Cruda realidad / A la moción de censura le falla el guión

    Si el 'macguffin' no es creíble, no importa lo coherente que sea todo lo demás, lo bien trabada que esté la historia: será imposible esa suspensión de la incredulidad imprescindible para disfrutar de la historia.

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    Pedro Sánchez posa para los medios gráficos en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, ya como presidente del Gobierno de España. /EFE - Pool
    Pedro Sánchez posa para los medios gráficos en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, ya como presidente del Gobierno de España. /EFE - Pool

    En todo esto falla el ‘macguffin’. Los cinéfilos ya sabrán de qué les hablo, y para quienes no lo sean, lo explico.

    Un cineasta, cuando hace una película, quiere presentar una acción, una serie de escenas, unos personajes que reaccionan a lo que les pasa. El ‘macguffin’ es lo que desencadena la acción. Puede ser cualquier cosa, desde una confusión de maletas hasta que al protagonista le maten a su mujer y pueda así iniciar una venganza que se alargue durante toda la cinta.

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    Uno puede olvidarse en seguida del ‘macguffin’; su humilde papel es solo ponerlo todo en marcha y ya está, no tiene otro valor. No tiene que ser complejo, no tiene que ser sutil, no tiene que ser importante; solo tiene que ser una cosa: verosímil.

    Si, digamos, se trata de una venganza, tiene sentido que maten a la esposa del protagonista. Incluso es bueno que se nos cuente en una escena o dos lo mucho que se querían, lo bien que se llevaban y lo cruel que ha sido la muerte, para que luego podamos identificarnos con el protagonista en su sed de venganza.

    Si el ‘macguffin’ no es creíble, no importa lo coherente que sea todo lo demás, lo bien trabada que esté la historia: será imposible esa suspensión de la incredulidad imprescindible para disfrutar de la historia; si en lugar de haber matado a la adorable amada de la que esperaba un hijo, los malos se hubieran cargado a un primo segundo, no entenderíamos su furia igual y toda la película fracasaría.

    Estos días vemos en el Congreso una película esperable y con un guion comprensible y verosímil: el incombustible, pero traicionero Rajoy negándose a dimitir; un Sánchez devorado por la ambición y dispuesto a pactar con el diablo y hundir España con tal de pisar la Moncloa y ser para siempre ex presidente del Gobierno español, lo que nunca le darán las urnas; los partidos nacionalistas sometiendo su voto a subasta, alcanzando un precio que España pagará con lágrimas y con su disolución territorial, que no disimulan siquiera el desprecio que sienten por quien les compra los votos; unos podemitas carroñeros que ven la ocasión de pisar moqueta y tocar poder ahora que viven en pleno descalabro; y un Rivera intentando jugar a dos barajas y sin saber muy bien qué papel le toca jugar en esta mano.

    «No estamos ante un caso formidable de corrupción que se acabe de destapar. Nada de lo que han concluido los jueces se desconocía; es más, todo se daba por descontado, todo había sido comentado hasta la saciedad»

    Todo, ya digo, funcionando como corresponde, cada cual perfectamente en su papel, la acción avanzando trepidante y con plena lógica interna… Cada escena se explica perfectamente con la anterior y prepara la siguiente, y el final se ve ya llegar desde el primer momento.

    Solo falla el ‘macguffin’. O, por decirlo en plata, ¿qué ha pasado? ¿Qué ha desencadenado toda esta locura? Una sentencia que condena a exorbitadas penas a reos de corrupción relacionados con el partido en el Gobierno.

    ¿Y?

    ¿¿Y??

    Quiero decir, no estamos ante un caso formidable de corrupción que se acabe de destapar. Nada de lo que han concluido los jueces se desconocía; es más, todo se daba por descontado, todo había sido comentado hasta la saciedad e incluso forma parte obligada de los discursos de la oposición desde hace años.

    Hablamos de un caso, Gürtel, que se arrastra desde hace mucho, y en el que nadie, creo, ha visto inocentes probables. Si el caso es tan definitivo, tan perjudicial para la imagen del Gobierno; si hace hasta tal punto imposible que el PP siga gobernando, el tiempo para desencadenar la furia de los partidos de la oposición era otro, ya lejano.

    Pero es que, además, si se tratase de cualquier otra cuestión, podría entenderse ese veloz activarse de los partidos. Pero es corrupción, pura y simple, de esa que afecta al por mayor a cualquier partido que haya gobernado con un presupuesto suficientemente grande el tiempo suficiente. 

    Sobre todo, el que hace el papel de Capitán Renault en Casablanca, fingiendo escandalizarse de que «aquí se juega», es el PSOE. El PSOE escandalizándose de la corrupción. El PSOE aferrándose a un viejo caso de corrupción como excusa para montar una moción de censura. El PSOE, que arrastra los ERE, ahora mismo en sus pantallas, y que durante la etapa de Felipe González se llevó hasta los ceniceros.

    El PSOE acusando a cualquier partido de corrupción es Mesalina denunciando la falta de recato de una doncella, Lucky Luciano quejándose del juego sucio de una sociedad de filatelia.

    Lo dicho, todo tiene sentido menos lo que ha desencadenado este circo. Y como tengo ya el colmillo retorcido, todo esto me huele fatal. No cuadra, nada cuadra. No me pidan una explicación, porque no la tengo; pero, créanme: el ‘macguffin’ no funciona.

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