos se funden en un magma impreciso y cualquier cosa menos transparente.

    Solo el nombre de George Soros, el financiero internacional de origen húngaro y nacionalidad difusa, evoca un personaje de James Bond, moviendo los hilos tras tantos asuntos de importancia internacional, desde los conflictos raciales en Estados Unidos a la guerra en Ucrania o Siria y la invasión masiva de refugiados en Europa.

    Esto, naturalmente, ha dado alas a los partidarios de la teoría de la conspiración, por quienes siento una instintiva simpatía y a quienes va especialmente dirigido esto que escribo.

    Y lo primero: sí, claro que las cosas no son como aparecen ‘oficialmente’, ni siquiera como las cuentan los medios de prestigio. Hay siempre una intrahistoria en todos los eventos de peso, cosas que no pueden contarse, acuerdos a puerta cerrada, confluencia de intereses y conversaciones confidenciales que no transcienden a la palestra pública.

    En suma: sí, claro que hay conspiraciones. El problema no son las conspiraciones, sino la Gran Conspiración, eterna, infalible y universal. Y esto es lo que me parece, no solo un error de juicio grave, sino un peligro para el equilibrio psicológico del sujeto.

    El tipo del que hablo empieza creyendo algo plausible, que tal o cual fenómeno no es en absoluto como lo pintan, que X y Z se han debido de poner de acuerdo para lograr tal o cual resultado. Pero, poco a poco, va incluyendo más y más cosas en su conspiración favorita hasta que todo queda dentro de ella y nada fuera.

    Habla con él y, como en las palabras del Evangelio, ni un gorrión cae al suelo sin que la Gran Conspiración esté detrás. La lógica deja de servirles, porque la Conspiración es infalsificable: si un suceso parece responder a los intereses de nuestros conjurados elegidos, es prueba de que la conjura existe; si parece perjudicarles, es un truco al que rápidamente se busca una alambicada explicación para que cuadre, porque todo cuadra.

    En el siglo XVII, la comunidad judía de todo el mundo, de Amsterdam a Marruecos, se vio sacudida hasta la raíz por un rumor prodigioso: había llegado, al fin, el Mesías, el que había de liberar a los judíos y llevarlos a la Tierra Prometida. Se llamaba Shabtai Tzvi, de Esmirna, y tenía la oratoria, la presencia física y el carisma para arrastrar masas cuando se proclamó mesías.

    Pero el personaje interesante de esta historia, el que debería ser nombrado santo patrón de los conspiranoicos, es Nathán de Gaza, teólogo nacido en Jerusalén y ‘descubridor’ de Shabtai. Nathán tenía verdadero talento desarrollando teoría teológicas que explicaran cualquier acto o palabra del supuesto mesías o, más importante, cualquier suceso que le acaeciera.

    Sin embargo, su genio se reveló cuando, al final, Tzvi fue hecho prisionero por el sultán otomano y se convirtió al Islam. La decepción en gran parte del mundo judío fue enorme, pero Nathán, incluso ante lo evidente, supo hilvanar una teoría plausible que explicara tamaño escándalo: en realidad, decía, se trataba de una simulación necesaria del Mesías para… Bueno, me disculparán si no soy capaz de seguir sus sutiles explicaciones.

    Y ese es el problema: que todo es explicable si todo es secreto. Que gane Hillary responde a los intereses de los conjurados, pero si gana Trump, no será la prueba de que la conspiración no existe o, al menos, no es omnipotente, sino de que el propio Trump ha sido desde el principio un agente de los conspiradores. Es agotador pero, para determinadas psicologías, extraordinariamente efectivo.

    Mi crítica es clara. Enfrentado a un conspiracionista de este palo, mi pregunta sería: ¿son dioses los conspiradores; pertenecen a una especie distinta de la humana (hay un grupo que responde que sí, que son reptilianos, pero no nos vayamos tan lejos)?

    Porque en la experiencia de todos, creo, está que los seres humanos se equivocan. Aunque existiera una poderosísima conspiración de hombres de extraordinario talento, alguna vez les saldrían las cosas mal, si son humanos.

    Los ‘malos’ -llamémosles así, por simplificar- rara vez viven en armonía, y la lucha por el poder entre ellos acabaría generando división en el seno de la Gran Conspiración

    Otra cosa, que también se deriva del sentido común y del conocimiento elemental de la naturaleza humana es que los ‘malos’ -llamémosles así, por simplificar- rara vez viven en armonía, y la lucha por el poder entre ellos acabaría generando división en el seno de la Gran Conspiración, así como traidores, desertores y delatores.

    Por último, está la cuestión del tiempo. Todos tenemos la experiencia de cómo los planes mejor trazados tienden a degenerar, cómo las resoluciones se enfrían, cómo las ambiciones cambian. ¿Desde cuándo dura la Conspiración? ¿Cómo hacen para sustraerse a la ley de la decadencia y la entropía?

    Las conspiraciones existen, claro, por qué no. Pero, por fuerza, tienen que ser limitadas en su ámbito, imperfectas en su ejecución, parciales en su alcance y moderamente breves en el tiempo. Es mucho más fácil achacar fenómenos que parecen apuntar a una misma dirección -digamos, el globalismo o la Cultura de la Muerte- a una mera confluencia de intereses más que a una gran conspiración. Si tu interés y el mío coinciden, ¿para qué tenemos que reunirnos en un oscuro sótano para coordinar nuestras acciones?

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