Cruda realidad / La leyenda procesista

    Hemos dicho, exagerando o universalizando, que los procesistas viven del 'procés', y sigue siendo cierto de no pocos, pero los más, los espontáneos de redes sociales o los que cortan carreteras, más que vivir de él viven en él.

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    Un joven con una estelada ante un agente durante la concentración que miembros de los Comités de Defensa de la República (CDR) llevan a cabo en los exteriores de la Estación de Sants de Barcelona/EFE
    Un joven con una estelada ante un agente durante la concentración que miembros de los Comités de Defensa de la República (CDR) llevan a cabo en los exteriores de la Estación de Sants de Barcelona/EFE

    Es tiempo más de procesiones que de procesos, pero hay una proporción nada desdeñable en Cataluña que vive en uno que nada tiene que envidiar a ese inacabable que soñara Kafka.

    Desde fuera, lo he leído hasta el hartazgo y experimentado en carne propia, parece cosa de locos, como abrir la puerta del cerebro de un orate y pasarse unas horas dentro, deambulando por mundos que muy poco tienen que ver con aquel en el que vivimos los demás.

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    Y creo que ahí está la clave para entenderlo y entenderlos. Hemos dicho, exagerando o universalizando, que los procesistas viven del ‘procés’, y sigue siendo cierto de no pocos, pero los más, los espontáneos de redes sociales o los que cortan carreteras, más que vivir de él viven en él. Quiero decir que de verdad se lo han creído todo, como en un frustrante ‘remake’ de ‘Goodbye, Lenin’ en la que la protagonista sufriera la angustia de seguir creyendo la farsa cuando ya le han contado la verdad.

    «Los ‘procesistas hardcore’ convierten cada nueva patochada o repetido fracaso en una nueva ‘jugada maestra’ que los mesetarios somos demasiado obtusos para detectar»

    Entrar en el mundo virtual en los ‘indepes’ se parece mucho a penetrar en un universo de fantasía. La República Catalana se ha proclamado, es real, está en marcha y es imparable; todo lo que uno tiene delante de las narices contradiciendo tan épico ensueño son solo dificultades provisionales, la inconcebible testarudez de un ‘Madrit’ que aún no se ha enterado de lo que pasa y al que hay que abrir los ojos por las buenas o por las malas.

    Hace cosa de quinientos años apareció un personaje, Shabtai Tzvi o Sabbatai Zevi, que conmocionó el mundo judío de la Diáspora al presentarse como el esperado Mesías en Esmirna. Su acólito, un intelectual ‘avant la lettre’ y ducho en el decir, Natán de Gaza, fue el encargado de convencer al pueblo y dar las explicaciones oportunas de cada paso del esperado salvador.

    Fue una verdadera psicosis masiva que se convirtió en depresión generalizada cuando Tzvi, llegado en presencia del sultán y puesto en el trance de convertirse al Islam o ser decapitado, eligió la vida. La inmensa mayoría de sus seguidores despertó del sueño y trató, mal que bien, de volver a sus negocios.

    Grabado de Natán de Gaza.
    Grabado de Natán de Gaza.

    No así Natán de Gaza, que elaboró teorías cada vez más sutiles, ingeniosas y elaboradas para explicar la traición de Tzvi, argumentando que era necesario que el Mesías cometiera esa aparente apostasía porque… Bueno, lo he olvidado, pero el caso es que la argumentación sirvió a los más fanáticos. Y después de esa explicación llegó otra para hacer ver que no convenía al Mesías revelarse aún, y después que no había muertos realmente…

    Se hacen a la idea, ¿verdad? Más que nada, porque es fácil revivir una sensación parecida leyendo cómo los ‘procesistas hardcore’ convierten cada nueva patochada o repetido fracaso en una nueva ‘jugada maestra’ que los mesetarios somos demasiado obtusos para detectar.

    En estos días de la fuga de Anna Gabriel a Suiza, la fallida investidura de Turull, la detención en Alemania de Puigdemont y la espantada de Marta Rovira asimismo al país alpino, hemos leído los guiones más fascinantes del género de fantasía o policiaco, según.

    «En la primera fase, nos decían muy serios que todos los países de nuestro entorno consideraban a España como una democracia fallida con resabios franquistas, que se iban a dar de codazos en su carrera por reconocer el ‘nou Estat'»

    Hemos leído que la ONU había admitido una demanda contra España por violación de los Derechos Humanos.

    Hemos leído que Suizo ha negado a España la extradición de la Gabriel, considerándola una perseguida política.

    Hemos leído que Carles no está en una prisión porque haya una orden contra él que las autoridades alemanas se toman muy en serio, sino porque no conoce a nadie en el Schleswig-Holstein y en algún lado tiene que dormir el hombre.

    Antes que eso, en la primera fase, nos decían muy serios que todos los países de nuestro entorno consideraban a España como una democracia fallida con resabios franquistas, que se iban a dar de codazos en su carrera por reconocer el ‘nou Estat’, que lejos de irse las empresas, vendrían multinacionales de todo el mundo como oscuras golondrinas a hacer su nido en Barcelona.

    Como los seguidores recalcitrantes de Tzvi, cada última explicación es la buena, la definitiva, y parecen tener un mágico borrador que elimina de sus mentes la última decepción, la más reciente confirmación de que lo que daban por hecho y se pasaban unos a otros por redes sociales era la enésima ‘fake news’, hija de la credulidad de unos y la manipulación desalmada de otros.

    Sería, sin más, un espectáculo antropológicamente fascinante si no fuese todo real, si no fuera real la fractura de la sociedad catalana, la huida de las empresas y los turistas, la tensión creciente. Y lo que quedará cuando la fantasía se haga insostenible quizá sea algo bastante más peligroso y desagradable de lo que queremos pensar.

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