Cruda realidad / Los deplorables

    La autora responde a Víctor Gago que ayer escribía sobre Vox, con el título Las increíbles aventuras de la derecha friqui en España.

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    Santiago Abascal, presidente de Vox / Vox
    Santiago Abascal, presidente de Vox / Vox

    Cuando la candidata demócrata a la presidencia de Estados Unidos Hillary Clinton, AKA Lady Macbeth, llamó a los seguidores de su rival «cesta de deplorables» cometió, como señaló incluso la prensa más adicta, un fallo de etiqueta electoral, pero a estas alturas es difícil obviar la evidencia de que casi toda la opinión publicada mundial coincide con su diagnóstico.

    Desde el primerísimo día, desde que el magnate inmobiliario arrojó su sombrero al ruedo de las primarias republicanas, se ha calificado de bufón populista que nadie podía tomarse realmente en serio.

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    En los primeros lances, la prensa le trataba con la benévola, casi paternalista condescendencia con que uno se refiere al alivio cómico de una situación seria. No era serio tomárselo en serio. El candidato en el que había que fijarse, el Elegido, era Jeb Bush (¿se acuerdan de él?) o, quizá, Marco Rubio.

    Y empezó a ganar, a dejar en la cuneta a todos sus rivales (de 16). Antes de que se alzara con la candidatura republicana ya tenía fieramente en su contra a buena parte de su propio partido, a todos los grandes grupos de comunicación, a las multinacionales -especialmente a esos ‘hacedores de reyes’ que son hoy las tecnológicas como Facebook y Google-, la banca y las finanzas, Hollywood, las universidades, las ONGs…

    En fin, es más rápido citar a quienes no estaban en su contra hasta el paroxismo: sus partidarios, es decir, la clase media-baja trabajadora, mayoritariamente blanca, mayoritariamente varones, que desde hace décadas se han convertido en los hazmerreír de la cultura política en Occidente.

    Es decir, los deplorables.

    El candidado republicano asumió el insulto de Hillary y se dirigió a su público con estas palabras: «Bienvenidos todos vosotros, deplorables»

    Trump, que en esto como en todo gusta de hacer lo que nadie ha osado, no reaccionó a la metedura de pata de Hillary como hubiera hecho cualquier otro candidato, es decir, lloriqueando y quejándose de que su rival estaba insultando a millones de votantes. No: asumió el insulto y lo usó de forma magistral.

    Un par de días después de las declaraciones de Hillary tenía uno de sus multitudinarios mítines en Florida, y lo abrió con una pantalla gigante en la que aparecía desplegado el cartel del musical Los Miserables, con unos leves cambios: en vez de Les Miserables, podía leerse Les Deplorables, y en lugar de banderas francesas y rojas, la de las barras y estrellas.

    Trump apareció mientras sonaba la banda sonora de la película, ‘Do you hear the people sing?’ (‘¿Oyes cantar al pueblo?’) y las primeras palabras que dirigió a su público fueron: «Bienvenidos todos vosotros, deplorables».

    Donald Trump, candidato republicano a la Casa Blanca/ Actuall-AMB
    Donald Trump, candidato republicano a la Casa Blanca/ Actuall-AMB

    ¿Y qué ha hecho este hombre para llegar a donde ha llegado y disputar a la candidata del establishment -que ha ganado incluso el voto público de George Bush padre- la Casa Blanca? Tocar exactamente allí donde todos los gurús, expertos y opinadores de prestigio decían que estaba prohibidísimo tocar, los ‘terceros raíles’, como llaman allí a los temas, gestos, actitudes y palabras que acaban automáticamente con el futuro de cualquier político.

    Bueno, pues Trump los ha tocado todos, y en cada ocasión los medios de prestigio proclamaron solemnes su muerte política:

    • Cuando propuso levantar un muro con México y deportar a los inmigrantes ilegales,
    • Cuando anunció que impondría una moratoria a la entrada de musulmanes en Estados Unidos,
    • Cuando expulsó a un periodista estrella de uno de sus actos…

    En fin, la lista es interminable. Ha dejado claro en mil ocasiones que el aborrecimiento que los periodistas expresan hacia él es mutuo… Y sus tropas han vitoreado más alto.

    Y todo esto viene a cuento de algo que le he leído en Actuall a nuestro Víctor Gago, a saber: «La marginalidad de Vox es un caso interesante para observar el fracaso histórico en España de una alternativa liberal-conservadora sosegada, racionalista, cosmopolita, centrada –que no centrista– en definir la agenda de la conversación pública, capaz de sumar a las voces más lúcidas y creativas de Internet, las organizaciones cívicas, la academia, la cultura o el periodismo».

    Y no es, desde luego, porque no haya, o haya habido, derechas sosegadas en España, cosmopolitas y centradas. Tan, tan centradas, de hecho, que resultan indistinguibles con la izquierda, y tan cosmopolitas que no ven el momento de diluir la identidad nacional en el mar sin orillas de Europa; una Europa que, a su vez, resulta tan cosmopolita ella misma que le resulta indecoroso y paleto -¿histriónico?- mantener algo distintamente europeo fuera de vagos valores huecos aprobados por las Naciones Unidas.

    La derecha «sosegada, racionalista, cosmopolita, centrada» está en el PP y consiste básicamente en imitar a la izquierda en todo con un retraso de cada vez menos años

    Gago tiene, naturalmente, toda la razón cuando indica que a Vox no le están funcionando sus gestos ‘atrabiliarios’, pero es, al menos, dudoso que se deba a los gestos -sin los que, sin más, ni siquiera estaría un segundo en la mente del elector- o a lo que llama sus «insinuaciones de violencia», que a los atrabiliarios del extremo opuesto ha dado excelentes resultados. Creo que Santiago Abascal aún no ha pedido perdón a sus seguidores por no haberles partido la cara a los tertulianos de izquierda con quienes ha compartido plató.

    Porque la derecha «sosegada, racionalista, cosmopolita, centrada» está en el PP y, como puede ver cualquiera que compare programas, consiste básicamente en imitar a la izquierda en todo con un retraso de cada vez menos años. Si algo es bueno, ¿para qué esperar? Y si es malo, ¿por qué va a ser bueno mañana?

    Pero Gago puede mirar, sencillamente, lo que pasa en Estados Unidos o, más de cerca, en nuestra propia Europa y comprobar empíricamente (disculpen la redundancia) qué tipo de derecha está subiendo y cuál está bajando.

    Concluye Gago: «Es solo cuestión de tiempo que esos votantes vuelvan al redil, hastiados del desierto de ideas que hay fuera de él». Y ahí me quito el sombrero, porque el autor ha encontrado la palabra justa: redil.

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