Cruda realidad / La ideología más sanguinaria, empobrecedora y opresiva está de moda

    "El comunismo se ha puesto de moda". Lo dice Alberto Garzón (ex de IU ahora de Unidos Podemos). Una moda sangrienta que ha sembrado de infelicidad y opresión medio mundo durante el siglo XX.

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    Miles de cuerpos extraídos delas fosas en los montes de Katyn, donde el comunismo ruso perpetró una de las mayores matanzas de la II Guerra Mundial /Youtube
    Miles de cuerpos extraídos delas fosas en los montes de Katyn, donde el comunismo ruso perpetró una de las mayores matanzas de la II Guerra Mundial / Youtube

    Garzón, cuyo único mérito reconocible es que es joven y bastante mono, reconoce que él es comunista pero que está en Podemos, que no es comunista. Como no quiero pensar que Alberto es terminalmente imbécil, prefiero pensar que nos toma a los demás por tales.

    El comunismo puede estar de moda en Occidente, puede ganar votos y molar en determinados ambientes, precisamente porque Occidente no es ni ha sido comunista, porque se ha beneficiado del libre mercado generando una prosperidad generalizada como no se ha conocido en la historia y la prosperidad ablanda y, sobre todo, crea modas.

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    Y ojalá Garzón tuviera razón, ojalá el comunismo quedara en algo tan inofensivo, trivial y anodino como una moda, con Dior vendiendo carísimas camisetas del Che, las perfumerías más selectas comercializando exclusivísimos frasquitos de ‘Eau du Proletariat’ y toda la gente guapa luciendo joyas en diamantes y rubíes en forma de hoz y martillo.

    ¿Tendría salida esa moda en países de la antigua URSS (20 millones de asesinados); China (65 millones); Cambiya (2 millones) o en Africa (1,7 millones)?

    Al final, hay que vender, y no es probable que una moda así tuviera mucha salida en los países de la antigua URSS (20 millones de asesinados), China (65 millones), Vietnam, (1 millón), , Camboya (2 millones), Europa oriental, (1 millón), América latina (150.000), Africa (1,7 millones) o Afganistan (1,5 millones), entre otros. Tampoco tendría mucha venta en países aún bajo el régimen comunista, como Cuba o Corea del Norte, (2 millones), más que nada porque cambiarían la camiseta por un huevo más al mes.

    Karl Marx, José Stalin y Alberto Garzón.
    Karl Marx, José Stalin y Alberto Garzón.

    El comunismo ha sido, en todas partes e invariablemente, fuente de represión sanguinaria, muerte de la libertad, miseria económica y mentiras en forma de machacona propaganda omnipresente.

    Repetimos: en todas partes. Siempre. Sin una sola excepción.

    Y volvemos a repetir: no es que no haya resultado en esa sociedad ideal que promete; no es que haya dejado las cosas más o menos iguales, ni siquiera un poco peor; es que siempre ha arruinado y envilecido todas las sociedades en las que ha triunfado.

    Imaginen que se le acerca un tipo con grandes credenciales científicas y una excelente verborrea y le dice que ha inventado la fórmula de la energía infinitamente abundante y casi gratuita a partir de elementos muy sencillos.

    Bueno, sus explicaciones son un poco confusas y enrevesadas, e incluso contradictorias. Pero el tipo pone tanto entusiasmo y suena tan científico y el fin es tan atractivo -energía gratis e infinita-, que le pone usted el dinero para que instale el laboratorio que necesita para probar su fórmula.

    El laboratorio salta por los aires. Pero cuando usted se aleja maldiciendo su mala suerte, el sabio -que ha preferido dirigir el experimento a distancia-, llega corriendo y le dice que no ha sido culpa suya, que se ha aplicado mal, que las condiciones no eran las adecuadas.

    Un soldado de la RDA salta el muro de Berlín para alcanzar la libertad
    Un soldado de la RDA salta el muro de Berlín para alcanzar la libertad.

    Imagine que usted -o, si le es difícil imaginarse tan ingenuo, cualquier tolái- acepta las razones del sabio y le da dinero para que construya otro laboratorio para que vuelva a probar, con el mismo desastroso resultado. Y otro. Y otro. Y otro. ¿Cuántas pruebas tendrá que hacer, cuánto capital desperdiciar, cuántos laboratorios hacer saltar por los aires antes de que hasta el último idiota se dé cuenta de que su fórmula es un timo?

    Hasta 1989, podía haber cierta debilísima excusa. Era evidente que los países capitalistas prosperaban y que los del otro lado tenían que construir muros para que no se escapase la gente -algo insólito en la historia, donde los muros se han construido siempre para lo contrario-, y que los que escapaban de allá contaban historias para no dormir. Pero, al fin, había una guerra, aunque fuera fría, y los intelectuales comunistas de Occidente podían convencer a su dócil grey de que todas esas historias no eran más que propaganda, un recurso habitual en cualquier guerra.

    Pero cayó el muro, se disolvió la URSS, vimos y supimos. ¿Cómo puede quedar un solo comunista sobre la faz de la tierra después de eso?

    El primer comunismo buscaba el poder por las bravas, como un movimiento político, mediante una revolución. Solo lo logró en Rusia, en unas condiciones extraordinariamente confusas. En el resto de los países sus revoluciones fueron aplastadas sin problemas porque la ideología no resultaba atractiva ni para su ‘audiencia natural’, los obreros de las fábricas.

    Gramsci tomó como modelo la expansión del cristianismo y razonó: los comunistas no deben tomar el poder directamente, sino a través de la cultura: judicatura, enseñanza, literatura, medios de comunicación

    Fue entonces cuando un comunista absolutamente genial, Antonio Gramsci, tuvo la idea feliz que ha asegurado la pervivencia de esta extraña fe. Tomó como modelo la expansión del cristianismo y lo llamó ‘la larga marcha hacia las instituciones’ y razonó así: los comunistas no deben tratar de conseguir el poder directamente, ni por medios democráticos ni por medio de la revolución violenta principalmente, porque la cultura, el medio, el dogma social es hostil a la idea comunista. 

    Antonio Gramsci, en una imagen de 1922 /Wikimedia
    Antonio Gramsci, en una imagen de 1922 /Wikimedia

    Lo que deben hacer es infiltrarse en todas las instituciones de la vida pública: judicatura, enseñanza, administración civil, cultura, literatura, etcétera. De este modo, la vida se irá ‘comunistizando’ de manera natural y gradual, la gente empezará a pensar en marxista sin saberlo y el poder caerá en manos del partido -el Príncipe- como fruta madura.

    Y en esas estamos. Por eso, a pesar de la historia criminal del comunismo, de su historial de miseria, opresión y atrocidades, siguen saliendo generaciones enteras imbuidas de la idea de que el comunismo, en el peor de los casos, es «un noble experimento» que, realmente, «nunca se ha probado».

    Al fin, los comunistas nunca comparan el modelo imperfecto y lleno de defectos de nuestros países con otro modelo real, sino con una fantasía. Y mientras el hombre sea hombre, Utopía, Jauja, El Dorado y el País de la Cucaña ejercerán su terrible atractivo.

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