Cruda realidad / Lavapiés, o cuando el infarto es racista

    Cualquier excusa es buena para organizar una fiesta; y también para cometer destrozos en la ciudad, pensarán los simpatizantes de la extrema izquierda. Sólo así se comprende que de una muerte por infarto, se haya pasado a denuncias de "racismo institucional" o a hablar de "fracaso como democracia"

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    Un grupo de policías, agredido por participantes en los disturbios de Lavapiés.
    Un grupo de policías, agredido por participantes en los disturbios de Lavapiés.

    Anoche un hombre, volviendo a casa andando por su barrio, empezó a sentirse mal y se desplomó en la calle. Quien iba con él empezó a pedir ayuda, y al fin acudieron unos policías que intentaron resucitarle, en vano. Un infarto fulminante.

    A pocos metros, la Policía tenía sus más y sus menos con unos manteros. Los manteros venden, por lo común, falsificaciones, no cumplen los estrictos y aun agobiantes requisitos que se exigen a los comerciantes convencionales y, sinceramente, dudo que liquiden el IVA.

    Algunas personas creen que La Sexta da información.

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    El caso es que elementos de la extrema izquierda que abundan en el barrio -y cuya única actividad conocida parece ser el activismo- vieron el cielo abierto al vincular una escena con la otra y alertaron por las redes que un mantero había muerto de un infarto huyendo de la Policía.

    Eso es, claro, un asesinato. Sofisticado, eso sí, porque no es fácil matar a la gente de un infarto, pero así lo llegó a juzgar todo un profesor de Derecho Procesal, ya saben, esa parte del derecho que cuida de que no nos precipitemos juzgando y todo lo sometamos a un proceso exhaustivo.

    No hay modo más inteligente de tratar de superar las injusticias de la vida como destrozar el barrio en el que vives

    Así que los alborotadores habituales empezaron a caer sobre el barrio madrileño –Lavapiés, donde conviven personas procedentes de 88 nacionalidades- y animaron el cotarro como suelen, es decir, animando a la quema de contenedores y el destrozo del mobiliario urbano. Porque no hay modo más inteligente de tratar de superar las injusticias de la vida como destrozar el barrio en el que vives.

    El hombre muerto era, como prácticamente todos los manteros, africano de origen, concretamente senegalés, con lo que se podía sumar el agravante de racismo. Ya sabemos que para el retorcido supremacismo de la izquierda, solo el hombre blanco tiene libre agencia y responsabilidad personal; los negros, pobres, son invariablemente víctimas, y colectivamente la misma persona.

    Así, la Policía es misteriosamente asesina porque un hombre negro ha muerto en la calle de una afección cardíaca, pero una mujer negra que mata a un niño de 7 u 8 años estrangulándole actuaba probablemente en defensa propia y, después de todo, es solo fruto del racismo institucional, una expresión que la izquierda usa mucho para que nadie culpe al que parece evidentemente culpable.

    La izquierda, habrán visto, es una enfermedad mental.

    La izquierda es un virus centrado en la destrucción de la civilización. Todo lo demás, todas sus causas, están supeditadas a este oscuro objetivo. De esto va a morir Occidente o, por ser más precisa, del estupefaciente temor reverencial y complejo de inferioridad que la falsa derecha siente por la izquierda.

    Juan Carlos Monedero pidiendo calma después de haber incendiado las redes con falsas acusaciones contra la Policía. / EFE
    Juan Carlos Monedero pidiendo calma después de haber incendiado las redes con falsas acusaciones contra la Policía. / EFE

    Juan Carlos Monedero ha salido en los medios, cómo no, responsabilizando a la Policía y hablando de -lo han adivinado- «racismo institucional». Su coleguita Ramón Espinar ha tuiteado alguna tontería similar, añadiendo que este incidente prueba que «hemos fracasado como democracia«. Al parecer, solo en un país donde nadie muera del corazón se da la democracia plena.

    En una sociedad sana, en una época cuerda, estos dos orates y otros tantos de su cuerda, una vez dilucidados los hechos, tendrían que responder de sus palabras, como poquísimo con el descrédito absoluto y la imposibilidad material de volver a presentarse en la arena pública.

    Lo único que hay es una izquierda radical y radicalmente violenta decidida a acabar con el sistema por cualquier medio

    Pero, como sabemos, el hundimiento de Podemos significa que ahora alcanzarían poco más del 15% del voto, y eso es lo más deprimente. Parece poco, pero son millones, millones de personas para las que la realidad, al parecer, es opcional.

    No hay racismo institucional, y la prueba evidente es que vienen aquí y aquí se quedan. No hay violencia policial, salvo en el sentido de que la razón de ser de la Policía es ser violenta, o resultaría innecesaria e inútil. Lo único que hay es una izquierda radical y radicalmente violenta decidida a acabar con el sistema por cualquier medio.

    Su pérdida de votos la están intentando compensar en la calle, curiosamente con el apoyo de medios que dicen aborrecerles, por ejemplo con la ridícula huelga de mujeres, tan morada ella. Ahora provechan esto, que es nada; mañana será cualquier otra cosa. Y no pararán hasta que abramos los ojos y veamos lo que son realmente: enemigos de nuestra civilización.

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